Carlos Manrique desafió la muerte en la soledad de su casa de palmas. Aunque perdió la batalla, fue incapaz de negarle una buena parranda a sus compañeros de batalla.
El Mago Hernández, Pitu Aguirre, Eligio Arrieta y el Mono López llegaron a la casa de su amigo con la ilusión de beber y cantar, pero al pasar la puerta, el espanto se apoderó de ellos. Ahí, donde lo dejaron, en la soledad de su casa, estaba su frío cuerpo. Horrorizados, emprendieron la búsqueda de cada excentricidad que había pedido en aquella inolvidable parranda en Plato, Magdalena. Lea aquí: Una mañana solitaria en el Parque Centenario
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Eran cuatro amigos sin ímpetu, con una pala y un ramo de flores que el Mono se había encontrado por ahí. Entre todos se acabaron diez panchitas de ron Popular y chirrinche. Como buenos empedernidos bebedores, las botellas viajaban de mano en mano, esperando que el líquido les diera valor para enterrar, bajo la tenue luna, al responsable de su amistad. Lea aquí: Olga y Sandy, dos magangueleñas altamente creativas para comunicar
Entre todos se acabaron diez panchitas de ron Popular y chirrinche. Como buenos empedernidos bebedores, las botellas viajaban de mano en mano, esperando que el líquido les diera vida para enterrar, bajo la tenue luna, al responsable de su amistad.
El Mago ponía los versos. Aguirre, el veterano corpulento, manejaba la pala a la perfección, y los otros dos repartían el trago. Si iba Eligio traía Popular. Si iba el Mono, chirrinche. Lea aquí: La enóloga Ana Barron habla sobre el placer de hacer y tomar un buen vino
―¡Nojoda, este trabajo es de animales! Manri, espero que tu alma quede tranquila, porque el sacrificio ha sido grande ―se quejó Aguirre, dándole palmadas al ataúd.
―Mago, cántate ‘La Tacamochera’ para coger fuerzas, porque ustedes no sirven para más na’.
―Eche, tú sí que te quejas. Dame un trago para calentar la voz, que a secas no se puede.
La popular voz de Hernández protagoniza el momento y salen de su boca los versos que escribió a orillas del río: “Hay una Tacamochera que me dice adiós cuando paso en la lancha. Acuérdate que ni Dios quiera, que no hay un marino que lleve en su ancla”.
El cantar del Mago bailaba con las sombras de los árboles y despistaba a los vecinos del triste acontecimiento. Carlos Manrique descendía a la oscura habitación del cementerio, con dos pesos, media botella de Popular y un poema escrito en un amarillento papel que sus amigos encontraron en el baúl de su casa. Lea aquí: Eliana Solano salta por la libertad de las mujeres de Cartagena y Colombia
Por cada pala de tierra que lo dejaba sin escapatoria, sus amigos le dedicaban las letras del paisano Pacho Rada, mientras el fuerte licor pasaba en seco por sus acostumbradas gargantas y terminaba en los vacíos estómagos.
“Tú decías que se murió, yo no lo quería creer. Qué cipote e’ luto tiene usted, qué cipote luto tengo yo. Ahora pregunto yo, y que usted resolverá, porque si nos morimos los dos, el luto quién lo cargará”.
Nadie recuerda lo que pasó después de la última pala de tierra. El primer canto del gallo espantó el sueño de los amigos, pero a Eligio nada lo sacó de los brazos de Morfeo. Estaba tieso, como momia, sobre la tumba de un tal Marco Antonio Rodríguez. Lea aquí: La metamorfosis de Daniela Ledesma, una cartagenera que trabaja por las mujeres
―Yo no sé cómo la mujer duerme tranquila. Ese hombre parece un muerto. María Eugenia no lo va a dejar salir más ―aseguró el Pitu, entre silenciosas carcajadas.
―Si sabes cómo se pone. Vamos a dejarlo y que se levante con el monóculo, a ver si se le pasaba la pea― propuso el veterano Aguirre.
Los enguayabados emprendieron viaje dejando el cadáver viviente de Eligio, el pudiente, sobre Marco Antonio, el zambranero roto. Lea aquí: La historia de la familia antioqueña que le dice “sí” a Cartagena
***
Ajeno a la aventura del combo borrachín. A dos calles del cementerio, vivía Blas Torres y su mujer. Era una mañana tranquila, ella planchaba la ropa y él se preparaba para salir a trabajar, mientras entonaba los inmortales versos del gaitero sanjuanero Hernando Coba, tratando de espantar a la muerte.
“La muerte me vino a buscar, y yo le dije: hombre, carajo, respeta. Yo tengo cien años, no más… Por ahí por donde viniste regresa”.
―Mija, le mando la mitad de la plata con el ñato que se regresa al pueblo, y mandas al pelao.
Se despidió de su mujer y salió camino al puerto entre chonchos y gallos, atravesando los patios junto a los perros callejeros, tomando atajos para llegar al cementerio. Lea aquí: La historia detrás de la periodista que quiere comprar al Real Cartagena
Sus zapatos se llenaban de barro, y sus herramientas tronaban entre ellas, peleando por algo de espacio. Cuando entró al hospedaje de los muertos, empezó a rezar arduamente para espantar los miedos y espectros que, según él, se lo llevarían al más allá. “Jesús, María y José, que los muertos descansen y las almas perturbadas no se desquiten conmigo”.
A lo lejos, vio la sombra de un hombre, con los codos sobre una tumba alta y las manos sosteniendo su cabeza. Como su vista no era prodigiosa, avanzó entre cánticos, pensando que era una estatua, un capricho de algún paisano con ínfulas de burgués.
Pero, al estar frente a frente, sus ojos querían salirse, su cuerpo no respondía, y un largo alarido dejó a Eligio sin resaca. Lea aquí: Catherine Ricaurte, la cartagenera que vende arte en las redes sociales
—Blas, Blas, Blas. Nojoda, hermano, no dejes tu muerte en mis manos. —Eligio se apartó de la tumba donde renegaba del abandono de sus amigos y corrió hacia el cuerpo inconsciente del cantante de la isla—. Yo que hice una buena obra con mi compadre Manrique y ahora tengo otro muerto por enterrar.
***
Por el cementerio entra todo aquel que, como Blas Torres a las cinco de la mañana, sale directo al muelle.
—Blas Torres, ¿qué te pasó? —Entre cachetadas, Óscar Prieto, el lanchero, se arrima y tira la mochila, desesperado cachetea a su amigo, que rojo regresa en sí.
—Ay, ánimas del purgatorio, ¿qué tienen contra mí? Los muertos me salen. Yo que soy un hombre tranquilo y no me gusta el problema. ¿Qué mal estaré pagando? —se lamenta entre lágrimas, susurrando tres avemarías y tres padrenuestros.
***
Blas Torres no durmió esa noche tratando de recordar a qué muerto le debía. Hizo cuatro rosarios seguidos; era tanto el temor que se le olvidó mandarle a su mujer la mitad del pago del trabajo. Al llegar a casa, encontró a Eligio Arrieta en la mecedora, con las manos en la nuca y silbando a lo lejos. Cuando este lo vio, saltó de alegría y sintió la libertad de quien no tiene ni una gota de sangre en sus manos. Lea aquí: Ansgar Vogt, el alemán que llegó para visibilizar el Caribe en el mundo del cine
—Gran pendejo, pensé que te había dado algo, hasta un cajón te hice para darte santa sepultura. Tengo a mi mujer en vigilia por tu alma y rogando para que apareciera tu cuerpo.