Mucho antes de que el arbolito navideño se volviera el protagonista, antes de las luces intermitentes, los villancicos en bucle y el intercambio de regalos, la Navidad se explicaba con una escena sencilla y poderosa: un nacimiento. Un niño acostado en un pesebre, una madre joven, un padre silencioso, animales humildes y un entorno que hablaba de precariedad, pero también de esperanza.
La tradición del pesebre se remonta al año 1223, cuando San Francisco de Asís decidió recrear el nacimiento de Jesús en una cueva en Greccio, Italia, con personas reales, animales y heno, para que la gente pudiera ver, sentir y comprender el significado de la Navidad. No se trataba de decorar, sino de narrar una historia sagrada de forma cercana y comprensible.
Con el paso de los siglos, esa escena se transformó en objeto artístico, pedagógico y espiritual. Viajó por Europa, llegó a América con la colonización y se adaptó a cada cultura.
Cambiaron los materiales, los colores, los rostros y los paisajes, pero la esencia permaneció: el pesebre como símbolo de humildad, fe y encuentro. Lea: En Lemaitre y Olaya están los pesebres más lindos: Policía Nacional los premió
En América Latina, el pesebre se volvió un ritual doméstico. En muchas casas, armarlo es un acto familiar que convoca memoria, conversación y tiempo compartido. Cada región le imprimió su identidad: figuras indígenas, animales locales y materiales propios del territorio.
Así, el nacimiento dejó de ser solo Belén y empezó a parecerse a cada lugar que lo acogía.
Por eso existen pesebres de barro, de piedra, de sal, de madera, de fibras naturales, de metal, de vidrio; pesebres tallados, bordados, pintados, miniatura o monumentales. Cada uno cuenta no solo el nacimiento de Jesús, sino también la historia del pueblo que lo creó.
Esa diversidad cultural es, precisamente, lo que más fascina a Zoila Carbonell.
¿Quién es Zoila Carbonell?
En su casa, la Navidad nunca giró alrededor del árbol, “En mi familia siempre ha sido tradición hacer el pesebre. A mi mamá no le gustaba el árbol”, recuerda. Desde niña, Zoila encontraba placer en los detalles pequeños de la Navidad: mover las ovejas, organizar los caminos, imaginar el paso del día y la noche dentro de esa escena mínima. “Me encantaba organizar las ovejas, ponerlas a subir por un lado en la noche y bajar por el otro en el día”.
Sin saberlo, ya estaba cultivando la paciencia y la observación que años después marcarían su vida profesional y personal.
Zoila tiene la colección de pesebres más grande en Cartagena de Indias. Todo comenzó hace casi 30 años, de manera inesperada, buscando un regalo para su madrina —“Una señora mayor que ya tenía de todo, de eso que tú no sabes qué regalarle”—, compró tres pequeños pesebres de cristal.
“Me gustaron tanto que no quería dárselos”, confiesa. Una amiga resolvió el dilema con una frase simple: quédatelos y compra otro regalo.
Ese fue el primer paso.
El segundo llegó en un viaje al Eje Cafetero: un pesebre tallado dentro de un huevo de gallina. “Mi esposo me lo compró y ahí comenzamos la costumbre: cuando viajábamos, buscábamos qué pesebre había según la región o el país”.
La afición se volvió hábito, y el hábito, tradición familiar. Luego se extendió a los amigos. “Toda la familia giraba alrededor de eso y cuando mis amigos viajaban, me traían, en vez de un llavero, un pesebre. Me empezaron a conocer por eso”.
Hoy tiene 751 pesebres, con piezas provenientes de Colombia —Pacífico, Amazonía, Eje Cafetero, Cartagena, Bogotá, Zipaquirá, Medellín, Santa Marta, San Andrés, etc— y de países como Panamá, México, Perú, Estados Unidos, México, Alemania, Italia, Bélgica, Chile y Brasil.
La selección de pesebres de Zoila es mucho más que algo estético, “Yo miro los detalles: el niño, la Virgen, José”, explica. Para ella, María es símbolo de tenacidad: aceptar una maternidad incomprendida en su tiempo. José, de responsabilidad y amor. Los animales, de humildad.
“Hay muchas cosas que veo al momento de traer un nuevo pesebre a la casa, en Colombia tenemos artesanos que hacen un trabajo hermoso, en piedras, telas, sal, shakiras. Afuera también. Por ejemplo, hay una piedra negra en Chile y yo tengo un pesebre que tienen que tomar cada pedacito de piedra para poder tallarlo. Entonces, la riqueza de los materiales, esa gente que pinta un pesebre dentro de un huevo de codorniz o dentro de un huevo de gallina perfectamente tallado, eso es lindo; es lo que más me entusiasma cada vez que encuentro un pesebre diferente”.
“No lo hago por vanidad ni por adorno, no. Lo hago porque es una forma de dar gracias, es una forma de reconocer el milagro del nacimiento de Dios para la humanidad”, agrega.
Su fe no es rígida ni ceremoniosa. “De pronto esa parte debería cultivarla más”. Perdió a su padre a los 12 años y esto le enseñó la gracia de Dios, aprendió que creer también es cuidar al otro. “Fue un excelente padre y hasta en su muerte se pudo ver la mano de Dios, no permitió que sufriera. El hogar en el que yo crecí me enseñaron el temor a Dios, pero desde la atención hacia al prójimo”. Su vínculo con la Virgen es de admiración profunda, especialmente como madre que sufrió viendo a su hijo morir.
Una casa que se transforma en museo
Exhibir los 751 pesebres es una tarea monumental. Solo se muestran todos en Navidad y ocupan gran parte de la casa. El resto del año, apenas uno o dos permanecen visibles.
El soporte logístico es su esposo, Jorge. “Él es el motor detrás de todo”, dice Zoila. Diseña los muebles, distribuye los espacios, ayuda a proteger cada pieza. Guardarlos es lo más difícil: envolverlos, cuidarlos, asegurar que lleguen intactos al próximo diciembre. Lea: Cartagena estrenará pesebre flotante, conozca dónde estará
Algunos no sobrevivieron al tiempo: Dos pesebres de plastilina —uno hecho por una sobrina a la que quiere mucho, otro regalado por estudiantes— se perdieron. “Aunque tengo pesebres de muchos materiales y de todas partes del mundo, esos son de los que añoraría volver a tener”.
751 maneras de agradecer
Zoila es odontóloga, estomatóloga y cirujana oral; docente universitaria, investigadora y presidenta de la Asociación Colombiana de Estomatología, Semiología y Cirugía Oral (AESCO). Su vida profesional está marcada por la precisión, el rigor y el servicio. Su colección, por la paciencia, la memoria y la fe.
“Eso significa para mí el pesebre, la oportunidad de darle gracias a Dios; en este momento, 751 veces, cada una de una forma diferente”.
Ahora, que la Navidad avanza a toda prisa y las personas solo quieren más regalos, más comida y más fiesta, el sentido parece diluirse. Zoila, en cambio, sigue armando escenas pequeñas para recordar que esta celebración nació de lo simple, de lo humano y de lo frágil. Que la fe también puede caber en un huevo, en una piedra o en un pesebre diminuto que, sin grandes espectáculos, continúa contando la misma historia de una tradición que muchos han dejado de lado, pero que sigue siendo una de las que mejor explica la esencia y el verdadero significado de la Navidad.