Llegar al sexto piso me puso a pensar en los cambios que me han tocado vivir estas seis décadas. Son muchas las transformaciones desde la infancia al lado de mis padres y hermanos en mi natal Valledupar, hasta mi vida adulta con mi esposa e hijos en Cartagena. Pensaría que las más destacables han sido la demográfica, la esperanza de vida, la urbanización y la tecnológica.
La transición demográfica ha sido muy grande y se ha profundizado en los últimos años. Fui el sexto hijo de mi madre, que fue la mayor de diez, y el séptimo de mi padre, que fue el quinto de 14. Entre mis hermanos tengo cuatro que tuvieron tres hijos, los demás tuvimos dos. En mi grupo de amigos cercanos de la universidad, la gran mayoría tuvo solo un hijo. Y, que conozca, solo una compañera es abuela. Los cambios en la fecundidad nos han llevado a familias más pequeñas y aquellos encuentros grandes de mi familia materna, alrededor de mi abuela (que vivió 104 años), son un recuerdo muy grato en mi memoria.
Los avances en la medicina han permitido tener mayor esperanza de vida. En 1966 la esperanza de vida promedio era 60 años y actualmente es 77 años, nos hemos ganado 17 años más de vida, incluso con la alta violencia vivida en el país. Lo que Mauricio Reina llama el ‘bonus track’. Igualmente, Reina señala que la esperanza de vida saludable es 65 años. Vivimos más tiempo, pero no todos podemos disfrutar igual del alargue del partido.
La otra transformación fue el paso de un país rural a uno urbano. Vi la transformación de Valledupar desde un pequeño poblado que se convirtió en capital departamental en 1967 con 52 mil habitantes, a una urbe con cerca de 600 mil en la actualidad. Aquella ciudad tranquila se transformó en un centro urbano regional congestionado. El territorio rural con vocación ganadera y algodonera pasó a uno con vocación minera y de servicios, consolidándose, además, como el epicentro de la música vallenata.
Cartagena no es ajena a este cambio urbano. Cuando llegué a vivir acá, era una ciudad descongestionada donde era normal ir a almorzar a la casa y hacer siesta. Hoy es difícil la movilización y esos pequeños placeres no son posibles. La ciudad se consolidó como un centro turístico nacional e internacional, pero persisten la informalidad laboral y la pobreza, en medio de mayor inseguridad ciudadana. Cartagena se mueve entre las tradiciones rurales y urbanas, a pesar de su mayor vocación industrial, portuaria y de servicios.
Estos cambios han estado acompañados del avance tecnológico que nos llevó del telegrama al teléfono inteligente y a la inteligencia artificial. Además, las redes sociales han cambiado los patrones de socialización y manejan las emociones. Tenemos más información a nuestro alcance, pero seguimos desinformados y manipulados. Espero que los años que me quedan por vivir los pueda seguir disfrutando al lado de mi familia y amigos, al final esos momentos son los mayores tesoros que acumulamos.
