Toros y caballos han sido nuestros compañeros desde la más remota antigüedad. Nuestros antepasados europeos ya eran cazadores de toros en el paleolítico y nuestros antepasados americanos cazaban a los ancestros de los caballos en el Eoceno. De allí venimos: de ser cazadores de animales. Esta rotunda verdad no la pueden controvertir los falsos animalistas de nuestro tiempo que enarbolan unas banderas mientras usan zapatos, correas, bolsos y chaquetas de cuero. O dicen defender a los animales, mientras comen un delicioso lomo en finos restaurantes. Lea: La fecha en la que reabrirá la Plaza de Toros “donde no se volverá a gritar un ‘olé’”
En el siglo XII surgió el arte de lidiar toros y, con el descubrimiento de América a finales del XV, el caballo volvió a poner sus cascos en nuestro continente, de donde había desaparecido hace unos diez mil años.
La tauromaquia en nuestra ciudad comenzó en la segunda mitad del siglo XVIII, con el permiso para realizar festejos taurinos que el rey Carlos III de España concedió al gobernador de Cartagena de Indias, José Antonio Bravo de Sobremonte y Castillo, primer marqués de Sobremonte. Don Fernando Tavera Aya nos cuenta que, a finales del siglo XIX, se levantó el primer circo de toros en la ciudad, inaugurado por José González «Torerín».
La historia de esta plaza fue corta y hacia 1905 se construyó otra más confortable bajo la dirección de los prestantes señores cartageneros Julio Filontras y Manuel Martelo Jiménez, inaugurada por los toreros «Corete» y Ángel García Padilla. El gran Manuel Mejías «Bienvenida» lidió aquí con éxito toros semisalvajes que traían de los playones del San Jorge y el Cauca. En esta plaza torearon, dejando buen ambiente, el legendario torero gitano Rafael Gómez «El Gallo» y Manuel Rodríguez «Manolete», padre del «Monstruo de Córdoba».
La plaza de toros La Serrezuela se construyó gracias a la afición y conocimientos de su propietario, don Fernando Vélez Daniels, abuelo del ganadero de Aguas Vivas, don Jaime Vélez Piñeres. La capacidad de la legendaria plaza era de 4.000 espectadores y tenía el atractivo de ser acabada totalmente en madera. Fue inaugurada el 17 de mayo de 1930 por el torero Bernardo Muñoz «Carnicerito» y por el mexicano José Ramírez «Gaonita».
Por La Serrezuela pasaron grandes toreros: José Roger «Valencia II», Cayetano Ordóñez «Niño de la Palma», Domingo Ortega, Félix Rodríguez y el popular Pinturero inmortalizado por Enrique Grau en un gran tríptico que aún se puede ver en el Museo de Arte Moderno de Cartagena. Esta histórica plaza fue descuidada por los descendientes de sus propietarios, por la administración de nuestra ciudad y por el gobierno de nuestro país para terminar convertida en otro arrume de tenderetes sin pena ni gloria. Lea: La Serrezuela: toros, boxeo y una tragedia
En la corrida estuvo el presidente de la República y se lidiaron toros de Vistahermosa para los diestros Joselillo de Colombia (empresario y pionero de la plaza), Francisco Ruiz Miguel y Antonio José Galán. “Esta monumental, con todas las comodidades, magníficos corrales, amplio patio de caballos y cuadrillas, es la única en el mundo con doble callejón, uno para invitados especiales, gente de prensa y radio, y otro exclusivamente para toreros y cuadrillas”.
El gran Alberto Borda Martelo llevó los destinos de la plaza y organizó la Feria de Cartagena, en la que los mejores diestros, como «El Niño de la Capea», Palomo Linares, José Antonio Campuzano, Pepe Cáceres, «El Cali», «El Puno», Dámaso González, José Ortega Cano, «Gitanillo de América», y el gran César Rincón han dejado lo mejor de su arte y sapiencia torera.
En Cartagena del Caribe somos tan taurinos como amantes del mar. La tauromaquia hace parte de nuestra identidad y de nuestra historia. Por eso no tiene sentido destinar nuestra emblemática Plaza de Toros a espectáculos de otra naturaleza. Porque no fue construida para ello y hacerlo implicaría un atentado contra la norma y contra nuestra exquisita tradición. Alertamos sobre ello al nuevo alcalde y llamamos la atención de los cartageneros taurinos para que defendamos nuestra plaza. Para que volvamos a hacer la Feria de Cartagena y no tengamos que viajar a otras ciudades, ni otros continentes, para disfrutar del arte mayor, llamado “Poesía en movimiento” por el poeta y ensayista Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura. Lea: Tras anuncios sobre Plaza de Toros, taurinos piden reunión con la Alcaldía

Por otra parte, una administración distrital carente de carácter e identidad, desorientada por figurines de la comedia y la política cundiboyacense, quiere acabar con los muy cartageneros coches tirados a caballo porque le parece que atentan contra estos animales. Señor Turbay, ¿sabe que en el centro de nuestra ciudad hay un lugar llamado Plaza de los Coches? Le cuento. En el siglo XVI fue conocida como «Plaza del Juez», porque, según la tradición, el licenciado don Francisco de Santa Cruz vivió en la casa de la esquina de la plaza. Para finales de ese siglo los mercaderes se instalaron en un costado de la plaza y por ello la nombramos «de Los Mercaderes». Décadas más tarde se autorizó la venta de yerbas en un rincón de la plaza, por lo que comenzamos a llamarla «Plaza de Yerba». A finales del XIX, la Alcaldía autorizó a los cocheros a estacionar sus caballerías en un costado de la plaza, entonces los cartageneros pasamos a llamarla «Plaza de los Coches».

Pretender quitarles los caballos a los coches es tan absurdo y antinatural como pretender quitarle las olas a la mar. El sonido de los cascos hace parte de la poética de nuestro Centro Histórico. Encárguese de fortalecer la Asociación de Cocheros, cuidar la alimentación y salud de los caballos. Propóngales usar dos ejemplares por cada coche y mejorar las condiciones de estos nobles animales que contribuyen, como los toros, a la felicidad de los humanos. Tan en vía de extinción como ellos.

