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Columna

A mi edad

“El país ha cambiado, la política ha cambiado, la gente ha cambiado y hoy abunda la impaciencia, la superficialidad...”.

Soqui Rodríguez

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En estos días que me siento aburrida de la peleadera política, las quejas del sistema de salud, la subida de la gasolina, los dramas entre amigos o familiares y muchos otros temas que cansan y desgastan; tengo claro que hay cosas que ya no necesito en mi vida. Después de los 60 son menos años los que me quedan por vivir y no es necesario gastarlos en cosas que no podemos cambiar. La primera es la aprobación de nadie. Menos aun de gente que cuestiona todo como si tuviera una verdad universal: controvierten por quién será mi voto o mis posiciones políticas. Tampoco necesito que se cuestionen mis gustos, que se han simplificado gradualmente y cada vez se vuelven más básicos. No intento cambiar la opinión de nadie y no quiero a quien intente cambiar la mía.

Lo segundo y muy importante es el fin de las relaciones tóxicas. La gente superficial, interesada, conflictiva y los quejumbrosos deben salir de mi vida. Elijo con quién rodearme, quien me sume, me haga feliz, disfrute lo sencillo y no haga de su vida un suplicio en el que quiera convertir la mía. Atesoro los amigos de infancia con quienes he compartido risas y la salida de las arrugas. Disfruto de aquellos que se saben reír de ellos mismos y me aceptan como soy. No quiero a mi lado a quien compite por una vida perfecta o quienes desconocen que los verdaderos tesoros son la salud, la paz y el tiempo. Prefiero agacharme sin que me duela la espalda a gastarme la noche bailando en una gran fiesta, prefiero una conversación tranquila a una discusión vehemente. Evado el periodismo que busca el conflicto y me cansan los sabelotodo hablando del futuro triste que le espera al país, como si la queja pudiera cambiar lo que nos viene. De nada sirve lamentarnos del Gobierno que ya casi termina y cuyo resultado amarga y lastima.

No sé si es madurez o tozudez, pero me cansan las malas noticias del noticiero y las dudas sobre lo que nos espera en próximamente. El país ha cambiado, la política ha cambiado, la gente ha cambiado y hoy abunda la impaciencia, la superficialidad y la necesidad de tener la razón. Las personas escuchan menos y juzgan más. Cambian los vínculos reales por relaciones frágiles y digitales. La empatía parece debilitarse mientras el individualismo crece. Vivimos conectados tecnológicamente, pero emocionalmente cada vez más distantes y solitarios. Eso no lo cambia ningún presidente o político. Nos hemos convertido en una sociedad criticona con una juventud que si no le va bien, se cambia de país o busca trabajo remoto. Los mayorcitos no queremos emigrar; queremos vivir tranquilos, disfrutar la pensión que trabajamos arduamente y estar en paz los años venideros. Las personas no serán diferentes con el cambio de gobierno.

Pronto acabará la incertidumbre. Pero la paz no llegará, solo será un cambio. Crucemos los dedos…

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