Cartagena


Entregan el corazón al servicio de los demás

Tres personas desde diferentes sectores de la ciudad entregan su tiempo al servicio de niños, niñas y población vulnerable para mejorar su calidad de vida. Le apuntan a la educación para transformar la sociedad.

HYLENNE GUZMÁN ANAYA

01 de junio de 2021 12:00 AM

Me enamoré de este servicio porque les doy a los niños herramientas para estudiar, para sus clases virtuales y aprender un poco más. Con la pandemia, las clases virtuales para quienes lo tienen todo: el computador, el celular, los lápices, va bien, pero para quienes no, es más complejo. Así que empecé con mi negocio a darles clases a los niños de mi comunidad, de Word, Excel y en general de las herramientas ofimáticas”, cuenta con mucha emoción Carlos Guerrero Solano, un joven de Nelson Mandela.

Carlos tiene 26 años y vive en el sector El Edén de este barrio, donde cuenta con un café internet y una papelería, su propósito es retribuir a su comunidad lo que ha recibido.

Antes de que comenzara la pandemia causada por el coronavirus, estudiaba Ingeniería Industrial en una universidad de la ciudad, sin embargo al quedarse sin empleo no le alcanzaban los recursos para pagarse la carrera. Fue entonces cuando apareció una luz en su camino, un proyecto de la Cámara de Comercio de Cartagena lo haría obtener algunos ingresos.

“En el 2019, estando en cuarto semestre, tuve un momento oscuro, en que no tenía nada que hacer y estuve a punto de ingresar al Ejército, entonces apareció el proyecto, recibí capacitaciones por un año para sacar adelante el negocio. Presté mis servicios como profesional primero y de noviembre a diciembre del año pasado empecé a capacitar a niños, niñas y jóvenes de mi barrio”, continúa Guerrero.

Un ejemplo a seguir

Para él, la pandemia ha traído cambios positivos en su vida. Las primeras en recibir su ayuda fueron unas niñas de la comunidad, quienes no tenían dónde dar sus clases, por lo que cada mañana, a las 6:30, Carlos prestaba su Whatsapp para que ellas atendieran las clases.

Luego, como una bola de nieve, más niños preguntaban cómo hacer una presentación en Power Point, un documento en Word, unas tablas en Excel. “A veces me reía porque ellos usaban todo el tiempo el mouse, por ejemplo, y desconocían su nombre, entonces les fui enseñando. Además, creo que me les he convertido en un ejemplo, porque les enseño buenos modales, a saludar, no decir malas palabras”, resalta Carlos.

Son aproximadamente de 10 a 15 niños y jóvenes a los que Carlos les ha transformado su vida, además los ha enlazado con una fundación donde aprenden idiomas.

“Poco a poco se ven los resultados, mis alumnos se han trasladado a la fundación de una amiga y es bueno ver cómo ayudamos con herramientas para la educación. Espero que seamos más los que ayudemos y nos convirtamos en luz”, precisa.

Carlos realiza nuevamente el proceso para ingresar a la universidad, sueña con seguir estudiando para aportarle más a su comunidad.

Doctor Alexito en sala de una clínica
Doctor Alexito en sala de una clínica

Empatía y simpatía

Cuando Alex Carrascal comenzó con su emprendimiento de recreacionista jamás pensó -dice- que Dios lo llevaría a las labores sociales como Clown.

“Me contrataron como recreacionista en el Hospital Infantil Napoleón Franco Pareja (Casa del Niño) para una brigada de salud y antes había investigado en Latinoamérica sobre los Clown. Fue entonces cuando empezó la aventura, allí solo me puse la bata y una nariz, visitaría a los niños que estaban enfermos y desde que los conocí todas las semanas hacía voluntariado”, explica Alex.

Luego de varios meses en ese camino, nació el doctor Alexito, por su relación con el sector salud: enfermeras, médicos, hospitales y clínicas; sumado a como lo llamaban de cariño sus amigos y la familia.

“Decidimos hacer la terapia de la risa, pero que las personas sonrieran desde el alma. Esto se llevó a empresas, barrios vulnerables y fundaciones. Todo lo que se hace con amor y ganas, va creciendo solo. Lo que más se necesita es la empatía, para ponerse en los zapatos de los demás y saber lo que siente; y la simpatía para desarrollar lo que tienes con amor”, recalca.

Para él, como alguna vez se lo mencionaron, no importa si usa o no la nariz, lo importante es que trabaje de verdad, sentir la vulnerabilidad, no ver al enfermo sino al ser humano. “Llegamos a una sala, por ejemplo, tocamos la puerta, pedimos permiso para entrar, saludamos y si solo necesitan que los escuchemos, los escuchamos”, agrega.

Pese a que su labor social no es realizada para retribuirse, siente que la gracia divina de Dios sí se ha reflejado en muchos proyectos, como de grandes empresas; cuando una mamá le escribe para agradecerle por lo que alguna vez hizo con su hijo.

“Cuando yo hago mi parte desde mi metro cuadrado, está bien, pero cuando todo se junta generamos hectáreas de buenas obras y beneficios sociales. Tenemos que unir todos los sectores y las áreas para generar grandes cambios”, se refiere cuando hablamos del servicio en las demás personas.

Alexander trabaja con el programa de la Misión Clown y tiene una fundación llamada Guerreros de la Luz en el sector Marlinda, del corregimiento de La Boquilla, desde donde brindan comida todos los días a los niños y niñas vulnerables. Además apadrinan a niños con algún tipo de enfermedad.

Los amigos del mar

Pedro Salazar ha dedicado los últimos 11 años de su vida a servir en la isla de Tierrabomba. Asegura que desde los 25 años, cuando llegó por primera vez, hasta este momento, obtuvo una madurez única y descubrió que su propósito es ayudar, servir.

Pedro heredó de su padre un terreno en la isla, y lo que al principio era un emprendimiento con un hotel se convirtió en el espacio donde todos los días niños y niñas aprenden algo nuevo.

“Vivo en Cartagena desde los 2 años. Mi papá tenía un restaurante en El Laguito y le compraba los pescados a las personas de Tierrabomba, siempre tuvo ese contacto con la comunidad y sentí en mi corazón que debía estar allí. Luego de estudiar Comunicación Social en Cali, trabajar en un zoológico y aprender sobre el cuidado del ambiente, no podía quedarme con eso, tenía que compartirlo”, narra Pedro sobre sus comienzos.

Primero levantó un hotel donde conoció historias y situaciones de los nativos, fue así como cuatro años después nació Amigos del Mar, con el deporte náutico como estrategia para que los jóvenes estudiaran.

“Como practico kitesurf, llegaba a la isla y eso atraía a los jóvenes, me ayudaban a bajar la vela. Entonces les dije que les enseñaba sobre el deporte si ellos regresaban al colegio, yo les daría los uniformes, las maletas, los útiles. Eran muchachos entre 12 a 16 años”, resalta.

A los cuatro meses hubo un gran salto: la Cancillería colombiana los invitó a Perú con varios jóvenes, luego ellos contaron su experiencia y más jóvenes querían hacer parte del proyecto.

Niños y niñas practicando surf en Tierrabomba.
Niños y niñas practicando surf en Tierrabomba.

El reciclaje y el mar

Para Pedro fue complejo trabajar la cultura del reciclaje, sin embargo con más educación les enseñó que tiene valor. “Si van a una clase de surf y encuentran una basura, la recogen. Lo que usamos, el mar, debemos cuidarlo y limpiarlo, aunque muchos me conocen por este lado, nuestro enfoque es la educación”, dice.

La realidad de los nativos a veces contrasta con la cultura del reciclaje, pues en principio no tenían operador de aseo y lo que ellos conocen como canecas son usadas para recolectar el agua potable, más no para arrojar residuos.

“Lo que les enseñamos es que todo tiene un valor, crear oportunidades a través del reciclaje. Entre 2010 a 2014 recogimos 27 toneladas de reciclables. De un reciclador que encontré cuando llegué, hoy ya hay seis. Ahora tenemos una campaña que recibimos tapitas plásticas para darles acceso a internet, y lo pagan por horas”, adiciona.

Para Pedro no existe una gran satisfacción en todo este tiempo de servicio, más bien todos los días hay pequeñas satisfacciones: el niño que se gradúa del colegio, el reconocimiento de la fundación de empresas internacionales, la campeona suramericana de surf, los niños que pertenecen a la Liga de Bolívar, el niño que arroja su papel en la caneca o el que lo guarda en el bolsillo hasta que encuentra donde disponerlo.

“Aquí aprendía a valorar las cosas simples, a encontrar la felicidad en todo. Me gustaría una comunidad más unida para ayudarlos a todos”, puntualiza.

Tres historias desde diferentes sectores de la ciudad que transforman vidas.