Lo que parecía una desgracia en ese entonces, hoy se convirtió en una bendición para Luis.
Fueron tres años durmiendo en una celda de 3x2 en las instalaciones de la Cárcel de Ternera, donde Luis De La Haye Fonseca apenas podía conciliar el sueño acostado en un colchón que no era el de su casa. Pasaban los días, horas, meses. Y Luis solo pensaba en una cosa: cómo rehacer su vida al salir de prisión alejado del vicio.
“Las drogas me llevaron tras las rejas porque estar drogado te hace cometer errores. Meterte en líos. Ahí - en prisión - me di cuenta de muchas cosas. Aprendí a dibujar y a pintar después de los 30 años de edad, cosa que antes no me gustaba en absoluto. Pero a algo me tenía que dedicar en mi encierro y entonces comienzo a pintar algunos murales del patio de reclusión”, recordó el artista quien se hace llamar Luis Art.

En la plaza Fernández de Madrid del Centro Histórico, más específicamente en un restaurante bar ubicado en esquina diagonal a la Iglesia de Santo Toribio, se exhiben las obras de Luis. Es casi que imposible no detenerse a mirarlas para reparar su perfecto acabado con sus imágenes realista.
Celia Cruz, el Wason, Tony Montana, Benicio del Toro, Silvestre Estalón y muchos más personajes famosos son plasmados por este artista en sus retratos.
Luis pasó de no saber nada a saber mucho. Pero ¿cómo inició toda esta travesía que hasta lo llevó a ocupar el primer lugar a nivel nacional en un concurso de pintura?
Esta no es la primera vez que De La Haye plasma su historia en este medio en 2019, sin embargo, detalló un poco más la anécdota de su vida y cómo le ha ido en los últimos años.
(Lea aquí: El gran pintor que nació del encierro).
Una prisión de colores
“En la cárcel las personas conocían mi talento. Allá aprendí en algunos talleres de pintura y, sobre todo, viendo a Bob Ross por Telecaribe. Yo decía: ¡caramba! ¿ese man pinta tan bien y así de rápido? Y empecé a practicar”, dijo Luis.
Hasta que una de las trabajadoras de la cárcel lo convidó a participar en un concurso de pintura a nivel nacional. Para ese entonces sus compañeros lo intimidaban diciéndole que en el otro patio también había un recluso concursando y con mucho más talento que él. Que era un interno respetado y difícil de superar. Pero como dijo Luis: “A mí no me importa compararme con nadie. Vivo para mi familia y trabajo para sobrevivir”.
Sentado en aquel patio. Viendo el panorama de reclusos cocinando en leña. Con caras resentidas y malévolas, fueron el resultado de aquella obra de arte que hoy está en un mural de allá.
¿Y adivinen qué? “el gomelo” Luis, como muchos le decían dizque por vivir en El Campestre, ganó aquel concurso de pintura. Ese gran logro lo hicieron merecedor de una reducción de su condena, es decir que, en 2008 se reintegra a la sociedad.

“No sabía qué iba a ser de mí. No tenía ningún plan. Pero de lo que sí estaba seguro era de dejar las drogas por todo lo que había visto y vivido en la cárcel. No salía a tomar ni un solo trago con mis amigos porque sabía que eso me iba a llevar a las drogas. Me alejé de malas amistades y seguí mi camino”, dijo De La Haye, recordando que varios de esos amigos murieron.
Con ganas de superarse, un gran amigo lo inscribió en un curso de pintura en Bellas Artes, pero, cuenta Luis, que ni plata tenía para los pasajes de buses con tal de asistir. Tan crítica era su situación económica que lo hicieron retirarse de aquella universidad.
Un pincel, pintura y lápiz le abrieron espacio para poner su propio taller en su casa, en el barrio El Campestre. Inició haciendo carteleras y varios trabajos académicos, sin embargo, eso no era suficiente para mantener a su familia.
“En Facebook conocía a una novia, hoy madre de mi segunda hija, y ella me ayudó con la compra de una moto de segunda. Empecé a mototaxiar. A veces me iba bien, ganaba 30 mil pesos el día. Otras veces no eran muy buenos y así”, dijo.
Hasta que un día, una llamada celular de su hija mayor le cambiarían su rumbo: un cubano que recién abrió un restaurante en el Centro Histórico necesitaba que le pintara la bandera de Cuba, y así fue.
“Al terminar la bandera, la pintura quedó mejor de lo esperado. El cubano encantado me preguntó si podía pintar a Celia Cruz y a otros artistas en su restaurante con una técnica que desconocía. Pero, aún sin saber, le dije que sí. Lo hice y quedó fantástico”, dijo.
Aquel cubano, de nombre Lázaro, se había marchado y los trabajos de Luis quedaron en el aire. Sin embargo, mientras pintó para este empresario quien le presentó a gente del gremio comercial, Luis era contratado por algunos dueños de bares y restaurantes para hacer algunas obras.
“Un día me gané el día con una obra y un almuerzo. Al terminar e irme para mi casa, una persona me persiguió para decirme que el dueño de un bar, a quien yo conocía, necesitaba de mis servicios. Desde ahí empecé a hacer retratos realistas y me entero de que varios turistas que llegaban los compraban”, explicó Luis Art.
Desde entonces, así se gana la vida Luis De La Haye: pintando cuadros exhibidos en la galería que está en el segundo piso de este bar ubicado en la plaza Fernández de Madrid, donde sus obras se venden como pan caliente.
Los vacíos y la preocupación que antes sentía Luis sobre cómo se ganaría la vida, se acabaron por completo, porque a pesar de que estuvo tras las rejas el arte es lo que verdaderamente lo hace libre. De La Haye considera que “no necesito ser el mejor”, pues su talento y estilo son como oro en los bolsillos.



