La virgen no va al fandango, pero el fandango sí va a la Virgen. Todo ocurre en las faldas del Cerro de La Popa y en el pesebre improvisado que crece en los deslizaderos de las lomas, y más allá, en los barrios del inicio del ascenso del Cerro: Pie de La Popa, El Toril, Nariño, Torices, el Callejón de las Morales, La Loma del Diamante, Lo Amador, entre otros.
Todo ocurre más allá de los 140 metros de altura donde está el altar de la Virgen de la Candelaria sobre una colina, en donde se construyó la capilla y el convento entre 1611 y 1622. La historia de los fandangos en el Cerro de La Popa es tan remota como la celebración religiosa.
Los mulatos llevaban en sus hombros a la Virgen de la Candelaria, conocida también como Virgen Morena, en aquella noche de febrero de 1784, y eran los mismos que iban camino al carnaval. El obispo Joseph Díaz de la Madrid se horrorizó al ver cómo la Virgen, patrona de Cartagena de Indias, salió del altar y, con su misma aureola, entró al patio de baile. Aquella noche no pudo dormir y empezó a escribir una carta al Notario Mayor y Escribano Manuel José Jiménez, con el objeto de hacerle saber al Rey la naturaleza profana de aquellas diversiones.
En su perturbación, el Obispo Díaz de la Madrid escuchó en la noche el golpe desaforado de un tambor llamando a alguien, el sonido triste de una gaita de hueso atravesando la soledad de las hojas, y más allá, en lo más profundo del olvido, el sonido de un caracol convocando a los hijos de la tribu. El Obispo, contrariado por el poder sublevador y catártico de la música, deseó la suspensión de los movimientos frenéticos de los negros y los golpes de tambor, como en aquel lejano 9 de enero de 1573, en que se prohibió por parte del Cabildo que los negros y las negras cantaran, bailaran y tocaran tambores en las calles. Solicitó entonces el Obispo Díaz de la Madrid que las autoridades cerraran la Puerta de la Medialuna, que desde el 2 de febrero propiciaba “muchos desórdenes en la bebida, y cometiéndose muchas otras graves ofensas contra Dios, que causa pudor al verlas”. En casos extremos, el Obispo propuso “que al punto de las Ave Marías se cierre todo el año”, y que las fiestas “alteradas de poco tiempo a esta parte, se reduzcan solamente al sermón y misa que se celebra en la Iglesia de los referidos religiosos”. Contó el Obispo en su carta que en las noches del 2 de febrero, Día de la Purificación, y 3 de febrero, Día de San Blas y Nicolás Longobardo, las mujeres se perdían en la espesura de los montes con sus amantes, vestidas de una manera provocativa. Llevaban “los brazos, piernas y pechos descubiertos”.
Los tres bailes
En la pista había tres bailes, según cuenta el general Joaquín Posada Gutiérrez. El baile de señoras o baile de blancas de Castilla. El baile de pardas o mujeres acaneladas. Y el baile de las negras libres. En cada baile había una banda militar distinta. La banda del Regimiento Fijo para el baile de primera clase. La banda de las Milicias Blancas para el baile de segunda clase. Y la banda de las Milicias Pardas para el baile de tercera clase. Los únicos que podían bailar en los tres bailes eran ciertos señores blancos que se hacían llamar “caballeros”. Los negros solamente podían bailar con sus negras. “Se entiende que eran los hombres y las mujeres de las respectivas clases que ocupaban cierta posición social relativa y que podían vestirse bien, los que concurrían al baile. Terminada la serie, volvían a empezar y así sucesivamente hasta el Día de la Virgen, que concluían las grandes fiestas. Al siguiente se retiraban las familias a la ciudad, en corto número, hasta el domingo de carnestolendas, que regresaban todos a las de Carnaval, que en Cartagena por aquel tiempo competía con el de Venecia”.
La crónica de Posada Gutiérrez se fija en la expresión de los bailantes, en el rigor melancólico de los indios bailando al son de la gaita. “El indio, en todo, hasta en la alegría manifiesta cierta tristeza; el negro se ríe a grandes carcajadas; el indio apenas sonríe; el negro cuando canta, cuando baila, se olvida hasta de la esclavitud; el indio, que casi nunca canta y que cuando lo hace parece que suspira, hasta bailando demuestra que recuerda y echa de menos su antigua salvaje independencia y la libertad de los bosques y en su semblante triste y en su aspecto humilde y en su mirar reservado indica que protesta contra su suerte...”. Cinco años después de aquella perturbación del Obispo Díaz de La Madrid, en 1789, las autoridades de Cartagena tuvieron que controlar las fiestas, decretando quinientos azotes a quien lanzara agua o huevos a los transeúntes de la ciudad amurallada. La medida amenazaba con multas de cincuenta pesos y cárcel para quien se excediera.
Cumbia y fandango
El documento más antiguo que cita Gutiérrez data de febrero de 1693, en que tres negros son capturados por sospecha de insurrección contra las autoridades españoles. Los tres negros, además de participar en la Fiesta de Nuestra Señora de la Candelaria, estaban vinculados al Cabildo de Negros. Uno de ellos, Francisco Joseph, confiesa al teniente que él se juntaba en plena fiesta de La Popa en la casa de Manuel Arará, esclavo de la Compañía de Jesús. Peregrinos del siglo XVIII y el Siglo XXI, ascienden por las faldas del Cerro de La Popa. De esa tradición, se conserva la cumbia como música que cohesiona y convoca a la ciudadanía, la cumbia y la gaita, a través del Festival de la Cumbia, y la tradición gastronómica del Festival del Frito. Florecen las acacias y los ciruelos y el camino de llena de vendedores de varas de caña. El fandango es la apoteosis de la fiesta colectiva. Y en ella se encienden velas que alumbran las noches de la tradición de las Fiestas de la Candelaria.

