Aquel día, mientras cruzaba la calle, Katia Klerers vio una escena absolutamente desgarradora. Un hecho de sufrimiento para cualquier madre. Su hija, de solo tres años, corrió por la vía sin ningún reparo, como cualquier niña inquieta, desprovista de protección. Y, entonces, apareció un automóvil tan veloz que esa mamá apenas tuvo tiempo de parpadear antes de caer desmayada mientras veía a su pequeña sufrir un accidente. “La niña se me soltó de la mano porque vio enfrente a una primita. Salió corriendo y en eso venía un taxi. El carro cogió a la niña y la lanzó por allá…”, recuerda Katia.
La mujer tenía entonces 24 años: se había casado a los 16, había traído al mundo a tres hijos, incluyendo a la pequeña que se cruzó en la vía, y estaba embarazada de su cuarto bebé.
Katia sufría de la tensión baja, así como de hipoglucemia, de forma emotiva. Es decir que-explica- cualquier suceso podía alterarla de tal manera de hacerla perder la conciencia. Al ver aquella escena, se impresionó tanto que su cuerpo se precipitó sobre el bordillo de un andén, en una revuelta de la subida al Cerro de La Popa, en Cartagena, y recibió un fuerte golpe en sus glúteos y en sus caderas.
“Cuando me desperté, estaba en casa de una hermana. Cuando yo vuelvo en sí, que me reaniman y salgo del desmayo, yo preguntaba por Carolina, ¿Carolina?, ¿Carolina?, pero se la habían llevado a mi suegra, y como no la veía me desmayaba nuevamente”, recuerda. (También le puede interesar: Pasos para realizar la Novena de la Virgen de la Candelaria: patrona de Cartagena)
La incertidumbre por la suerte de la pequeña le produjo desesperación. Katia sentía que todos le mentían y que su hija había corrido la peor de las suertes en su encuentro con aquel vehículo. “Entonces el médico dijo: ‘traigan a la niña para que ella la vea, se desmaya porque no la ve y cree que está muerta’. La niña estaba bien, no le había pasado nada. Me la traen y entonces es cuando ya me quedo tranquila”, narra.
Un parto traumático pero celestial
Aunque aquel suceso no pasó de ser un mal susto, el golpe que Katia sufrió en sus caderas y glúteos sí tuvo consecuencias. Le produjo un descenso de matriz que decantó horas después, al día siguiente, en un complejo y complicado trabajo de parto, en una clínica de la ciudad de Barranquilla, donde vivía y a donde se había trasladado.
El panorama no era el mejor. Katia tenía ocho meses de gestación, no estaba preparada en ese momento para el parto, el pequeño en su vientre era demasiado grande y su médico de cabecera no se encontraba disponible. El procedimiento se complicó, tuvo que ser reanimada y existía un alto riesgo para la salud de la criatura.
“Me iba a operar mi ginecólogo pero no estaba. Como yo me iba a hacer cesárea, me desboqué a comer (durante el embarazo), y el niño estaba muy grande. Tuve un sangrado muy fuerte. Hubo un momento que me fui, pero volví. Cuando vuelvo el médico dice: ‘señora Katia, no se preocupe, es un varón’. En ese tiempo las ecografías no te reveleban el sexo del bebé, por eso no lo sabía”, asegura.
Entonces, refiere que una enfermera vestida de blanco entró en la habitación, la acarició, como una madre consintiendo a un niño adolorido, y calmó sus nervios. “Cuando se me iba el mundo, yo sentí que entró una enfermera vestida de blanco, con un aura bien bonita. Me dijo: ‘cálmate, cálmate. Todo va a salir bien’. Cuando entra el médico le cuento sobre la enfermera. Él preguntó que cuál enfermera, yo le respondí que la que acababa de salir. Y él respondió: ‘aquí no ha entrado ninguna enfermera’”, narra.
Aquel suceso, ocurrido el 9 de octubre de 1984, la mujer lo atribuye a una aparición divina, a la cual agradece con devoción hasta el día de hoy. “Para mí fue ella. Fue mi negra linda, mi negra hermosa, fue la Virgen de La Candelaria que se me apareció, porque mi mamá siempre nos enseñó a nosotros a amarla a ella, a la madre de Dios. Siempre nos inculcó eso desde pequeños”, asegura.
“El milagro para mí fue la salvación de mi hijo y salvarme a mí, porque por mi debilidad sentí que me iba, yo sentía que no volvía en sí, pero ella fue la que me dio la fortaleza, al decirme que el niño estaba bien y que yo estaba bien y que todo iba a salir bien. Sí, fue un milagro”, recalca Katia, quien creció en un hogar fervoroso.

Una ofrenda a la Virgen de La Candelaria
Con su testimonio y a modo de agradecimiento por el favor recibido Katia, quien es modista, se ofreció entonces a confeccionar un vestido para la emblemática figura de la Virgen de la Candelaria, advocación religiosa de la Virgen María, que reposa en el Convento de La Popa - en el cerro del mismo nombre- y cuya veneración tiene su origen en las Islas Canarias.
Desde entonces, Katia no solo ha confeccionado ese vestido, sino que se convirtió en una de las tres mujeres que se han encargado de coser varios de los trajes que esa imagen religiosa estrena cada 2 de febrero, cuando es bajada del cerro en una multitudinaria procesión de una feligresía procedente de diversos lares. “Hay muchos más testimonios hermosos, lindos, en los vestidos de la Virgen. No sé cuántos trajes se han hecho en total, pero son más de 40″, refiere sobre la ya arraigada costumbre de los feligreses de donar vestidos para la Virgen, en agradecimiento a algún milagro o petición cumplida.
Entre esas historias figura la de una mujer venezolana que no podía concebir y que, tras viajar por siete años consecutivos a Cartagena, a visitar al Convento y a la Virgen, consiguió dar a luz a su primer hijo; así como la de una pareja de hombres, con una enfermedad delicada, quienes, tras un largo viaje por otras latitudes, trajeron a la Virgen un manto escarlata procedente de Islas Canarias. Solo por mencionar dos de las más conocidas entre una infinidad de historias en torno a esta advocación mariana.
Katia, además es parte de un grupo de más de 25 mujeres que colaboran en todos los menesteres concernientes a las Fiestas de La Virgen de La Candelaria. Una cofradía ferviente que ha sido testigo de un sinnúmero de favores concedidos. Tantos que hay vestidos ofrecidos en lista de espera hasta 2038, así como los exvotos, que son figuras de bronce, plata y hasta oro, también dejadas cada año en su altar como agradecimiento.
“Yo digo que todos los caminos van a Dios. Todos. En cualquier religión. Y tú tienes que amar a la Virgen, porque si amas a Dios, amas a su mamá”, afirma Katia, con la certeza de quien ha visto la devoción transformarse en milagros, convencida de que en cada ofrenda, en cada vestido y en cada plegaria, hay un testimonio vivo del poder de la fe.
