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Cartagena

Refugio La Milagrosa necesita alimentos

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Cuando la luz de la vida comienza a opacar no siempre se llega a este punto con la certeza de una economía asegurada o una salud esplendida y en muchos casos las necesidades de esta etapa de ancianidad no engranan armoniosamente con los ajetreos y responsabilidades diarias de una familia.

En consecuencia, es un gran número de ancianos los que, lastimosamente, son separados en diversas circunstancias de sus núcleos familiares y es en ese momento en el que se anhela que una mano solidaria se extienda, que una nueva puerta se abra.

Para dar respuesta a esta sentida necesidad se crearon los ancianatos. En Cartagena existen cinco, uno de ellos es La Milagrosa, con sede en la calle 24 # 50-34 del barrio Zaragocilla.

Allí residen 53 ancianos que han coincidido en este sitio en diversas situaciones, la mayoría adversas. Muchos de ellos provienen de la calle o de hogares, sin recursos ni humanos ni económicos, para hacerle frente a las atenciones que los viejitos requieren.

Hoy La Milagrosa necesita de la ayuda de todos. Muy a pesar de la gestión que hace la directora, Sor Maryen Amaya y del apoyo que reciben de un grupo pequeño de benefectaores, la atención de los abuelitos demanda mucho dinero para la compra de comida, pañales, cremas humectantes y productos de aseo, entre otros.

Sin embargo, hoy la prioridad se concentra en la alimentación de los abuelitos. La necesidad de surtir la despensa es urgente. De un tiempo para acá en La Milagrosa se han ido agotando estos recursos y se requiere del respaldo de la ciudadanía y de empresas que deseen aportar su granito de arena a esta tarea. “Cualquier apoyo nosotras lo agradecemos mucho. En cuestión de comida necesitamos de todo”, precisa Sor Maryen. Quienes deseen ayudar pueden llamar al teléfono 6699809.

UNA LABOR ESPERANZADORA

Muchos de los ancianos que viven en La Milagrosa, debido a problemas neurológicos, ni siquiera tienen noción del lugar donde están y otros tantos requieren hasta el más mínimo cuidado porque padecen problemas de salud irreversibles.

Imitando la bondad de Jesús, las monjas en La Milagrosa, apoyadas por un grupo de trabajadoras, viven entregadas a cambiar pañales, a dar de comer, a ofrecer una medicina a tiempo, una ropa limpia, una estancia aseada; a brindar un momento de vida agradable a los ancianos que tienen a su cargo.

La vida en este lugar transcurre solitaria, abrumadora y al mismo tiempo esperanzadora. La Milagrosa se constituye en un nuevo hogar, en una nueva oportunidad y forma de vida para estos abuelitos.

La labor que las hermanas vicentinas ejercen aquí es de un valor incalculable. Para ellas todos los días lucen iguales. Los fines de semana o los festivos, por ejemplo, en los que la mayoría de personas planean momentos de recreación, en La Milagrosa son uno más.

Cada día en este sitio es una oportunidad nueva para hacer florecer la vida, en medio de situaciones difíciles. 

Muchos de los ancianos que residen en La Milagrosa no se valen por sí mismos.
Muchos de los ancianos que residen en La Milagrosa no se valen por sí mismos.
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