¿Y si pudiéramos envolver a Cartagena entre kilómetros de tela? ¿Qué tela sería? ¿La deslumbrante, esa que hoy la posiciona como escenario de bodas costosas frente al mar? ¿La sostenible, la que intenta reconciliar la moda con el ecosistema y con las formas más conscientes de producir y consumir? ¿O la identitaria, esa que recoge todo lo que llegó de afuera, pero también lo que nació aquí adentro?
Vestirse para existir: identidad y moda en Cartagena
La moda en Cartagena muchas veces sale de su gente, del barrio, de las esquinas donde se improvisa estilo o de esas tiendas de paca “refundidas”, donde nadie quiere que lo vean entrando, pero donde se consigue lo que en ninguna otra parte. La moda cartagenera puede estar oculta en los remiendos, en las manos de las costureras, en los peinados afro, en los fotógrafos que documentan nuevas estéticas, en las estilistas, en los diseñadores emergentes y en las personas LGBTIQ+, que, en gran medida, gracias a su consumo de cultura pop, suelen gozar de una creatividad que no se encuentra a la vuelta.
En una ciudad atravesada históricamente por el comercio, el turismo y la mirada extranjera, el cuerpo siempre ha comunicado cosas, incluso en lo más mínimo. Y vestirse en ciudades atravesadas por el cosmopolitanismo nunca ha sido un acto tan inocente. Porque hay una Cartagena que aprendió códigos europeos desde la colonia; otra que transformó esas influencias desde lo afrocaribeño y lo popular; y una contemporánea que hoy intenta narrarse a sí misma disputando el dominio de su representación.
Sostener a la ciudad desde lo ambiental
Uno de los principales retos de la industria de la moda es pagar una deuda histórica con el medio ambiente, al ser la segunda más contaminante a nivel mundial, y la señora Rosa Calderín lo sabe a la perfección. Sabe que la industria de la moda rápida hace que la gente se vuelva loca copiando tendencias y consumiendo.
A Rosa la conocen en el barrio por elaborar trajes ecológicos. Ganó varios reconocimientos por sus trajes para participantes de concursos en Elida Castro y ha viajado a Bogotá para vender sus productos hechos con material reciclable.
“Me gustaba el reciclaje y vi que podía hacer algo con eso. Yo empecé con los cinturones, un trabajo artesanal con chapas de latas de bebidas, de esas metálicas. Luego aumenté la apuesta con los vestidos.
Yo reciclo las tapas, las lavo, las seco y luego hago todo el proceso de selección. Es un trabajo riguroso y de mucha dedicación y paciencia. Eso sí, la gente se va satisfecha con los resultados. Yo con este trabajo he ido a donde menos se imaginan”.
Rosa ha vestido a reinas de universidades, del Sena, de las Fiestas de Independencia y hasta de certámenes privados.



Un modelo espabujao que sabe cómo incomodar
Hablar de moda en Cartagena no es tan sencillo como muchos creen. Es hablar de identidad, de quiénes pueden mostrarse y cómo. De cómo una ciudad construye su imagen mientras sus habitantes también intentan construir la propia. Juan Diego Córdoba es uno de esos cartageneros que puede mostrarse y sabe cómo hacerlo. No ha sido fácil, por supuesto, pero hoy su identidad no es la misma del muchachito que creció en el barrio San Pedro Mártir, sobre todo porque la suya no se trata de una identidad fija. El performance es uno de sus fuertes: es un camaleón entre lo femenino y lo masculino.
Córdoba ha sido modelo para marcas internacionales como Schwarzcopf. También es ese que aparece en videos musicales de Manuel Turizo y, la mayor parte del tiempo, trabaja como beauty para maquilladores de la ciudad. En redes sociales es conocido como “El Espabujao”.
“Describiría la relación de mi identidad afro y la forma en la que habito la moda como una expresión de libertad para no oprimir la belleza de mi interior, ya que mi esencia hace parte de cada una de mis manifestaciones. Desde mi identidad afro llevo mi historia, y desde lo queer, la posibilidad de romper normas, cuestionar etiquetas y existir sin seguir los constructos de la gente”, contó Córdoba en entrevista para El Universal.


Dice que no encontró el arte, sino todo lo contrario:
“La moda, más que hacerme sentir visible y protegido, me ayudó a encontrar paz en medio de tantas guerras emocionales. En eso se basó casi toda mi vida: en modificar mi apariencia para encajar, en pensar que solo mi físico, por ser ‘pelo ruchó’, estaba mal; en creer que mis labios con proporciones eran ‘bemba’ y estaban mal. En Cartagena, el cuerpo afro todavía suele ser visto desde estereotipos, dejando a un lado otras dimensiones como la inteligencia y el arte. Y cuando se trata de identidades afro queer, muchas veces los prejuicios se duplican porque la sociedad intenta imponer cómo debe verse o comportarse un cuerpo negro. Aun así, hoy muchas personas están resignificando esos espacios desde la moda”, argumentó.
Juan Diego Córdoba hoy propone al Distrito de Cartagena movimientos como Aurora, impulsando la danza de la población diversa en municipios, en el marco de las Fiestas de Independencia. Para él, la moda pensada para el turista en Cartagena muchas veces se construye desde una imagen tropical y comercial; por esa razón decide tomar otra vía.
“La moda que nace desde la gente local tiene más identidad, historia y cotidianidad porque refleja las raíces, los barrios, la música, la creatividad popular y la forma auténtica en la que las personas viven y se expresan, pero no en la ciudad bonita, sino en esa ciudad de la periferia. Mientras una busca representar lo que el visitante espera ver, la otra nace de lo que realmente somos”.
De la Plaza de Toros a Vogue
La cartagenera María Alejandra Díaz creció en el barrio El Recreo. Las oportunidades la llevaron a conquistar pasarelas en Milán y, en enero de 2026, tuvo una aparición en las páginas de Vogue Latinoamérica.
“Siento que Cartagena entera grita moda, siempre ha sido moda, incluso antes de que la industria comenzara a reconocerla de esa manera. Durante años existió una barrera invisible que nos llevaba a repetir las mismas referencias estéticas, sin explotar realmente nuestra identidad. Creo que la moda cartagenera está adquiriendo fuerza. Me emociona ver marcas cartageneras tomando referencias globales sin quedarse atrapadas en los mismos códigos visuales e incorporando sus raíces y su esencia en las propuestas”, contó Díaz a El Universal.
Cuenta que ese trabajo con Vogue fue repentino. La cita fue en la Plaza de Toros, donde se llevó a cabo la sesión fotográfica. Logró trabajar bajo la dirección de Maygel Coronel, la fotografía de Gabriel Pontón, la dirección de arte de Mar Salinas y estar al lado de modelos como Pili Villamizar y Laura Guerra.
“Cuando me contactaron no entendía realmente la magnitud del proyecto hasta que llegué al lugar y descubrí que era para Vogue México. Cada momento del shooting fue absolutamente especial, magnífico e inolvidable. Estuve rodeada de un equipo increíble que cuidó cada detalle con muchísima sensibilidad”.



Para María Alejandra, el cuerpo afro sigue estando condicionado por ciertos imaginarios estéticos. Pero también cree que esto tiene un trasfondo cultural ligado a nuestras raíces.
“Con respecto a la apariencia, creo que es una sensación bastante colectiva. En algún momento, todos hemos sentido la necesidad de transformar o ajustar partes de nosotros para pertenecer. Sin embargo, siento que el modelaje me dio una tranquilidad con mi cuerpo que durante la adolescencia no tenía”, argumentó Díaz.
Y agregó: “Esto puede sonar polémico, pero depende mucho desde dónde se mire. Puedo hablarte desde mi experiencia como modelo y también desde mi experiencia como cartagenera. Nací en una ciudad extremadamente diversa y hermosa, pero también atravesada por percepciones sociales y visuales que llevamos arrastrando desde hace muchísimo tiempo”.
Aunque durante años Cartagena fue pensada como una postal que debía lucir de cierta manera, hoy también empieza a coserse desde adentro, desde la periferia y lo afrocaribeño, desde lo popular y desde todas esas identidades que entendieron que la moda también puede ser una forma de decir: aquí estamos.
