Dos años de oscuridad por la ceniza que opacó a la luz solar. La fotosíntesis de las plantas se fue para el zafacón. Tsunamis y erupciones volcánicas por doquier y una temperatura lo suficientemente alta que abrasó a la Tierra. Esos fueron los resultados, hace 66 millones de años, del impacto en la península de Yucatán, en México, de un asteroide de 12 kilómetros de ancho que arrasó con la vida de los dinosaurios. (Lea: “Fantasmas que crean estrellas”, lo último que fotografió el James Webb)
Todo fue caótico. Las olas del tsunami provocado alcanzaron el kilómetro y medio de altura y llegaron a todos los océanos del planeta. El 75% de la vida animal se extinguió. Sin embargo, según estudios científicos una de las catástrofes más relevantes fue un terremoto que duró semanas. 50.000 veces más fuerte que el que devastó las costas de Indonesia, Malasia, Sri Lanka, India y Tailandia, en 2004. En términos más técnicos: la cantidad de energía liberada en este súper sismo se estima en 10 elevado a 23 julios.
El megaterremoto de Chicxulub
Solo 28 segundos le bastó a un terremoto para devastar a Caldas, Risaralda y Quindío, en 1999. Medio minuto y cerca de cinco mil víctimas, entre muertos y heridos, y más de ocho mil fincas cafeteras fueron destruidas. Al leer las 38 palabras anteriores se dimensiona el poder destructor de un sismo que dure por semanas o meses.
Esos fueron los resultados de un nuevo estudio, realizado por el equipo del geólogo colombiano, Hermann Bermúdez, de la Universidad Estatal de Montclair en Nueva Jersey, Estados Unidos, que concluyó que el impacto de Chicxulub, el asteroide apocalíptico, no solo provocó un tsunami gigantesco con olas más grandes que el edificio Concasa, en el Centro de Cartagena, sino también un terremoto terrestre global, tan masivo que sacudió a la Tierra como nunca más se vio.
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Colombia, uno de los laboratorios
A principios de 2022, el científico Bermúdez visitó afloramientos del límite del evento de extinción masiva Cretácico-Paleógeno (K-Pg) en Texas, Alabama y Mississippi para recopilar datos, complementando su trabajo anterior en Colombia y México, donde recabó evidencia del impacto catastrófico.
En 2014, mientras realizaba trabajo de campo en Gorgonilla, una isla colombiana en Cauca, Bermúdez encontró depósitos de esférulas: capas de sedimento llenas de pequeñas perlas de vidrio (de hasta 1,1 mm) y fragmentos conocidos como “tectitas” y “microtectitas” que fueron expulsados la atmósfera durante un impacto de asteroide.
“Las rocas expuestas en la costa de la isla Gorgonilla cuentan una historia desde el fondo del océano, aproximadamente a 2 km de profundidad. Allí, a unos 3.000 km al suroeste del lugar del impacto, arena, lodo y pequeñas criaturas oceánicas se acumulaban en el fondo del océano cuando impactó el asteroide. Capas de lodo y arenisca hasta 10 a 15 metros por debajo del fondo del mar experimentaron deformación de sedimentos blandos que se conservan en los afloramientos hoy, que Bermúdez atribuye a la sacudida del impacto”, precisó Europa Press.
En el estudio de Bermúdez, se indica que las fallas y deformaciones tras la sacudida perviven a través de la capa rica en esférulas que se depositó después del impacto, lo que indica que la sacudida debe haber continuado durante las semanas y meses que tardaron estos depósitos de grano más fino en llegar al fondo del océano. Justo encima de esos depósitos de esférulas, las esporas de helecho conservadas señalan la primera recuperación de la vida vegetal después del impacto.
El trabajo se titula “The Chicxulub Mega-Earthquake: Evidence from Colombia, Mexico, and the United States” y ha sido presentado a un congreso de la GSA (Geological Society of America, o Sociedad Geológica de Estados Unidos.)