“Yo no les voy a decir mentiras… mis hijos están bien, están en el colegio. Yo les vengo a pedir plata porque necesito motilarme, estoy peluo’ y no lo he podido hacer”.
Los rostros de cansancio, con el ceño fruncido por el inclemente sol de las 2 de la tarde, cambiaron de golpe apenas el hombre terminó de hablar. Acababa de subirse a un bus de Transcaribe a pedir dinero y, en lugar de insistir, soltó: “Mejor les voy a cantar”. Y cantó. Lo hizo sin afinar, pero, como buen fanático de ‘El Jhonky’, interpretó la canción con emoción. Los pasajeros respondieron con risas y miradas cómplices, y le entregaron monedas sin pensarlo dos veces.
Quien viaja a diario en Transcaribe tiene su propia versión de esa escena. La espera, el sol, el aguacero, la hora pico, el vendedor ambulante: en cada trayecto pasa algo que luego se cuenta. Ahora esas historias empiezan a ocurrir también en buses nuevos.
“Ya queda es reírse, ¿para qué amargarse?, igual toca esperar”, comentaba una noche una mujer que veía cómo el bus de su ruta daba una vuelta tras otra antes de salir del parqueadero y recoger a los pasajeros en Patio Portal. Ella todos los días sube a Transcaribe, hace transbordos y espera en largas filas hasta que aparezca el bus que necesita. Ha vivido las goteras dentro de los articulados y las varadas en plena avenida. “Hay días en que todo va bien”.
Otros días no van tan bien. Hay quien se equivoca de ruta o llega tarde por las demoras del sistema y, aun así, la solidaridad sigue reinando en esos trayectos.
Un martes, hacia las 6:30 de la tarde, los usuarios de un bus alimentador fueron protagonistas y testigos de una muestra de solidaridad. El vehículo iba tan lleno que los pasajeros apenas podían moverse y sus cuerpos se rozaban. En medio de la aglomeración, una estudiante que vestía uniforme escolar se desmayó. Los pasajeros le abrieron espacio donde parecía no haberlo, le cedieron una silla, le ofrecieron un dulce e incluso se comunicaron con su mamá. Hasta el conductor se sumó a la ayuda y logró acercarla lo más posible al lugar donde la esperaban.
Los vendedores ambulantes conocen bien esa dinámica. Se suben, trazan sus rutas, ensayan sus discursos y hablan frente a cientos de personas que, como ellos, trabajan duro en horarios extenuantes. Algunos reciben sonrisas y monedas; otros, apenas miradas sin gesto.
“Cuando a los usuarios les va bien, a nosotros nos va bien. En días de pago, muchos nos apoyan, pero cuando no hay plata, cuando no han pagado, pasamos trabajo; regresamos a casa sin dinero”, cuenta una vendedora que recorre el sistema de estación en estación con un micrófono y un bafle, para amenizar los trayectos y obtener su recompensa.
Esta actividad está prohibida. El manual del usuario del Sistema Integrado de Transporte Masivo (SITM) establece que las ventas dentro de buses y estaciones constituyen una conducta no permitida. Por ello, el personal del sistema solicita la salida de quienes son sorprendidos comercializando productos. Sin embargo, para muchos vendedores, esta actividad representa una alternativa de sustento ante la falta de oportunidades laborales y las dificultades económicas que enfrenta la ciudad.
En la práctica, controlarlo es casi imposible. Usuarios y trabajadores reconocen a quienes se suben a ofrecer dulces y paletas, saben quiénes son los que dicen tener un familiar enfermo para pedir dinero y aprovechan las promociones del que vende tres pares de medias por cinco mil.
Buses nuevos, las mismas historias
Cartagena de Indias recibió este año 55 buses equipados con aire acondicionado y puntos de carga para celulares. Es un avance y vale reconocerlo. Adentro, el frío pega de frente apenas se cruza la puerta; afuera, en las estaciones y paraderos, la fila sigue bajo el sol. Quien depende del sistema sabe que un celular cargado no le devuelve la media hora que pasó esperando un bus. Un sistema óptimo es aquel en el que los buses llegan a la hora prevista, las frecuencias responden a la demanda en horas pico y las rutas conectan toda la ciudad. Con un pasaje de $3.900, la exigencia es aún mayor.
Mientras tanto, en el bus sigue pasando Cartagena. Ahí van el que madruga para llegar a tiempo al trabajo, el joven camino al colegio o la universidad, el que se rebusca cantando o vendiendo. Ahí está el que se queja por el calor y a la vez resuelve, el que se corre para que quepa otro, el que no se vara. Transcaribe alivia ciertos dolores y provoca otros. La tarea pendiente es que sean más los días en que, como dice la mujer de Patio Portal, todo va bien.
