Aunque el tiempo avanza y las tradiciones se transforman, hay conversaciones que no deberían perderse jamás. Hablar con los abuelos es una de ellas. Sus anécdotas y consejos terminan siendo el verdadero plato principal de la Nochebuena y los mejores anfitriones para despedir el año. Es un alimento invisible que recarga la energía para enfrentar lo que viene. La conversación que me atrevo a relatar no comenzó con una pregunta, sino con una pausa. De hecho, ni siquiera planeaba que fuera pública; sin embargo, la fluidez de mi abuelita y la forma en que sus recuerdos iban tomando cuerpo me hicieron pensar que aquello no podía quedarse solo en mi memoria. Quise, entonces, dejarlo también plasmado en papel.

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Redacción CulturalMi abuela, Anís Albarracín, acomodó su silla cerca a la puerta, como suele hacerlo, observando el ir y venir del barrio, saludando a quien pasaba. Antes de decir una sola palabra, yo ya sabía que se aproximaba una de mis charlas favoritas. En esa casa de esquina, el tiempo parece comportarse de otra manera. Mientras mi abuela desgrana sus anécdotas, las horas no avanzan, o al menos no para mí, que me pierdo en sus historias y me detengo a reflexionar con cada uno de sus consejos.
Fin de año entre anécdotas
A pocos días de Fin de Año, es inevitable reflexionar sobre lo ocurrido en el año que termina y hacer promesas sobre lo que esperamos del año que comienza. En esos momentos de introspección surgen también conversaciones espontáneas, cargadas de verdades que, aunque todos conocemos, a menudo pasamos por alto. Lea: Yo no olvido el año viejo
“Diciembre ya no huele igual”, dice mi abuela con una gran sonrisa. Para ella, diciembre era un tiempo que se esperaba con el cuerpo. Se anunciaba en los olores, en la radio encendida desde temprano, en las velas que marcaban las horas y en los agüeros hechos más por fe que por certeza. Mientras la escucho, entiendo que antes el futuro se pedía en voz baja casi como un suspiro y en familia; ahora lo gritamos al mundo, y en redes sociales, pero la mayoría de veces estamos solos.
Emocionada, le pregunté qué cree que hay diferente entre la Navidad de antes, cuando ella era niña, y la Navidad de ahora. Con la soltura de quien ha repetido estos recuerdos muchas veces, respondió: “La Navidad antes se sentía en el ambiente, porque antes los niños creían bastante que era el Niño Dios quien les traía los regalos y hoy en día se ha perdido esa tradición. Ese era el momento en que todos se felicitaban y se sentía esa alegría”. Incluso la música, dice, tenía otro peso. “Faltan cinco pa’ las doce, el año va a terminar”, sonaba casi como ahora, pero ya no se huele igual, explica mi abuela. Antes, recuerda, “Cuando llegaba el último día del año todos se felicitaban y se daban los buenos deseos”, no había celulares, así que todos encontraban la forma de mandar su mensaje de Feliz Navidad y Feliz Año. Ya sea caminando de casa en casa o enviando un detalle.
Ahora, hiperconectados, pensar en una Navidad y Nochebuena sin redes sociales, sin likes, historias y mensajes a las 12:00 de la noche parece toda una distopía. La tecnología aparece en esta ecuación como un quiebre inevitable.
“Los niños quieren tecnología, piden celulares, piden aparatos raros”, dice mi abuela al tiempo que deja escapar un suspiro. Lo dice sin reproche, como quien constata un cambio profundo. Y entonces vuelve a la memoria colectiva: “Antes se sentía una alegría entre vecinos, se regalaban comida, se daban cumplidos, los niños salían a sus novenas y siempre estaban pendientes a portarse bien para que el niño Dios les de regalos”.

Mi abuela, o como todos la conocen: “La señora Anita”, deja claro que antes la Navidad y el Fin de Año lo detenía todo. El 31 de diciembre llegaba con sus rituales intactos: las 12 uvas, las lentejas, los agüeros hechos entre risas y esperanza, muchos de los cuales aún sobreviven en mi casa.
Con su sonrisa característica explica que cuando ella tuvo hijos procuró seguir con las costumbres; sin embargo, “El tiempo no viene solo” y cada generación parece tener su propias costumbres y formas de pensar.
Mi abuela recuerda también la escasez sin dramatismo: “Aunque no teníamos la mejor situación, en ese entonces no importaba, los niños no sabían si había plata o no había plata, nosotros escribíamos nuestras cartas y éramos felices el 25 abriendo nuestros regalos. El 31 sí era fiesta pa’ los viejos, los niños desde temprano dormidos”. Y vuelve a lo esencial: “Lo principal eran las reuniones familiares, esa es la época en que los que tenían familia lejos iban o ellos venían, la casa se llenaba y pasaban Navidad y a veces hasta fin de año juntos, era una alegría”. En su casa de niña, el nacimiento, que hoy conocemos como pesebre, era protagonista. “En mi casa ponían un nacimiento grande y el Niño Dios lo poníamos el 25 de diciembre, ese era el mejor momento del año”.
Antes de despedirme, le pido un consejo para los jóvenes que ahora no sabemos qué tradición seguir, para quienes llegan cansados al final del año y para cualquier persona que haya crecido en un hogar sin tradiciones. No duda, se acomoda el cabello y menciona: “Mi consejo para los jóvenes y para todo el mundo es que se tomen todo con alegría. Si en Navidad no hay alegría no es Navidad. No hay que dejar perder la belleza de la Navidad y de Fin de Año, que sigan haciendo las novenas, adornando sus pesebres y les aconsejo que vivan la Navidad como un momento alegre y bonito. Que pidan deseos de Año Nuevo con fe”. Lea: Carta a Santa: un deseo urgente para 2026 y un repaso por el dolor del 2025
Ya casi es año nuevo. Entre recuerdos, uvas y despedidas, queda la certeza de que aún hay esperanza de algún día sentarnos frente a nuestros nietos y relatarles momentos así. Quizá el verdadero propósito para el 2026 sea volver a mirar a quienes tenemos al frente, desconectar un poco, sentarnos a escuchar y decidir —con toda la intención— cómo queremos vivir los próximos diciembres y cómo queremos recibir los años que nos quedan.
