En las calles empedradas de Cartagena de Indias, donde el pasado se respira en cada esquina del Centro Histórico, camina un hombre de una nobleza monumental y una sencillez absoluta. Para muchos es una leyenda viviente de la cultura caribeña, pero él prefiere bajar la mirada hacia los documentos y definirse con una humildad conmovedora: “Debo confesar que no me siento un personaje. Me siento, como alguna vez me dijo nuestro inolvidable Roberto Burgos Cantor, el Archivero del Reino”.
El reino que Moisés Álvarez Marín custodia desde hace casi medio siglo no está hecho de castillos inalcanzables ni de riquezas materiales, sino de algo mucho más vulnerable, invisible y precioso: la memoria histórica de una ciudad que hoy, en medio del júbilo por sus 493 años de fundación, necesita más que nunca recordar quién es.
Fantasmas y mapas de la infancia
Aunque muchos lo consideran más cartagenero que las murallas mismas, Moisés nació y creció bajo el sol de Aracataca, Magdalena. Sin embargo, su destino estaba marcado por el cordón umbilical que lo unía a La Heroica a través de la herencia de su padre, el profesor Hermenegildo Álvarez, a quien recuerda como un “cartagenero de hueso colorado”. Aquel maestro inolvidable habitó la mayor parte de su vida en la tierra de García Márquez, allí fundó y sostuvo durante casi 50 años la Escuela Once de Noviembre, donde se formaron varias generaciones de cataqueros.
Fue precisamente de la mano de su padre que Moisés descubrió el idilio de su vida durante las vacaciones de la infancia. “El impacto que me causó desde la primera vez que mi padre me trajo a conocer a Cartagena fue el misterio que entrañaba una ciudad vieja, como estancada en el tiempo, donde yo podía imaginar los fantasmas de piratas y brujas que escuchaba en sus relatos”, es un recuerdo que aún brilla en su memoria. Lo que comenzó como una fascinación de niño se transformó con los años en su profesión. Tras formarse en España como especialista en museos, esos fantasmas cobraron una realidad de tinta y papel: “Ya después, en el ejercicio de mi oficio, pude ver desfilar esos mismos personajes en los cientos de documentos que han pasado por mis manos, no solo en los archivos de Cartagena, sino en los grandes archivos de España”.
La trinchera del papel y el lienzo
Regresar al país fue asumir una misión que él mismo define como una batalla cotidiana. En 1984, siendo un joven archivero, diseñó y organizó desde los cimientos el Archivo Histórico de Cartagena, una institución que ya cumplió cuarenta años. Preservar la memoria en el Caribe es un acto de fe contra el olvido y el deterioro. “Se lucha, sobre todo, por recuperar la memoria perdida de una ciudad que perdió casi todos sus archivos antiguos y por servir esa memoria a los investigadores que nos traen del pasado nuestras glorias y desventuras sobre lo que somos”, explica con la pasión del enamorado y el rigor del científico.
Desde el año 2000, Moisés dirige el Museo Histórico de Cartagena (Muhca), que está en el Palacio de la Inquisición, una institución que acaba de conmemorar su primer siglo de vida cultural. Bajo su ala protectora han reposado fragmentos sagrados de nuestra identidad, como el Acta de Independencia de 1811, la campana de Pedro Romero, las cartas de Rafael Núñez a Soledad Román, el retrato de Juan José Nieto (primer presidente negro de Colombia) y las partituras de las contradanzas que hicieron feliz a Simón Bolívar.

A pesar de las décadas de labor, la historia le sigue regalando momentos estremecedores. Uno de los más recientes ocurrió en 2024, cuando acompañó al alcalde mayor, Dumek Turbay, y a la doctora Sandra Schmalbach a España. Al visitar el Archivo de Indias en Sevilla, Moisés desenterró un pedazo fundamental de nuestra identidad republicana: “Allí verifiqué una referencia documental que había compilado en mis viajes anteriores y resultó ser un dibujo original de la Bandera Cuadrilonga de Cartagena, adoptada en 1814 por el Congreso de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Es decir, que la de Cartagena fue una de las primeras banderas de nuestra República de Colombia”.
El espejo de la identidad real
Para Moisés, Cartagena no puede reducirse a la postal idílica, colorida y superficial que se le vende al turismo. La ciudad real late en la inclusión y en el reconocimiento de sus raíces.
Con orgullo, evoca un conversatorio sobre la herencia africana en la Institución Educativa Jorge Artel, en la Vía Perimetral, donde compartió mesa con el artista Jhon Narváez y jóvenes historiadores como Karen Victoria Orozco y Roberto Roa, surgidos de las entrañas populares. Ver a una joven mulata regresar de España para enseñar a sus estudiantes a sentirse orgullosos de su legado es, para él, el verdadero sentido de su oficio. “De eso se trata: de una memoria que nos muestre las muchas caras de una ciudad tradicionalmente excluyente”, afirma con profunda convicción humana.
Por eso, insiste en que los ciudadanos habiten sus propios espacios culturales. Al preguntarle por qué los cartageneros deberían visitar más sus propios museos, su respuesta es categórica: “Porque los museos son fuentes inagotables que nos explican el pasado; nos hacen reflexionar sobre nuestro presente y nos estimulan a cimentar el futuro de una ciudad que requiere conocer su memoria para ser incluyente para los cartageneros y cada vez más atractiva para sus visitantes. Los museos son los espejos para mirarnos tal como somos”.
Hoy, mientras La Heroica se prepara para celebrar sus 493 años y se encamina hacia su gran quinto centenario en 2033 -proceso del cual Moisés es asesor-, el historiador sigue firme en su trinchera gracias a “la enorme satisfacción de haber aportado” su oficio al avance del conocimiento sobre la memoria de Cartagena de Indias. Al indagar sobre el futuro y qué le gustaría que dijeran de él dentro de un siglo, su respuesta es un testamento de amor por su territorio: “Nunca me lo había preguntado. Con que dentro de cien años nuestra ciudad haya encontrado la ruta de su equilibrio, a partir del dominio pleno de su memoria, me doy por bien servido”, pero después de pensarlo más también le gustaría que lo recordaran como “un cartagenero nacido en Macondo y un cataquero renacido en Cartagena de Indias”. Mientras tanto, el “Archivero del Reino” se despide dejando una tarea clara para todos: “Seguir buscando, en el espejo de memoria, las razones que impulsen nuestro futuro”.

