La encontré lavando ropa cuando fui a entrevistarla. Me dio la mano y trató de acomodar una agujereada porcelana de aluminio que estaba encima de un tanque plástico roto. Hablaba conmigo y al mismo tiempo estrellaba con ferocidad lo que al principio era una barra de jabón, la cual machucó hasta convertirla en una bola. Cree que así le rinde más.
La señora Adita, como la conocen todos, es una sobreviviente. Y aunque, según ella, nadie se lo reconozca, se atribuye a sí misma el resurgimiento de San José de Chiquito, uno de los dos corregimientos que tiene el municipio de Turbaco (Bolívar), y que entre el 2000 y el 2003 pudo desaparecer debido al conflicto armado.
A ‘Chiquito’ por fortuna no le pasó lo mismo que a Vallano, el corregimiento vecino del que ya pocos se acuerdan. En sus terrenos hoy solo quedan las ruinas de aquellas casas ‘que desbarataron guerrilleros’. Otras fueron abandonadas por sus pobladores, que nunca se atrevieron a regresar.

A San José de Chiquito sus habitantes lo describen como el lugar donde los vecinos comparten “el poquito de comida”. Antes de la guerra, las mujeres solían bañarse, empolvarse el cuello y se sentarse todas las tardes en las puertas de sus casas para ver a sus esposos llegar de las fincas, mientras supervisaban a sus hijos que jugaban en la calle. Lea también: “Aquí tenemos los grifos de lujo”: el problema de los turbaqueros con el agua
“Unión familiar, árboles y tranquilidad. Estaba muy joven para entenderlo, pero era verdad lo que mi mamá me decía: éramos más ricos y felices que cualquiera de la ciudad”, cuenta por su parte Flor María, recordando que para ese entonces tenía 21 años y vivía en la casa más popular de la calle, la única que tenía un televisor. Dice que en las noches los vecinos se reunían en su terraza para ver el programa ‘Los ricos también lloran’, ‘Cuna de lobos’ y ‘La pezuña del diablo’. Vieron muchas historias en la pantalla chica de aquel entonces, pero jamás se imaginaron que vivirían algo que hasta el día de hoy desearían que fuera ficción.
“Ve a buscar a Jorge”
Habían despedido el año 1999 creyendo que los 2000 serían diferentes, pero fue todo lo contrario. Algunos dicen que estarían mejor si el calendario se hubiese congelado para que no llegara el tan esperado nuevo milenio.
“Yo estaba embarazada para esa época. Me acuerdo que estaba sentada en las piernas de mi papá y él me pidió que fuera a buscar a mi marido. Nos dijeron que se había emborrachado y no había comido desde la mañana. Yo me puse las chancletas, salí de la casa y dejé a mi papá con mi hermano Pedro. Ellos estaban en la sala y mi mamá dormía en un cuarto. Yo digo que mi papá presentía lo que iba a pasar, pues le cayó un desespero e insistencia para que me fuera”, me dijo Flor.
La turbaquera caminó varias cuadras hasta llegar al lugar donde estaba Jorge, su marido. Le pidió que dejara de tomar y este aceptó sin reparos. “Regresar a la casa y dormir”, pensó Flor, pero no se imaginó que la casa que encontraría de regreso sería otra, un escenario totalmente opuesto al remanso de paz al que estaba acostumbrada.
Sonó un disparo, luego otro, después se escucharon los gritos de la gente horrorizada. Ella lo describe como el sonido del infierno. Trató de divisar desde lejos si había pasado algo, y en últimas corrió lo más rápido que pudo para regresar a la casa. Quería llegar rápido, aunque el pánico la invadía. Cada paso la conducía a un escenario escabroso que todos en el pueblo habían visto, menos ella. Sus vecinos la miraban, la abrazaban y se ponían a llorar.
“¿Qué es lo que pasa? Veo a todo el mundo revolucionado”, le gritó a un primo. “Flor, hay dos muertos en el pueblo, Pedrito y mi tío Pedro”, le respondió este.
“Yo sentí como si me hubiesen inyectado anestesia, así lo puedo describir. Dejé de sentir el cuerpo”, me cuenta Flor, con los ojos encharcados, incapaz de mirarme.
Lo que siguió después fue peor. Guerrilleros visitaban más a menudo la zona, saqueando negocios, llevándose la comida. La única tienda del pueblo cerró sus puertas y no había dónde comprar. La gente se escondía en el monte cuando se percataban del arribo de desconocidos.
Flor se estaba volviendo loca. A veces sentía que su papá se la llevaba, otros días, en lo más profundo de su somnolencia, lo veía vivo, pero cuando abría los ojos regresaba a su dolorosa realidad: su padre y su hermano nunca volverían.
“Ve a buscar a Jorge”, habían sido las últimas palabras de su papá, y las recordaba una y otra vez.

Flor tuvo varias amenazas de aborto, así que decidió irse con su mamá, quien se enfermó gravemente, a la casa de unos familiares en Turbaco. Allá les dieron posada y pudo asistir a controles médicos.
Una puerta que no quería abrir
Pasaron algunos días y el miedo fue mucho tras el doble crimen de Pedro Miranda Morales (padre) y Pedro Miguel Miranda Escorcia (hijo). Cuentan que la gente comenzó a mudarse de San José de Chiquito. Las calles comenzaron a quedar solas. Se veían carros saliendo con colchones, bolsas y electrodomésticos. Las personas se llevaban lo que podían y quemaban documentos o pertenencias de valor con las que pudieran seguirles el rastro.
En medio del miedo y las amenazas hubo alguien que se quedó, y esa fue Adita, vecina de Flor María. A esta mujer de 50 años la tildaron de loca y un día cualquiera se escondió en su casa y no le abrió la puerta a nadie.

Cuenta que todo fue progresivo. Al principio escuchaba en la emisora las historias del conflicto en zonas apartadas de Colombia. Luego se regó la voz, la gente murmuraba que los guerrilleros estaban cerca, que habían llegado a Bolívar. Cuenta que en un principio llegaron en son de paz, saludándolos con amabilidad. Luego les pedían favores pequeños, como que les dieran agua fría, leche o comida. Las cosas empeoraron y negarse a un favor era como firmar una sentencia de muerte.
“A mi compadre lo mataron con su hijo en toda la puerta de su casa. Primero le dispararon a Pedro, y después a él. Esa gente ya lo había amenazado, él era líder de la comunidad. En ese momento era delicado no darles la razón, si no estabas del lado de ellos, te masacraban. Esas dos muertes, de padre e hijo, nadie las olvida”, me contó Adita mientras restregaba la ropa.
Sus vecinos habían tratado de convencerla, pero ella se mantuvo firme en su posición, dijo que no se iba, que tendrían que sacarla muerta del corregimiento, indicando que no tenía qué perder. Adita era una mujer solitaria, sin pareja. Sus hijos ya estaban grandes y hacía mucho no la visitaban. Tomó la decisión de quedarse, sin importar las consecuencias. Muchos aún se preguntan cómo sobrevivió así durante tres años.
“Me mantuvo viva el silencio, me quedé callada, oraba día y noche. A veces pensaba que iban a entrar y me iban a matar, soñaba que me sacaban los ojos y me dejaban tirada en la carretera. Le pedí a Dios que hiciera su voluntad. Lo más difícil fue la comida: cuando se me acabó, tuve que meterme por una trocha y me iba a pie para Cañaveral. Allá pedía plata o comida de casa en casa. Con lo poco que conseguía me volvía a encerrar, y como era yo sola, trataba de rendir lo que tenía al máximo. Algunas veces solo comía yuca con mantequilla y me cepillaba los dientes con sal”.

Adita hoy tiene 71 abriles y cuenta que luego de tres años de soledad comenzó a regresar la gente. Sus vecinos volvieron a ocupar sus casas. Por un tiempo los visitaron investigadores y periodistas de diferentes ciudades para fotografiar el pueblo y realizar entrevistas. La mujer expresa que hasta el momento no ha podido cambiar su suerte, y su vida sigue llena de carencias.
“La casa se me está cayendo, sigo sola y sobrevivo con lo que puedo”, fueron sus palabras antes de que concluyera mi visita. La dejé lavando la ropa, en una casa en ruinas y con un viejo radio, que al parecer es su único compañero.
Por su parte, Flor es madre cabeza de hogar, a ella la vida sí le sonrió. Dice que la llegada de su primera hija le salvó la vida, pues tuvo una nueva ilusión para salir adelante y explotar con un alfiler esa burbuja de penumbra en la que permaneció por años tras la pérdida de sus familiares, teniendo en cuenta que su madre murió dos años después de que mataran a su padre. Hoy tiene 43 años y es la presidenta de la JAC del corregimiento; acaba de terminar estudios técnicos en un instituto.
Tras superar la época de violencia que los hizo salir de su territorio entre el 2000 y el 2003, hoy esta comunidad de Turbaco no solo tiene problemas serios con el agua que consumen, también manifiestan que se les ha dificultado lograr una estabilidad económica. La falta de tierras productivas propias ha ocasionado que el dinero que ganan de la producción agrícola se vaya prácticamente en el pago de arriendo de tierras.
