Entender la moda como un campo de estudio implica reconocer que necesita distintas miradas y se nutre de múltiples disciplinas. Ninguna prenda, estilo o práctica del vestir tiene una definición única y estable.
Entré al mundo de la investigación de moda cuando leí un libro de Freud sobre la histeria. Aunque aparentemente no tenía “nada que ver con moda”, descubrí que otras áreas del conocimiento podían ayudarme a explicarla. En ese caso, encontré en el psicoanálisis una forma de acercarme a su historia. No soy psicoanalista, pero sí estudiosa de la moda, y la alquimia intelectual que he construido se debe, en buena medida, a la curiosidad. También por eso escribo en El Universal: quisiera que los lectores terminaran esta página con preguntas y ganas de seguir estudiando la moda.
Desde que empecé a estudiarla comprendí que apenas estaba ante un abrebocas de un universo que probablemente nunca terminaría de explorar. Hace poco encontré el libro Dress, Dreams and Desire: A History of Fashion and Psychoanalysis, de Valerie Steele, historiadora y directora del Museo del Fashion Institute of Technology de Nueva York. Me sorprendió porque ese tema había sido el eje de mi primera investigación. Y aunque ya lo había estudiado, quería conocer otra perspectiva y, al comenzar a leer, advertí algo que entonces no había considerado suficientemente: el cuerpo.
La moda es particularmente significativa precisamente por su relación directa e íntima con el cuerpo humano, que constituye una de las bases del sentido de identidad del individuo. Es muy común pensar -quizá también por efecto de las redes sociales- que la moda es un asunto “superficial”, relacionado únicamente con las apariencias; un tema sin profundidad y, por lo tanto, vacío, carente de seriedad, sentido o importancia.
Por un lado, esta afirmación no es del todo falsa: la moda es, literalmente, superficial, porque existe sobre la superficie del cuerpo. La ropa que usamos puede entenderse, incluso, como una extensión de este.
Pero, por otro lado, la moda también puede estudiarse como un fenómeno de enorme profundidad y como una manifestación tanto del cuerpo como de la mente inconsciente, puesto que la moda dibuja imaginarios, emociones y fantasías de manera simbólica sobre el cuerpo. Esto se relaciona con un punto psicológico fundamental: la moda funciona como una representación del ser y difícilmente puede separarse de él. En ese sentido, se parece al lenguaje. Tanto el lenguaje como la moda pueden funcionar como lentes a través de los cuales observamos y construimos nuestra propia identidad.

La moda comienza en el cuerpo
Y la moda no es únicamente una manifestación del inconsciente. También es una elección consciente acerca de cómo decidimos presentarnos ante la sociedad. Pensemos, por ejemplo, en el momento en que escogemos un traje nuevo para asistir a una entrevista de trabajo.
También es cierto que podemos sentir temor de que nuestra forma de vestir revele pensamientos o deseos que preferiríamos mantener en secreto. La ropa puede llegar a funcionar, incluso, como una especie de síntoma neurótico inscrito sobre el cuerpo. Esta idea puede ayudar a leer diferentes fenómenos históricos, como el nacimiento de culturas underground, clubes, comunidades y espacios creados para que determinados pensamientos, emociones y formas de ser pudieran expresarse y convivir con mayor libertad.
Vestirse es preparar el cuerpo para presentarlo ante un mundo social como algo aceptable, respetable y, quizá, deseable. Y exige conocimientos y habilidades: desde amarrarse los cordones hasta comprender telas, colores y proporciones.
Aquí quiero traer a Anne Hollander (1930-2014), historiadora de moda y referencia indispensable para estudiar el vestir. Hollander planteaba que el estado natural del adulto es estar vestido o decorado, aunque esa naturalidad también exige respeto por el cuerpo desnudo. Su reflexión permite preguntarnos qué entendemos por desnudez “natural”. Nuestra manera de verla ha sido formada, en parte, por las imágenes del arte. A lo largo de la historia hemos buscado acercarnos a ideales visuales del cuerpo, a cánones que aprendimos a considerar perfectos.
El deseo puede dirigirse al cuerpo desnudo, pero también a aquello que lo cubre. Una tela ceñida o un material transparente que cae delicadamente sobre la piel pueden ocultar y revelar al mismo tiempo. Esa tensión alimenta la curiosidad por lo que permanece debajo. Y es desde ahí que quiero mirar las redes sociales y a sus llamados “influencers de moda”.
Seguimos cuentas similares, consumimos imágenes parecidas y recibimos tendencias que, en ocasiones, nos ofrecen más repetición que nuevas posibilidades de expresión. Cuando el vestir se homogeneiza, incluso los cuerpos pueden empezar a percibirse como si respondieran a un mismo molde. ¿Podría ser esta homogeneización una amenaza para la curiosidad que históricamente ha despertado el cuerpo? Después de todo, nuestra percepción del cuerpo está constantemente filtrada por la moda y por las maneras de vestirlo.
La profesora e investigadora Joanne Entwistle propone comprender el acto de vestir el cuerpo de manera metodológica y contextuada, utilizándolo como un marco desde el cual estudiar la relación entre cuerpo, ropa y cultura. Entwistle parte de reconocer que los cuerpos están constituidos socialmente y que siempre existen dentro de un contexto cultural.
La moda está pensada para el cuerpo: es creada para él y llevada por él.
Estructuras como el sistema de la moda pueden imponer parámetros alrededor del vestir, pero parte de la riqueza de la moda reside precisamente en la posibilidad de interpretarlos, apropiarlos o transformarlos dentro de las restricciones que atraviesan la práctica cotidiana del vestir. Por eso, el cuerpo necesita ocupar un lugar central en cualquier explicación de la moda que pretenda observar su relación con las distintas disciplinas que intervienen en su estudio.
Vestir el cuerpo es un aspecto íntimo de la experiencia humana y de la manera en que presentamos nuestra identidad ante los demás. Prenda, cuerpo e identidad no deberían entenderse como elementos completamente separados, sino como partes de una misma totalidad.

