Llegué a Cartagena hace casi veinte años para liderar un gran proyecto hotelero en Getsemaní. Venía con la mirada de quien entiende la ciudad desde los retos de la inversión, la gestión y la ejecución de proyectos imobiliarios. Pero muy pronto entendí que Getsemaní no era solo un conjunto de inmuebles patrimoniales en un lugar privilegiado de Cartagena. Era, sobre todo, una forma de vida.
En esos años me tocó ver de cerca cómo el barrio cambiaba a una velocidad vertiginosa. Crecía el interés turístico, aumentaba su atractivo como uno de los lugares más singulares de la ciudad y se disparaba la valorización inmobiliaria. Pero al mismo tiempo, algo esencial empezaba a debilitarse: la posibilidad de que su gente siguiera viviendo allí.
Con el paso del tiempo entendí que esa pérdida no era un daño colateral menor. Era la amenaza principal. Porque si Getsemaní dejaba de ser un barrio habitado por su comunidad, también corría el riesgo de perder aquello que lo hacía excepcional como destino cultural: su vida cotidiana, su memoria compartida, su manera de ocupar la calle, su tejido social.
De esa convicción nació una alianza improbable.
Improbable porque unía a quienes veníamos del mundo del desarrollo inmobiliario con líderes comunitarios, portadores de tradición, vecinos y organizaciones barriales que llevaban años defendiendo la permanencia de la vida de barrio. Improbable, también, porque partía del reconocimiento de que preservar el patrimonio no podía limitarse a restaurar edificios, sino que exigía proteger a la comunidad que les da alma.
Mi papel no fue el de llegar con una iniciativa para proponerle un rumbo al barrio. Fue, más bien, el de decidir sumarme a causas que ya existían, poniendo al servicio de ellas mi experiencia profesional en la formulación y ejecución de proyectos de alta complejidad.
Así fui acercándome a procesos que hoy son fundamentales para Getsemaní: la postulación de la Vida de Barrio a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación, la formulación del PES como instrumento de salvaguardia y, más recientemente, el impulso a un sueño largamente expresado por la comunidad: hacer posible un proyecto de vivienda asequible que permita la permanencia y el regreso de familias getsemanicenses.
Ese proyecto es hoy La Resistencia de Getsemaní. Y su sentido más profundo no está solo en construir viviendas, sino en demostrar que todavía es posible intervenir con ambición en el Centro Histórico sin resignarse a que el único destino del barrio sea convertirse en escenario para otros.
Tal vez por eso sigo creyendo que esta alianza, aunque improbable, tiene una lógica poderosa. Nace del encuentro entre el conocimiento técnico y la memoria viva del territorio; entre la capacidad de estructurar proyectos y la claridad moral de una comunidad que sabe lo que está en juego.
Porque en Getsemaní no basta con admirar su belleza. La tarea más difícil y necesaria es ayudar a que siga siendo un barrio donde su gente pueda vivir, permanecer y volver.
