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Cultural

La biblioteca de Martín no es carreta

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La Carreta Literaria de Martín Murillo, recibió de manos de Mercedes Barcha, 300 libros de la biblioteca personal de Gabriel García Márquez. Viajarán a bordo de esta biblioteca ambulante.

El más grande promotor de lectura de Cartagena de Indias, es Martín Murillo, de Quibdó,  47 años, quien desde hace  ocho años y dos meses, dirige la única biblioteca ambulante  de la ciudad, a bordo de una carreta que él bautizó: Carreta Literaria.

¿Cuándo nació esta aventura que ya ha recorrido las ferias del libro de Bogotá, Madrid, Guadalajara, Panamá y Caracas?  Martín estudió hasta quinto de primaria, pero ha leído más de medio centenar de los diez mil ejemplares que ya tiene su carreta. Y con él se puede hablar de literatura, un poco de historia y de política, y de experiencias personales formidables, de sus encuentros con Premios Nóbel de Literatura.

Durante cinco años sobrevivió vendiendo bolsas de agua por las calles de la ciudad amurallada de Cartagena de Indias. Antes de llegar a la ciudad, tenía un puesto de  arepas rellenas en la calle 7 con 30 en Quibdó. Sobrevivía haciendo arepas rellenas con carne molida, chorizo y pollo. Llegó a hacer doscientas arepas rellenas, hasta que se cansó de todo, y se vino a aventurar en el Caribe. El vendedor ambulante que asistía a los eventos culturales después de vender agua por las calles, fue una sorpresa para Jaime Abello Banfi, coordinador de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, y Raimundo Angulo, quienes lo apoyaron en su deseo de hacer una biblioteca ambulante.  Desde entonces, Martín vive solo para promover la lectura. “Promotor de lectura que no lea, no existe”, dice.

“Lo que más leo son crónicas, cuentos, novelas, todo lo que tenga que ver con el arte de contar historias. García Márquez fue muy generoso conmigo al autografiar su célebre novela para la Carreta.  Conmigo era muy preguntón. Quería saber de todo. Era muy observador. Si se inventara un premio para la gente que sabe contar una historia, ese premio se lo ganaría su hermano Jaime García Márquez. Tiene una gracia para contar las cosas.  Poca gente tiene ese don para contar como él. Lo mismo que  Juan Gossaín o el difunto David Sánchez Juliao.

Las dos novelas que yo releo son El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, y  El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. El coronel de García Márquez es un hombre pobre pero con una tremenda dignidad.  Puede parecer terco y pendejo, pero lo que es en verdad, es un hombre digno. Lo mismo el viejo pescador de Hemingway, cuando le preguntan quiénes pescaron ese pez, él se mantiene en una humildad increíble. De ese par de libros he aprendido que uno no puede luchar contra la adversidad, sino aprender a luchar en la adversidad”. Martín me dice que tiene varias reglas de oro que para él han sido la clave ética de toda su vida: no va donde no lo han  invitado ni va donde le invitan a beber licor. Puede tomarse una sola cerveza en su propia casa, pero cuida su imagen y la responsabilidad que tiene con su biblioteca.

“Cuando salgo de Cartagena, siento que llevo la imagen de Cartagena, lo mismo cuando salgo de Colombia.  Cuando salimos del país, todos somos Colombia. Llevo un intangible que debo cuidar, respetar y  defender. No es solo mi imagen. Es la de mi país. He llegado a los círculos intelectuales más altos, y por todo ello, no tengo sino agradecimientos”. Tanto ama su carreta llena de libros que prácticamente él vive donde están los libros de su proyecto de promoción de lectura. Vivió muchos años en la misma habitación donde residió el poeta Raúl Gómez Jattin en el hotel La Muralla, en Getsemaní, en la Medialuna.

La habitación estaba tomada por los libros, y Martín tenía que pasar por encima de los libros para llegar hasta su cama. Se mudó recientemente al Paseo de Bolívar, pero los libros los guarda celosamente en diversos escenarios. Martín dice que no se ha casado aún porque no ha encontrado una mujer que haya comprendido su amor por los libros. Una novia que parecía la elegida para casarse se alarmó cuando vio la pila de libros y le preguntó: ¿Vamos a vivir con todos esos libros? Fue la razón para que la relación no prosperara. Pero Martín confía que la encontrará, y ha soñado que algún día tendrá un hijo al que le enseñará el amor por los libros.

Hace poco, por ejemplo, Mercedes Barcha, lo llamó para que viniera a su casa para donarle  300 libros de la biblioteca personal de Gabriel García Márquez, que reposaban en su casa de Cartagena de Indias.

“Para mí ella es una abuela universal”, confiesa Martín, acariciando algunas de las portadas de los libros donados. “Es un regalo gigantesco y de un valor intangible. Mi mamá Lucía Gómez Serna, me decía que quien se ganó el Premio Nobel de Literatura no fue García Márquez, sino ella, Mercedes Barcha. ¿Cómo podría definirla? No es templada. Tiene carácter. Es una mujer justa y organizada. No tengo otra palabra que gratitud ante todo lo que hicieron nuestro querido Premio Nobel y ella por la Carreta Literaria”.

Le he pedido a Martín que me permita mirar las cajas de libros de la biblioteca de García Márquez en Cartagena de Indias. Mi primera sorpresa es encontrar la novela Changó el gran putas, de Manuel Zapata Olivella, en su primera edición de mayo de 1983, de Oveja Negra. Reviso todo el libro a ver si encuentro alguna señal.

La segunda sorpresa es el libro Diez juglares en su patio, de Jorge García Usta y Alberto Salcedo Ramos, publicado por Ecoe Ediciones, en septiembre de 1994, con una dedicatoria de García Usta  que dice: “Para el maestro García Márquez, esta reivindicación del reportaje”. La colección contiene además libros sobre música, religión, novelas, un ensayo de Álex Grijelmo, “El estilo del periodismo”, publicado por Taurus en 1997, un tratado de música de Douglas R. Hofstadter, “Gödel, Escher, Bach”, publicado por Tusquet, en 1987. Seguiré viendo qué otras sorpresas hay.

Mientras tanto, Martín me dice que no cree en lo que se ha denominado “afrodescendientes: eso  para mí, con todo respeto, es un Apartheid disfrazado. Hay que ganar espacios en la sociedad, no por el color de la piel. Mi posición es que no quiero que me midan por el color de la piel, sino por lo que hago, por la utilidad y el bienestar que genero en la sociedad, como ciudadano y promotor de lectura. Me parece humillante y ridículo lo del color, y por eso me he negado a aceptar premios”.

Martín prepara su itinerario en la Carreta Literaria semestralmente en los corregimientos de Bolívar y en las ferias del libro del mundo donde lo han invitado. Su preocupación era llegar a los cuarenta años sin definir lo que quería hacer con el resto de su vida. Lo tiene claro:  Su sueño es crear una inmensa biblioteca cuyo escenario  ideal es para él, el Espíritu del Manglar. No espera vivir sino dentro del destino que le ha trazado a su Carreta Literaria.

Y seguir llenando de palabras invisibles un libro de mil páginas que está todo en blanco, y cuando lo abre ante los niños empieza a contar una historia que inventa y reinventa al ritmo de sus propias emociones. Es un libro oral que fluye a flor de labios. Como si saliera de la memoria de las Mil y una noches, o de la magia del genio de Macondo. Martín lleva a los corregimientos más recónditos de Bolívar, una silla, un tablero, plastilinas y crayolas y muchos libros que presta y comparte con los niños de este país. Y ellos acarician por primera vez el lomo misterioso de un libro. 

Martín Murillo con algunos de los libros de la biblioteca de García Márquez. Zenia Valdelamar-El Universal
Martín Murillo con algunos de los libros de la biblioteca de García Márquez. Zenia Valdelamar-El Universal
Martín Murillo con la primera edición de Changó el gran putas, de Manuel Zapata Olivella, publicada en 1983. Zenia Valdelamar-El Universal
Martín Murillo con la primera edición de Changó el gran putas, de Manuel Zapata Olivella, publicada en 1983. Zenia Valdelamar-El Universal
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