Cultural

Carta abierta a Amalia Andrade

‘No se cómo mostrar donde me duele’ es un libro lleno de emociones y colores. Acá una carta personal (ya no tanto) a su autora.

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DIANA ACOSTA H.
02 FEB 2024 - 12:12 PM

Amalia Andrade. //Foto: EFE.

Hola, Amalia.

Digamos que ya me estaban picando los dedos para escribirte. Y bueno, creo que me entenderás y que también haces parte del club de personas que escriben cartas para nunca entregar, pero quiero hacerte llegar estas palabras. Quizás no como hubiese querido... a tu correo postal, en un sobre amarillo que se resbala debajo de tu puerta y que atravieses en pijama la sala y lo recojas mientras lees “te escribí esto”. Ni modo, tocó hacer pública esta carta.

Soy periodista, trabajo en este periódico y a veces me gusta leer libros y luego escribir sobre ellos. Leo casi siempre muy temprano por las mañanas, cuando el sol posa como una bolita amarilla en mi ventana o en la noche, cuando el silencio brota de las paredes y me permite, entre tanto, escuchar las voces que salen de las grietas que llevo adentro. Creo que me entiendes. Lea aquí: Amalia Andrade: el arte de saber dónde y qué duele, su nuevo libro

El punto es que hace un par de semanas me dieron como obsequio tu libro, el verdecito que está lleno de colores y emociones y que leí en un par de sentadas. Hace falta decir que vivo en Cartagena y que casi todas las páginas me supieron a mar, como ese sabor salado que se queda en la punta de la lengua cuando te sumerges en las playas y sales con el pelo ataviado de arena.

Algunas páginas las leí mientras atravesaba el puente que pasa por encima de la bahía de Cartagena, de la que flotan decenas de veleros en un mar quieto y luminoso por la claridad del mediodía. Y otras, como te conté, apachurrada en mi estrecha cama en la que hago compañía a mis peluches. Lea aquí: El homenaje que alista el Gobierno por los 10 años de Gabriel García Márquez

Con la cabeza hundida en la almohada puedo nombrar milimétricamente cada línea del techo de mi habitación, memorizadas de tantas veces en las que no tuve de otra que buscar respuestas con los ojos desorbitados. Me preguntaba por qué cuando murió ella el dolor se me volvió una bola en la garganta y me hacía tanta presión al hablar, hasta ahora entiendo que las palabras que nunca dije se aglutinaron, empujándose con fuerza hacia el exterior y estancándose en unos labios renegados.

Amalia, al igual que tú, he sentido el dolor en cada parte de mi cuerpo: me han dolido las manos, la lengua, los ojos y el pecho, pero siempre me resistí a entender que era mi cuerpo haciendo su propio duelo. Lo aprendí contigo. Lea aquí: Arranca la FILBO 2024: conozca la lista de invitados

Cuando escribiste “es curioso que usemos un lenguaje tan bélico para hablar de algo tan delicado como la salud mental: peleamos, damos batalla”, comprendí entonces que desde pequeña me puse el uniforme de guerrera, y descubrí que mi principal adversaria era yo frente al espejo. Cada día debía alzar la cabeza y luchar. Es tan increíble como el lenguaje construye la forma en que entendemos el mundo desde el sensible plano de las emociones: el primer escenario que construimos está dotado de armas y guerreros. Sería más lindo enseñarle a un niño que sus sentimientos son como un barquito que atraviesa el mar, a veces tempestuoso y a veces tranquilo y que en vez de ‘guerrero’ es un navegante ¿no suena más divertido? Yo creo que sí.

Mientras hundo las teclas gordas del computador y ellas me obedecen, traigo a mis oídos el sonido de un mar lejano que me acompaña desde que descubrí que si me llevaba un caracol gigante a la oreja podía escuchar el eco de las olas agolpándose a la orilla. Desde ese día me gusta cerrar los ojos e imaginarme dando pasos livianos sobre la espuma que flota a la orilla de la playa. Lea aquí: Estos son los 25 libros más vendidos en Colombia en 2023

Hay algo que tengo que agradecerte, Amalia, y es el haberme dejado pensando cosas como que los consultorios médicos no son los únicos lugares para hacer terapia y que a la salud mental hay que proveerle otros espacios más oxigenados. Durante un tiempo visité sagradamente a mi psicólogo, lo veía en un pequeño consultorio de paredes blancas adornadas de diplomas, pero yo, enemiga acérrima de los hospitales, me perdía en medio de los pasillos interminables, las sillas azules y el olor a medicamentos. Ahora creo que salir a hablar con las amigas o ir a caminar al parque puede ser un tratamiento complementario para quienes seguimos viéndonos con un especialista del corazón.

Otra cosa que al igual que a ti me sirve mucho es la música, porque puedo sacarme la tristeza de los huesos con un par de coros desafinados, y creo también que es la principal responsable de mi educación sentimental a lo largo del tiempo. Por eso, cada canción que dejaste escrita en el libro, la busqué, puse audífonos en mis oídos y me dejé llevar por la melodía. Tengo que decirte eso sí que ‘Días de enero’ y ‘Antología’ me vinieron muy bien, punto para Shakira. Lea aquí: Los libros de autoayuda fueron los más leídos durante el 2023 en Colombia

Amalia, termino agradeciéndote por ponerle mi nombre al libro, no solo por verme reflejada en él sino porque hice una fila larguísima durante el Hay Festival para que tú lo firmaras. Gracias por tu generosidad y por levantarte de la silla con tanta fuerza a escuchar las historias dramáticas de tanta gente que fue a verte para contarte sus dolores.

Ah y hay dos cosas que quiero preguntarte: primero, ¿cómo se hace para tener unos crespos tan geniales? y segundo ¿viste que Shakira se quitó los diez años que estuvo con Piqué? wao.

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