Llegar a Punta Canoa en época de coronavirus no hace mucha diferencia con lo que se puede encontrar en un “día normal”. Son pocas las personas que usan un tapabocas en el corregimiento y el motivo es que el COVID-19 no ha llegado hasta allá, como históricamente, tampoco lo han hecho las autoridades.
El olvido es visible, es palpable. Se trata de una comunidad de más de 2.500 habitantes que no cuenta con un puesto de salud ni tampoco con lugares de esparcimiento, donde solo hay dos calles pavimentadas, y el colegio distrital está devorado por la maleza.

Por razones de autocuidado se suspendieron algunas actividades que implican reuniones, como los servicios religiosos y las clases presenciales, pero de resto, todo sigue igual.
Quienes necesitan trabajar lo hacen desde la informalidad, pescando o a través de mototaxis, porque el turismo, hace mucho tiempo dejó de ser rentable. Más exactamente cuando llegó el emisario submarino en 2013 y poco a poco el mar se fue alejando de su territorio, llegando a estar incluso a unos dos kilómetros más allá de donde se encontraba antes.
El mito de que las playas de Punta Canoa estaban contaminadas por el tratamiento de aguas residuales (cosa que no es real) terminó por ahuyentar a varios turistas, y ahora son pocos los visitantes que llegan al corregimiento con estos fines. Aún así, los habitantes que tienen su fuente de ingresos anclada a esta actividad, aguardan esperanzados por la reapertura de las playas, que les permita nuevamente volver a ofrecer sus servicios.
Pero a pesar de todas estas carencias, en pandemia Punta Canoa ha salido a relucir es por las terribles inundaciones que se forman a causa de las lluvias, que ya han dejado a varios damnificados en el corregimiento por la subida de los arroyos.
“Yo creo que por eso es que el agua nos quiere ahogar, porque nadie nos presta atención”, dice con desgano María Aguilar Núñez, presidenta del Consejo Comunitario de esta población.
Aguilar asegura que si bien la Oficina de Gestión de Riesgos y Desastres de Cartagena (Oagrd) ha hecho presencia en la zona, lo que necesita Punta Canoa son inversiones de fondo que permitan mitigar esta situación.
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“Tenemos varios arroyos en la comunidad a los que nunca se les ha hecho un tratamiento ni se les ha canalizado o algo así por el estilo, aquí han venido, pero no se ha hecho nada. Cuando esto se anega viene Prevención y Desastres y hace lo que puede, entregan ayudas humanitarias, dan colchonetas, pero hasta ahí. Esto es muy preocupante. A Punta Canoa le hace falta vivienda, le hace falta Estado, que el Distrito y el Departamento miren hacia esta comunidad”, puntualiza.
I. La deuda de la salud
A María lo que más le duele es que ya lleven cinco años sin centro de salud donde atender a la comunidad. “Este puesto de salud estaba bueno, no sé por qué a Dionisio (Vélez) se le metió que iba a mejorar esto y lo que hizo fue dejarlo en ruinas. Esto da es lástima”, dice.
Efectivamente la Unidad de Atención Primaria (UPA) de Punta Canoa fue uno de los 39 centros de salud que el gobierno del exalcalde de Cartagena, Dionisio Vélez, iba a remodelar con la promesa de mejorar su atención. Para el caso de Punta Canoa la inversión fue de $115.713.759 y hasta el momento lo que hay en el corregimiento es una estructura en estado de abandono que amenaza con desplomarse si no es intervenida pronto.

Los únicos que hacen presencia son Óscar Gómez y Eusebio Leal, dos nativos que en 2015 fueron contratados para prestar el servicio de vigilancia en el centro de salud mientras se ejecutaba la obra y que nunca recibieron un pago más allá del primer año de ejecución. Ahora, dicen que no pueden dejar la estructura sola, porque corre el riesgo de que se roben los materiales que se encuentran en su interior, esos materiales con los que esperan que en algún momento se reanuden los trabajos.
“A nosotros nos pasaron por seis meses al centro cultural mientras construían la UPA pero ya llevamos cinco años aquí, yo pensé que ahora en el gobierno del doctor (William) Dau se le podía meter el hombro pero todavía no hemos escuchado nada”, dice Isbelia Leal, auxiliar de enfermería que trabaja en el antiguo puesto de salud y que tras su demolición tuvo que ir a prestar la atención a sus pacientes en un salón acondicionado en el centro cultural del corregimiento, que también se encuentra en un visible estado de deterioro.
“Estamos en un sitio que no es el acorde para la atención porque este es un centro cultural, está retirado del pueblo, estamos expuestos porque acá se encuentran culebras, ciempiés, no hay garantías para prestar un buen servicio”, señala.

Allí, la ESE Cartagena ofrece servicios de consulta externa, toma de muestras, crecimiento y desarrollo, vacunación y citología vaginal. El médico solo va dos veces a la semana y toda urgencia debe ser atendida ya sea en Bayunca o en La Boquilla, poblaciones que se encuentran aproximadamente a 20 minutos de Punta Canoa, tiempo vital para atender cualquier tipo de emergencia.
II. Sin garantías para la juventud
Pero el puesto de salud es apenas la corona de una serie de problemáticas que envuelven a Punta Canoa. Donde desde la primera infancia, sus habitantes comienzan a experimentar las carencias de su territorio.
Es el caso de las condiciones en las que se encuentra su Centro de Desarrollo Infantil (CDI) que cada vez que llueve es víctima de las inundaciones volviéndose un peligro para los niños y las mismas madres comunitarias que los atienden.
“A veces tenemos que dar la atención a medias porque cuando llueve los espacios se inundan demasiado y huele muy mal, entonces tenemos que mandar a los niños para la casa. Tenemos 52 niños entre 0 y 5 años y también la modalidad familiar que son 45 madres gestantes”, dice Darys, quien atiende en este CDI desde su habilitación en el año 2011.

“Tenemos la problemática de la infraestructura, y además, que los niños no cuentan con una buena ventilación dentro de las aulas. También nos gustaría tener una nutricionista y una psicóloga, materiales didácticos para poder trabajar con ellos, porque los que tenemos a veces no alcanza”, asegura.
Pero la situación no termina allí, porque el colegio del corregimiento donde asisten los jóvenes que cursan su primaria y bachillerato, tampoco es que se encuentre en las mejores condiciones, comenzando por el trayecto que deben recorrer para llegar hasta allá, marcado por las calles llenas de barro, los puentes cuyos barandales están llenos de óxido y la maleza que carcome de poco a la infraestructura escolar.
“Las aulas existen pero no tenemos una institución completa, porque no tenemos salas de profesores, biblioteca, sala de informática ni nada por el estilo”, dice María Aguilar, presidenta del Consejo Comunitario.

De igual forma, no todos en el corregimiento cuentan con acceso a internet, por lo que a muchos estudiantes se les ha complicado continuar con sus clases en medio de la emergencia sanitaria.
La cancha del colegio, al igual que todo ese sector, está invadida por la maleza, pero no es nada comparado con el estado en el que se encuentra el único polideportivo con el que cuenta el territorio, y que hace mucho tiempo dejó de serlo por las deplorables condiciones en las que está.

“Ante la ausencia de la Alcaldía de Cartagena esto está en completo olvido. Ya los niños y los jóvenes no tienen espacio para recrearse. Los semilleros deportivos nacen aquí pero no hay apoyo, por eso queremos que el Distrito intervenga. En este estado, la cancha se presta para otras cosas que no son deportivas, como el consumo de sustancias alucinógenas, calentar armas, lo que sea, pero nada que tenga que ver con el deporte y eso nos está afectando”, explica Leider Carmona, vicepresidente del Consejo Comunitario de Punta Canoa.
En sus mejores épocas el polideportivo solía ser utilizado para jugar fútbol, béisbol y sóftbol, sin embargo su abandono ha impedido continuar con esta actividad de manera óptima.
III. Persiguiendo al mar
La llegada del emisario submarino a Punta Canoa en 2013 indudablemente marcó un antes y un después en la comunidad, comenzando con que ahora, el mar que tanto les ha dado de vivir a través de la pesca y el turismo, ha comenzado a alejarse, y ellos van detrás, pues aseguran que van donde él los lleve.
“No sabemos cuál fue el fenómeno que se presentó en el mar, que antes estaba aquí mismo y ahora se ha alejado casi 2.000 metros. Y cada vez que se nos va la playa nosotros la vamos persiguiendo, si el mar se retira, nosotros vamos detrás rodando nuestro ranchito para poder sostenernos del turismo”, dice César Enrique Gómez, quien cuenta con una pequeña enramada que funciona como cocina y restaurante para el turismo.

Es de los pocos que quedan, pues a diferencia de él, no todos han sido persistentes con el mar.
En aquel tiempo, cuando llegó el emisario submarino, en compensación, Aguas de Cartagena donó unos módulos para que los nativos pusieran allí sus restaurantes, sin embargo tras el retiro de las aguas estos quedaron muy lejos y en abandono.

“El emisario nos cambió mucho porque este lugar vivía del turismo, y cuando llegó, muchas familias dejaron de venir. Es la hora y muchas personas ven las playas de Punta Canoa como la oveja negra, como playas contaminadas, a pesar de que en la orilla no se siente un mal olor, eso solo es por las noches cuando bombea”, dice Alveiro Morales, representante del Consejo Comunitario, quien también hace un llamado a la Corporación de Turismo de Cartagena para que trabaje por impulsar este sector como destino, teniendo en cuenta sus cualidades naturales de fauna y flora que pueden hacer de él un territorio próspero para el desarrollo de estas actividades, sin embargo recalcan que ha faltado el apoyo por parte de las autoridades y la inclusión de la comunidad en los proyectos que se desarrollan en la zona norte.
IV. Epílogo
En medio del desánimo, Punta Canoa sigue adelante.
Aunque haga falta una inspección de Policía y les toque poner denuncias en Arroyo de Piedra, aunque el emisario submarino por las noches emita olores fétidos que a algunos les ocasionen enfermedades, aunque a pesar de contar con el tubo madre muchas personas sigan sin estar conectadas al servicio de alcantarillado y aunque los nuevos condominios sigan absorbiendo de a poco a la comunidad ancestral.
Ellos siguen luchando por mantener su identidad y no desvanecerse en el olvido.
“Nosotros los nativos de Punta Canoa somos felices viviendo aquí, porque aquí nacimos y aquí queremos morir. Queremos que nuestros hijos sigan creciendo en Punta Canoa, así nos quieran sacar de nuestro territorio, así estemos olvidados, porque nosotros pertenecemos al Distrito de Cartagena, pero el Distrito no pone los ojos en nuestro territorio, solamente para los megaproyectos y las elecciones”, puntualiza Morales.
Así como él, otros 2.499 habitantes de este corregimiento también elevan un clamor a las autoridades para que por fin puedan hacer pleno goce de sus derechos más básicos, esos que les han sido negados por cuenta del olvido y que en algún momento esperan volver a disfrutar.
