Alejandro Zambra es joven y eso lo mata. Tiene 48 años y su estilo de llevar el cabello, sin canas, a lo Paul McCartney limita su figura. En una sociedad en la que muchos afirman que la gente no lee hay otra máxima: el éxito de un escritor viene con arrugas, altivez y premios, muchos galardones. Lea: El espíritu de la Feria del Libro de Madrid se mantiene ‘En Directo’
Pero el nacido en Villa Portales, Chile, en 1975, aunque posee un aura de juventud tardía y maneja el humor en su obra de manera excelsa para retratar coyunturas bastante serias de nuestra región, de nuestra humanidad, sí cumple con la segunda aparente condición para que en ciertos círculos esnobistas o apáticos de una vez por todas se establezca lo que es: uno de los mejores escritores de Latinoamérica. También le puede interesar: La literatura latinoamericana domina la industria editorial española
El encanto del universo literario de Zambra reside en un estilo que mezcla con soltura la poesía y la prosa para retratar lo que le pasa a la gente del común, la que monta en el transporte público y que tiene dos batallas diarias: la calle y el hogar. Rehúsa del lirismo del realismo mágico almibarado con florituras, metáforas y atavíos, y ha hecho de la economía del lenguaje, de la búsqueda de la palabra precisa, su marca personal.
Su manera de llegar a las emociones no es artificial. No relata cosas que escuchó, que leyó por ahí o que imaginó, sino que cuenta cómo se reconstruyó la sociedad chilena tras la época oscura de Pinochet como si alguien te lo contara en un sofá. Es valioso que con tantos premios en su repisa tome distancia de las trampas del escritor divo e incluso reniegue de eso, lavando los trapos sucios de la literatura a cielo abierto.
“ Los escritores somos más bien personas que escribimos mal y luego volvemos a visitar lo que no nos salió, lo reformulamos, construimos una segunda intensidad y la volvemos primaria”, confiesa con humildad esa falsa noción de que los escritores son “unos elegidos por la limpieza de su prosa o de su poesía”.
Su estilo simple para escribir y libre de los afanes de la editoriales y del mercadeo le allana al camino para la consagración que merece, una senda que ya tiene un amplio reconocimiento. El novelista y poeta chileno ha ganado premios como el English Pen Award, el O. Henry Prize, el Premio Príncipe Claus y el premio Mejores Obras Literarias del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.
Las novelas del chileno han sido traducidas a 20 idiomas y sus relatos han aparecido en revistas prestigiosas como “The Paris Review”, “New Yorker”, “New York Times Magazine” o “Granta”, sin embargo, el autor no pierde ocasión para criticar esa idea de sacralizar la literatura.
Entre sus obras destacan las novelas Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), Formas de volver a casa (2011) y Poeta chileno (2020); el libro de cuentos Mis documentos (2014); las colecciones de ensayos No leer (2018) y Tema libre (2019); los poemarios Bahía inútil (1998) y Mudanza (2003); y un par de libros bastante más difíciles de clasificar, como Facsímil (2014) y, su más reciente trabajo, Literatura infantil (2023): una serie de relatos, de ficción y no ficción, sobre infancia y paternidad.
