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Cultural

¿Un periodista que no consume literatura es un buen periodista?

En un oficio que debe entender la realidad y lo que sucede en el universo para informarlo de manera clara a su audiencia, ¿la lectura debe ser sagrada?

¿Un periodista que no consume literatura es un buen periodista?

Gabriel García Márquez pensaba que la literatura es un placer, que solo se debe leer por placer.

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Ay, Hollywood. Siempre tú, Hollywood. ¿Por qué colmas con falsas realidades o de clichés las mentes de los que aman tus películas? No solo es con los rusos, a los que siempre muestras con rostros perversos, o con los desenlaces donde siempre el espía acicalado usualmente gana, pues al comprobar tus verdades en la realidad suelen convertirse en falsedades. (Lea: ¡¿Qué tal?! El día que a Gabo fue rechazado “porque su escritura era ineficaz”)

El gusto por el periodismo llegó a mi ser gracias al séptimo arte. Las salas de redacción con ese aura denso de nicotina y el romántico tecleo de máquinas de escribir hasta bien entrada la noche, y luego la vida bohemia que gente como Gay Talese, Gabriel García Márquez o Tom Wolfe pudieron disfrutar entre copas, risas y chivas. Así se solía plasmar el periodismo de cierta época de oro en el cine.

Tom Wolfe, uno de los padres del ‘nuevo periodismo’.

Como un canto de sirenas concebí que los periodistas eran lectores voraces. Toda oficina de editor en la gran pantalla estaba atestada de libros y quienes rememoren el apartamento de Bob Woodward (Robert Redford) en Todos los hombres del presidente (1976), recordarán que las pilas desordenadas de libros iban del tapete hasta el techo.

Dustin Hoffman (como Carl Bernstein) y Robert Redford (como Bob Woodward) en Todos los hombres del presidente.

Los periodistas han de ser consumidores prémium de literatura, siempre pensé, pero me equivoqué. Cuando tuve mi primer trabajo como periodista y cumplí el sueño de asistir a diario a una sala de redacción, confieso que me decepcionó la poca popularidad que tenían los libros en los cubículos de cada redactor.

Incluso, algo que me pareció terrible fue que muchas oficinas de Talento Humano, en este afán modernista por lo políticamente correcto, dan la orden de tener escritorios escuetos e impolutos, donde pilas medianas de libros son vistas como un sucio, un obstáculo más. ¿Qué dirá Borges de estas lógicas de la seguridad laboral?

Y, por otro lado, aquellos compañeros que parecían islas, excepciones, al acompañar sus computadores con un montoncito de libros, rara vez los vi ojeándolos. Eran torres minúsculas con capas de polvo. Partículas provocadas por el desuso, el abandono, que me recordaron lo que alguna vez dijo el Nobel de Literatura, John Steinbeck: “Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo”. ¿Es la presencia habitual de la literatura en un periodista un factor diferencial? ¿Tiene más cultura, más competencias para narrar y documentar la vida?

El reconocido cronista Alberto Salcedo Ramos piensa que un periodista no está obligado a ser literato. “Lo que sí sería deseable es que leyera a maestros en el oficio de escribir, sin duda, pero que también se procurara buenas lecturas de historia, de política, de ciencias. Leer es importante pero hay que desacralizar los libros. Al que no lee no hay que llamarle bruto, ni negligente, ni considerarlo ciudadano de menor categoría. Ojalá esa persona se encontrara con los libros y descubriera que los libros nos enriquecen. Una persona que no lee suele ser necia. Anda por la vida dando respuestas afirmativas. La ignorancia es atrevida, se dice. Una persona que lee aprende a dudar y a hacer preguntas. Esto tiene un gran valor para el periodismo”, expone.

¿Un gran valor? Salcedo Ramos considera que una de las herramientas esenciales del periodista es la escritura. “Me pregunto cómo alguien que no lee puede puede darles a los lectores una escritura idónea, en la que haya un buen uso del lenguaje y un conocimiento mínimo de la cultura universal. Siempre he dicho que el buen periodismo consiste en administrar la ignorancia —todos somos ignorantes en diversas materias de la vida—, y alguien que no lee se verá en aprietos para lograr esto”, establece.

Al respecto, Mario Jursich Durán, periodista cultural, escritor y miembro fundador de la revista Malpensante, considera que, al menos en primera instancia, ningún periodista tiene la obligación de leer literatura. “Si se trata de aprender los trucos del oficio, la destreza para narrar o los rudimentos de la investigación, basta con fijarse en lo que hacen los propios colegas. Pero si el asunto es considerar a qué llamamos ‘verdad’, entonces sí resulta decisivo para un periodista leer ficción”, precisa.

Y advierte: “Aunque compartan muchas cosas, la verdad de la literatura es diferente a la del periodismo. Tener ese punto claro, saber que no es una división de campos mecánica, sino un entramado sutil de zonas grises, ayuda a prevenir errores que minan (y, en algunos casos, destruyen) la credibilidad del periodismo”.

Con esta última advertencia es válido recordar los múltiples escándalos en los que periodistas, ya sea por un remiendo estilístico o por querer que todas las fichas encajen en un puzle que alimente sus egos, recurrieron a la ficción en sus trabajos. Al ser descubiertos, sus carreras fueron sepultadas. Tal vez alguno que otro lúcido salvó su prestigio tras sucumbir en esa tentación o, simplemente, su genialidad artística y renombre los escudaron. Tal es el caso de Gabo, quien no fue completamente veraz en su crónica Caracas sin agua, según algunas voces.

Es una enfermedad nacional

Roberto Pombo, exdirector de El Tiempo, concibe que es un problema netamente contextual. “Lo que sí es un hecho es que el bajo nivel de lectura es una enfermedad nacional y en esa medida afecta también al periodismo. Indudablemente un periodista que lee literatura tiene más herramientas que uno que no lo hace. La literatura, la escritura, es una herramienta fundamental en el oficio periodístico, por lo cual quien lee tiene más elementos que quien no lo hace, y eso se nota en el resultado final de su trabajo”.

En una lógica similar se adhiere Laura Ardila, columnista de El Espectador, quien expone que las bajas estadísticas de lectura en las salas de redacción son muy graves. “Trabajamos con la palabra y pues de la literatura la aprendemos, la degustamos, la conocemos. A través de los libros se cultiva un buen periodista; no obstante, esto no puede ser impositivo y el amor por la literatura viene desde la crianza y el primer hogar. Esto es un llamado a los padres”, indica.

Y resalta: “Puede que también las facultades de periodismo no estén despertando inquietudes intelectuales y literarias. En síntesis, yo considero que no solo un periodista que consume literatura es mejor que uno que no lo hace, sino que en general un ser humano que lee es mejor que uno que no lo hace. La prosa enriquece el oficio, nos conecta con mundos insospechados y desarrolla la imaginación y la curiosidad. Por eso siempre recomiendo cultivar ese romance con la literatura”.

¿La rutina laboral es el problema?

Los otrora románticos horarios laborales de las salas de redacción, especialmente de medios impresos, ahora para muchos les resulta extenuantes, un lastre para leer literatura, hacer ejercicio o ir al cine. Sin embargo, para Laura Ardila, aunque las altas cargas deterioren la calidad de vida en cuanto disminuye el tiempo libre, no le parece una excusa válida para no leer.

“Yo creo que el periodismo es un oficio especial que nos obliga a ser testigos privilegiados de lo que ocurre en el mundo para luego contárselo a los demás, por lo que no se rige por horarios de oficina de 9 a 12 y de 2 a 5. Tomás Eloy Martínez decía que nuestro oficio no es una camisa que uno se pone y se quita al final del día y en ese sentido uno entiende las largas jornadas laborales; no obstante, una cosa es eso y otra la explotación laboral y los malos salarios que ofrecen muchos medios y empresas que deberían revaluar estas condiciones rutinarias y económicas. La pandemia nos enseñó que el teletrabajo ayuda a alivianar muchos procesos”, establece.

Salcedo Ramos se remite a Ben Bradlee, el mítico editor de The Washington Post, quien vivía prácticamente en la sede de su periódico, pues tenía un trabajo muy arduo, pero se las arreglaba siempre para leer mucho porque entendía que leer es un deber para entender el mundo. “No creo que haya que achacarles a los medios la responsabilidad de que muchos periodistas no lean. El que no quiere leer no leerá ni si tiene dos ni si tiene treinta horas libres”, dispara.

Ben Bradlee en su oficina como editor de The Washington Post.

Y remata: “A nadie se le debería obligar a ser lector del mismo modo que a nadie se le debe poner una pistola en la sien para que sea buen hijo. El que no lee se lo pierde. El que no lee escoge la pobreza intelectual como destino”.

Para Laura Ardila, columnista de El Espectador, “no solo un periodista que consume literatura es mejor que uno que no lo hace, sino que en general un ser humano que lee es mejor que uno que no lo hace. La prosa enriquece el oficio”.
Para Laura Ardila, columnista de El Espectador, “no solo un periodista que consume literatura es mejor que uno que no lo hace, sino que en general un ser humano que lee es mejor que uno que no lo hace. La prosa enriquece el oficio”.
Roberto Pombo, exdirector de El Tiempo, diagnostica que los bajos índices en el consumo de literatura es un problema nacional y contextual, del que no escapa el periodismo.
Roberto Pombo, exdirector de El Tiempo, diagnostica que los bajos índices en el consumo de literatura es un problema nacional y contextual, del que no escapa el periodismo.
El cronista Alberto Salcedo Ramos se suscribe en la tesis de que a nadie se le debería obligar a ser lector del mismo modo que a nadie se le debe poner una pistola en la sien para que sea buen hijo. “El que no lee se lo pierde. El que no lee escoge la pobreza intelectual como destino”, dispara.
El cronista Alberto Salcedo Ramos se suscribe en la tesis de que a nadie se le debería obligar a ser lector del mismo modo que a nadie se le debe poner una pistola en la sien para que sea buen hijo. “El que no lee se lo pierde. El que no lee escoge la pobreza intelectual como destino”, dispara.
Para Mario Jursich, uno de los fundadores de la revista Malpensante, a ningún periodista se le debe obligar a consumir literatura; sin embargo, reconoce que leer aporta valores diferenciales al oficio.
Para Mario Jursich, uno de los fundadores de la revista Malpensante, a ningún periodista se le debe obligar a consumir literatura; sin embargo, reconoce que leer aporta valores diferenciales al oficio.
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