A pesar de haberse retirado hace más quince años de la Armada Nacional, Rafael Grau Araújo siempre será el almirante Grau.
Y no precisamente por ser el primer cartagenero que como parte de sus insignias militares recibiera las palas de almirante, sino por las incontables medallas y estrellas que tiene, la disciplina con que lleva su vida, y el respeto y admiración que aún profesa por el mar, el cual ha sido también motivo de sus memorias.
Su apartamento en Bocagrande parece un museo donde cada detalle guarda un sentimiento, una historia para contar. Muestra con orgullo todo lo que representan sus logros en la Armada Nacional de Colombia.
Es admirable el mural en óleo que está en uno de los pasillos de su apartamento que sin duda dan fe del vigor, la firmeza, fortaleza y constancia del almirante Rafael Grau Araújo.
Es una obra de su hermano Enrique Grau que hace alegoría a una fecha memorable en su carrera militar, un honorable homenaje al día que lo ascendieron como almirante de la Armada Nacional en 1988.
El almirante Grau ocupó todos los cargos administrativos en la Armada. Fue oficial de cubierta, comandó cinco naves de guerra durante 14 años y 7 meses, estuvo al frente de quince hombres con los que atravesó a pie el trapecio amazónico durante 11 días, estudiando la posibilidad de construir una carretera que uniera a Leticia con Tarapacá.
Hoy, a sus 80 años dice que todavía le hace falta tiempo para hacer más cosas, porque si hay algo que le sobra es vitalidad. Después de 22 años como almirante, Rafael Grau le cuenta a El Universal sobre su vida.
¿Cómo fueron sus tiempos en la Armada Nacional?
“Maravillosos. Ser el primer cartagenero en recibir las palas del Almirante me llena de orgullo. Cada cargo que logré, cada mención y cada situación que viví es mi vida. Durante mi carrera militar ocupé cargos malos, buenos y excelentes. Los malos siempre fueron los más interesantes porque allí me exigían más y tenía que sobreponerme al medio, como cuando fui cañonero en el Río Putumayo y me enfermé dos veces de malaria, o cuando en 1980 siendo comandante del Comando Unificado del Sur pasé más de 11 días en la selva. Fue gratificante el momento en que el presidente Virgilio Barco me designó comandante de la Armada Nacional.
De todas esas experiencias en las selvas colombianas la que mayor satisfacción me ha generado fue la organización operativa de la flotilla Avispa, y cuando en el año 1957 hice un sistema de combate para infantería, y la autoría e implementación de un manual táctico que todavía hoy se emplea y por el que me impusieron la condecoración Almirante Padilla siendo teniente de corbeta”.
¿Cuál es su más grato recuerdo de su tiempo en la Armada?
“Son muchos recuerdos los que tengo con todo lo que viví en la Armada, pero lo más grato para mí de ese tiempo fue el nacimiento de mi hija Amalia. En 1960, cuando el tiempo para la familia era poco, nació esta niña que llenó mi vida de amor y ternura. Y hoy después de seis años de viudo, ella sigue siendo mi motor, mi vida”.
¿Cuál fue el momento más difícil de su carrera naval?
“Todos me los disfruté y los recuerdo con agrado, pero los días más tensionantes fueron cuando Colombia enfrentó la crisis de Coquivacoa con Venezuela. Fueron ocho días de mucho estrés”.
¿A qué se deben tantas condecoraciones?
“Realmente fui muy profesional. Siempre me caractericé por ser un jefe honesto, muy exigente y cumplido. Yo me molestaba, con cuatro carajos llamaba la atención, pero perdono y olvido fácil, y es por eso que todos me aprecian muchísimo y así logré desempeñarme bien durante casi cuarenta años”.
¿Por qué se retiró?
“A mí no me enamoró el poder, a mí me movía el bienestar de mi gente, y creo que ese era el momento para mi retiro, era suficiente, había asumido dos veces el cargo de comandante. Me preparé para hacerlo, no fue fácil, pero lo decidí y lo hice”.
¿Cómo recuerda sus primeros y últimos días en su carrera naval?
“Los primeros me traen recuerdos jocosos, los últimos, nostálgicos. Recuerdo que ya siendo cadete me volé para la fiesta de bienvenida que le hicieron a mi amiga Míriam Barrios, y por eso pasé 13 días en un calabozo de 1,90 metros de largo por 80 centímetros de ancho, infestado de ratones y cucarachas, a pan y agua cada tercer día, en pantaloneta, sin camisa ni zapatos tenis, sin cordón para que no me ahorcara, y a pesar de que ese fue mi estreno como cadete, seguí.
Los últimos momentos fueron una mezcla. Por un lado estaba emocionado porque iba a tener tiempo con mi familia y para hacer otras cosas, pero también sabía que me iba hacer falta la rutina que tenía en la Armada”.
¿Después de su retiro, a qué se dedicó?
A disfrutar de mi casa, mi familia y mis amigos. Además de eso, me convertí en la sombra de las esculturas de mi hermano Enrique Grau, quien le dejó un legado a Cartagena de 80 esculturas de su autoría y 350 piezas precolombinas que compró en Tumaco; 30 obras en mariamulatas y tortugas marinas y 12 esculturas en bronce, sin embargo Cartagena no le dio el valor suficiente a esto. Por años fui el director de la Fundación Grau, pero también me retiré ya.
Ahora llevo una vida normal, estoy preocupado porque ando muy sedentario, pero yo juego tenis, golf, hago deportes a diario. Me encanta bailar salsa, navegar en veleros y bueno, también hago parte de la Asociación Machos Solos”.
¿Qué hacen en esa Asociación?
“Simplemente nos reunimos un grupo de amigos hombres y hacemos integraciones para reírnos de la vida”.
Hoy, ¿cómo es su relación con la Armada Nacional?
“Increíble. Lo mejor ha sido eso, que nunca ha habido un olvido o retiro definitivo. Hago parte del Consejo Naval de la Armada. Muchos me buscan para saber mis experiencias y para darles consejos, valoran lo que fui y eso es satisfactorio. Sigo comprometido con esa institución.
EL MILITAR, HOY
El almirante Grau es padre de Amelia del Carmen, Enrique y Miguel, abuelo de cinco nietos y amigo fiel de sus amigos.
Es coleccionista de monedas, billetes, bastones y agendas usadas donde está escrita y cuida celosamente la historia de su vida.
Aún se levanta a las 5:00 de la mañana y sigue siendo puntual en todo.
Cuenta que en sus tiempos de comandancia hizo anotar en todos los tableros de la Armada la frase: ‘La puntualidad es cortesía de reyes. deber de los caballeros y costumbre de las personas educadas”.

