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Vivieron un secuestro en su propia casa y lograron sobrevivir: su historia

Una noche que parecía interminable marcó mi vida y la de mi familia. El paraíso donde crecí tan feliz se convirtió en cuna del miedo.

Vivieron un secuestro en su propia casa y lograron sobrevivir: su historia

La casa de la colina fue un lugar lleno de alegrías, pero también de horas amargas que marcaron la memoria una familia. // Foto: Ilustración con IA

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Una cosa es llamar al diablo y otra es verlo llegar. Esa noche lo vi llegar y sentarse cómodamente en mi casa. Quizás, en ese momento, estaba cursando el séptimo semestre de Comunicación Social en la Universidad Santa María, una hermosa casa de estudio junto al famoso barrio Petare de Caracas, donde el frío y la neblina no fallan.

Recuerdo que aquella noche estaba terminando un ensayo para una de las asignaturas. Como un sueño, o mejor dicho, una pesadilla, mi puño sostenía el lapicero para colocar el punto final del trabajo cuando, como un presagio, giré mi cabeza para mirar hacia la puerta de mi habitación y, en ese preciso instante, vi entrar a dos hombres con las caras medianamente tapadas, con armas largas en las manos y apuntándome mientras susurraban: ¡Shhhh! No hagas nada, no grites y colabora.

En ese momento de mi vida todo se paralizó; parecía que el tiempo no pasaba y, si lo hacía, era tan lento que no se sentía.—¡Dame la clave del celular! —dijo uno de los encapuchados mientras me apuntaba con el arma.—¡No sé! —le respondí mientras sentía que perdía mi capacidad de hablar o moverme, con los nervios en su punto más álgido.—¡Dame la clave! —insistió aquel hombre de aspecto tan joven que supongo no pasaba de los 20 años.

La siguiente maniobra de los delincuentes fue tomar mi propia blusa y colocarla sobre mi cabeza para quitarme la visibilidad. Luego me levantaron de mi cama y me hicieron bajar las escaleras al primer piso de la casa, que hasta ese momento era nuestro lugar más seguro.

Una pequeña abertura de la camisa me permitía ver una mínima parte del suelo frente a mí mientras pisaba los escalones, la misma que fue suficiente para ver los pies de mis familiares, inamovibles, casi frente a mí. “Los mataron”, fue mi primer pensamiento al notar que no se movían ni tampoco había algún ruido o palabra que lo contradijera.

A la fuerza fui arrodillada frente a mi madre, padre y hermana. Allí pude recobrar la visión y, al mismo tiempo, el aliento: estaban vivos, mirándome, pero amordazados y amarrados de las manos.

Mhía, mi pequeña sobrina de un año, estaba en su habitación llorando; desde su cuna sentía la ausencia de su madre.

Mi papá, un hombre valiente y “con los pantalones bien puestos”, trataba de mediar con aquellos hombres, que en total serían como seis, si la memoria no me falla, para que nos dejaran en paz.—Llévense todo lo que quieran, pero déjennos con vida —decía papá.

Los tipos tenían hambre, porque esa noche se comieron nuestra cena. Metieron en nuestros propios bolsos todos los equipos tecnológicos, ropa, zapatos, cuadros, electrodomésticos y ni la ropa interior se salvó. La despensa quedó vacía. Le puede interesar: Ensayo sobre la locura y tres citas con ella

Ilustración de la crónica de un secuestro. // Foto: generada con IA
Ilustración de la crónica de un secuestro. // Foto: generada con IA

La memoria de una noche interminable

Los muebles y el piso estaban llenos de barro. Sí, porque llegaron a casa por el monte. Nuestra casa estaba en la punta de una colina; de hecho, se llamaba “Colinas del Lechozal”, una zona rural de un municipio de Venezuela donde en las mañanas se escuchaba el sonido de los pájaros y por las noches, los grillos.

Mi hermana y yo solíamos cortar las largas hojas de la mata de plátano y lanzarnos a toda velocidad por el inmenso terreno inclinado que había detrás de la casa. Nuestro hogar era hermoso, de verdad, y digo “era” porque años más tarde el hampa nos obligó, básicamente, a venderla a bajo precio y mudarnos de allí.

Volviendo al tema del robo, no sé si aquel duro episodio duró 10, 20 minutos o una hora; yo lo sentí eterno.—Vamos a matarlos —decía uno, a lo que el otro le respondía:—No, tú eres loco, vamos a amarrarlos y nos vamos.—Vamos a matarlos —volvía y le replicaba el secuaz.

Mientras tanto, nosotros veíamos aquella disputa por nuestras propias vidas y orábamos sin cesar en la mente, pidiéndole a Dios un milagro.

Después de poner la casa “patas arriba” tras el saqueo, decidieron marcharse, no sin antes meternos a un cuarto para tener tiempo de escapar sin que pudiéramos evitarlo. Y es que, igual, ¿cómo lo haríamos? Estábamos presos y sin poder movernos. Le recomendamos: El Jian: amar en tiempos de ego y desconexión moderna

Sobrevivir para contarlo

Minutos antes de que acabara aquella locura, uno de los jóvenes, de cabello color azabache, alto, tez oscura y delgado, me pidió acostarme en la cama y no hablar, mientras me apuntaba con una escopeta. Lo hice, no tenía opción.

Pasó su mano sobre mi pierna y, en ese mismo instante, repliqué:—Por favor, no lo hagas.

Me quedó mirando; se notaba el miedo y, al mismo tiempo, la frialdad en sus ojos. Y en ese momento, el sonido de varios disparos —o el “milagro”— llegó.

“Mi papá”, pensé. “Lo mataron”, porque a él se lo habían llevado a su cuarto en busca de una famosa caja fuerte que nunca ha existido, pero que, según les dijeron, estaba allí.

Un vecino, quien era militar retirado, había disparado al aire cuando notó que algo en la casa no se veía bien. Esto hizo que los malandros se fueran sin que apenas pudiéramos aterrizar en la realidad.

Fueron tantas emociones las que sentí durante ese evento que, todavía, al pensarlo, se me revuelve el estómago.

Fuimos, mi familia y yo, unas víctimas más entre miles de personas que sufren a diario este flagelo en todo el mundo. De aquellos jóvenes no supe más nada, pero de nosotros sí sé que más nunca fuimos iguales.

De vivir esta historia pasé a escribir similares en mi día a día como periodista, y en mi familia quedó un legado imborrable: el mañana es hoy, la paz no tiene precio y juntos somos más fuertes.

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