comscore
Cultural

Amérfica: la fuerza de nombrar lo nuestro y nuestra identidad

Amérfica, un concepto que reivindica la herencia afroindígena y cuestiona el eurocentrismo, replanteando la historia desde las raíces.

Amérfica: la fuerza de nombrar lo nuestro y nuestra identidad

Manuel Zapata Olivella, médico y antropólogo colombiano. //Foto: Biblioteca Nacional de Colombia.

Compartir

Decir Amérfica hoy es abrir un horizonte. No se trata de una ocurrencia caprichosa, sino de la urgencia de dar un nombre a la trama afro-indígena que atraviesa nuestra historia y que rara vez aparece en los mapas oficiales. La palabra junta dos orillas: África y América, pero no como continentes separados, sino como cuerpos entrelazados por la memoria de la esclavitud, la resistencia y la creación cultural.

El término tiene genealogía. En los 80, la intelectual afrobrasileña Lélia González habló de Amefricanidade y de Améfrica Ladina para mostrar que nuestras identidades no podían seguir entendiéndose bajo los parámetros eurocéntricos. Para González, lo latinoamericano estaba hecho de la mezcla entre pueblos originarios, africanos y europeos, pero siempre con la huella africana en el centro. Ella anticipó los debates contemporáneos sobre racismo, género y decolonialidad.

Adoptar “Amérfica” en castellano es darle continuidad a esa intuición poderosa, hacerlo resonar en nuestra lengua y reconocer que gran parte de lo que somos -en música, danza, religiosidad, literatura- nace de la diáspora africana. No se trata de un simple ajuste fonético, sino de un acto político: un nombre que sacude la geografía mental heredada.

Édouard Glissant, novelista y poeta francés. //Foto: Archivo particular.
Édouard Glissant, novelista y poeta francés. //Foto: Archivo particular.

Una casa común que se llama Amérfica

En Colombia, el escritor Manuel Zapata Olivella erigió en su novela Changó, el gran putas una verdadera catedral narrativa de la diáspora africana. Allí aparece el Muntú, un sujeto colectivo de libertad que une a los pueblos negros de América. Ese universo literario, atravesado por el tambor y la rebelión, es ya una forma de pensar lo que hoy llamamos Amérfica: un territorio cultural que no conoce fronteras nacionales.

Desde el Caribe francófono, Édouard Glissant habló de “poéticas de la relación” y de la “criollización”, procesos que muestran cómo las identidades no son esencias puras, sino mezclas siempre abiertas. “Amérfica” dialoga con esa visión: no pretende fijar un origen único, sino reconocer la fuerza de los cruces y la vitalidad de las mezclas.

Por su parte, el pensador británico Paul Gilroy propuso el concepto de Atlántico Negro para describir cómo la diáspora africana creó un espacio cultural transnacional, con músicas, ideas y luchas que viajaban en barcos, tambores y libros. Amérfica toma ese Atlántico y lo coloca en el corazón de América Latina.

Édouard Glissant, novelista y poeta francés. //Foto: Archivo particular.
Édouard Glissant, novelista y poeta francés. //Foto: Archivo particular.

Voces críticas para tener en cuenta

No obstante, no todos los intelectuales han recibido con entusiasmo esta noción. Algunos sostienen que términos como “Amérfica” corren el riesgo de convertirse en etiquetas simbólicas sin efectos reales. Desde sectores más ligados al latinoamericanismo clásico, se advierte que esta propuesta podría fragmentar aún más un continente que necesita unidad política y no nuevas divisiones conceptuales.

Por ejemplo, ciertas lecturas críticas plantean que la idea de “Amérfica” podría caer en el riesgo de esencializar la identidad afro, es decir, presentarla como un núcleo cerrado y homogéneo, cuando en realidad lo afro es múltiple, diverso y cambiante. Bajo esta mirada, colocar lo afro como el centro exclusivo de la identidad continental podría terminar opacando otras experiencias igualmente fundamentales: la herencia indígena, con sus lenguas y cosmovisiones, y la propia experiencia mestiza, que aunque nacida en la violencia colonial, también constituye una fuente de creación cultural y resistencia. Dicho de otro modo, Amérfica podría interpretarse -si no se maneja con cuidado- como una narrativa que sustituye una hegemonía por otra, desplazando en lugar de dialogar.

Autores como Enrique Dussel o Bolívar Echeverría, aunque no se han referido directamente al término, han insistido más en la construcción de un “proyecto latinoamericano” amplio, donde la categoría central sea lo popular y lo mestizo, más que una reivindicación exclusiva de lo afro. Desde estas miradas, Amérfica podría verse como un gesto parcial, que invisibiliza otras memorias.

Nombrar para resistir

La teoría de la colonialidad del poder de Aníbal Quijano nos recuerda que la modernidad occidental se levantó sobre jerarquías raciales y culturales. Derribar esas jerarquías no solo pasa por la política o la economía, también por el lenguaje. Nombrar de otro modo es pensar de otro modo. En esa línea, Walter Mignolo y Catherine Walsh han defendido que la decolonialidad es, sobre todo, un gesto de desobediencia epistémica.

Decir “Amérfica” es precisamente eso: desobedecer el mapa mental que nos reduce a simples periferias de Occidente. Es reconocer que África no es un anexo de nuestra historia, sino uno de sus cimientos.

¿Para qué sirve la palabra?

Primero, para la educación. Incluir la perspectiva amérfica en los currículos permite que los niños afrodescendientes e indígenas se vean reflejados, y que el resto aprenda a reconocerse en esa diversidad.

Segundo, para la cultura viva. Festivales de música, museos comunitarios, proyectos audiovisuales: todos pueden encontrar en “Amérfica” una marca de identidad que trascienda la lógica folclórica y ponga en valor las resistencias.

Tercero, para los movimientos sociales. Feminismos negros, comunidades indígenas, colectivos juveniles: nombrarse desde “Amérfica” fortalece una alianza política y simbólica que ya existe, pero que necesita una bandera común.

Entronizar es usar

No basta con explicar el término: hay que ponerlo en circulación. Llamar Amérfica a un taller, a un festival, a una red de investigación o a un blog es darle vida. Cada uso rompe la costra de las viejas palabras y abre paso a una nueva forma de narrarnos.

“Amérfica” es, en definitiva, la casa común de quienes fueron arrancados de sus tierras y de quienes resistieron en las nuestras. Es el eco de los tambores, la memoria de las rebeliones, la raíz de las músicas que hoy nos bailan. Decirlo es un acto de justicia, pero también de esperanza: porque lo que nombra se hace presente.

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News