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Columna

Madres

“El mejor homenaje es no romantizar su sacrificio, sino impedir que las generaciones que vienen tengan...”.

MARTHA AMOR OLAYA

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Nos enseñaron que una buena madre era aquella que desaparecía dentro de los otros. La que servía primero el plato ajeno y se comía el suyo frío. La que dormía menos, lloraba a escondidas, postergaba sus sueños, envejecía antes de tiempo y aun así sonreía en las fotos familiares.

Nuestras abuelas levantaron hogares con las uñas. Algunas criaron cinco, seis, siete hijos sin agua potable, sin autonomía económica, sin derecho a decir que estaban cansadas. Nuestras madres resistieron matrimonios complicados, dobles jornadas, soledad en la crianza y lo hicieron incluso cuando el amor no alcanzaba.

Sin embargo, el mejor homenaje es no romantizar su sacrificio, sino impedir que las generaciones que vienen tengan que inmolarse de la misma manera para ser consideradas buenas madres.

La sociedad reclama por la caída de la tasa de natalidad a las mujeres jóvenes por no querer tener hijos en lugar de entender la profundidad del fenómeno y brindarles garantías para que puedan hacerlo si quieren y sin tanta angustia. Rápidamente las juzgan como si la maternidad fuera una obligación moral y no una decisión humana, corporal y política.

Muchas crecimos viendo madres que se perdieron a sí mismas criando. Mujeres brillantísimas reducidas a sostener emocionalmente a familias enteras mientras nadie las sostenía a ellas. Vimos violencia normalizada, abandono disfrazado de paternidad ocasional, crianza solitaria.

La maternidad, tal y como fue concebida, ha sido demasiadas veces una experiencia de sacrificio extremo y no un proyecto amoroso acompañado por la sociedad. A las mujeres se les exigió maternar como si no trabajaran y a trabajar como si no maternaran. Se les pidió criar hijos emocionalmente sanos mientras ellas cargaban traumas que no tuvieron tiempo de nombrar.

Tal vez el problema no sea que las mujeres ya no quieran ser madres, sino las condiciones bajo las cuales históricamente se les obligó a serlo. Cuando una mujer sabe que criar implicará precariedad, agotamiento, culpa permanente y soledad, la decisión de no maternar es una respuesta social.

La maternidad necesita redes de apoyo reales, corresponsabilidad masculina auténtica, políticas públicas, tiempo, salud mental, tribu. Necesita que las mujeres puedan seguir siendo personas completas después de dar vida. Que no tengan que escoger entre existir o cuidar.

Este es mi homenaje más profundo a las madres, a la mía, Martha Olaya Ramos, a mis abuelas, inmensas ambas. Amar a las madres es primero dejar de exigirles heroísmo, aunque ya heroínas son.

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