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Cultural

La historia de las mujeres de Mampuján: el Arte de bordar con lágrimas

Los primeros bordados de las mujeres de Mampuján se hicieron entre lágrimas, como un acto de coraje y resiliencia.

La historia de las mujeres de Mampuján:  el Arte de bordar con lágrimas

La historia de las mujeres de Mampuján: el Arte de bordar con lágrimas. //Foto: archivo- El Universal.

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Esta aguja nos sacó del laberinto de la muerte”, dice mientras borda. La abuela se encerró en su cuarto a tejer sus propias lágrimas. Cada vez que llega el 10 de marzo se acuerda de la masacre en Mampuján. Fue en el año 2000. Los paramilitares asesinaron allí en su pueblo, a más de un centenar de campesinos y más de 245 familias campesinas tuvieron que abandonar el pueblo. En ese éxodo hacia Marialabaja, salieron de Mampuján 1.081 personas. Cuando ya creían que habían vivido su propio apocalipsis volvía la pesadilla de nuevos exterminios. Los paramilitares asesinaron en 42 masacres, a 354 campesinos en los Montes de María, entre 1999 a 2001.

La abuela Micaela dice que los emisarios del cielo alcanzaron a escuchar su voz, cuando se arrodilló a pedirle a Dios, un camino para salir del infierno impuesto por los bárbaros.

Tejer fue la alternativa para resistir y salir de la oscuridad. Eso mismo hicieron el resto de mujeres. Cada una se consagró a bordar y bordar para resistir al duelo gigantesco de las ausencias. Y encarar al fantasma de la muerte. Abuela tejía lo que le habían arrebatado. La felicidad de los amaneceres con sus heliconias y rosas. Los amaneceres con la neblina que bajaba de las colinas y los cerros. En uno de sus bordados más difíciles hizo el rostro de sus hijos torturados y asesinados en la masacre, y el rostro del abuelo Rosendo riéndose al recoger la cosecha de maíz. Las lágrimas le impedían culminar el bordado de esos rostros sonreídos de sus hijos y de su esposo, a los que les arrebataron la vida. Lea: “El arte nos une”: la gala benéfica del Museo de Arte Moderno de Cartagena

Las Mujeres de Mampuján han forjado su propio museo con sus tejidos resilientes y artísticos. //Foto: archivo El Universal.
Las Mujeres de Mampuján han forjado su propio museo con sus tejidos resilientes y artísticos. //Foto: archivo El Universal.

Las vecinas que sobrevivieron a la masacre le llevaron a abuela unos bastones del emperador y unas rosas para su jardín. Después de tantos años de lágrimas, abuela intentó dibujar una leve sonrisa en su rostro. La guerra había socavado el encanto por sus polleras de colores que usaba para bailar en los fandangos, y la flor roja de coral que se ponía en el cabello. Todo lo festivo y carnavalesco en el pueblo había sido socavado por el régimen de terror y horror de los escuadrones de la muerte que usaban la música de los tambores, las gaitas y los acordeones, a todo volumen, para sus operaciones sanguinarias en la región, y la música invadía todo cuando empezaban los descuartizamientos de la población civil, estigmatizaba de participar secretamente en alguno de los bandos del conflicto armado. El estigma se generalizó en todos los pueblos en donde había grupos armados. La razón de todos los emisarios de la muerte no era otra que apoderarse de la tierra de los campesinos.

Abuela Micaela es una de las 1.698 mujeres que regresaron a ese pedazo de cielo, como ella llama a su parcela, luego del largo y tormentoso proceso de restitución de tierras. Abuela Micaela se quedó muda después de la masacre de Mampuján, en la que le mataron a su esposo, y dos de sus hijos. A Abuela Micaela le mataron aquel día sus sueños de erigir una casa grande para toda la familia. De tanto llorar se le han secado la cuenca de sus ojos grises. Y la madera de ébano de su cuerpo que era ágil para bailar el bullerengue a su edad, se ha ido desgastando con tantos duelos. Y se ha sumergido en un silencio oscuro, desencantado, en una habitación con la ventana cerrada. Lea: Desde El Carmen de Bolívar, Nadir Figueroa transforma Barranquilla con su arte

Abuela quiere estar allí, sin encender la luz, aferrada a sus recuerdos en la oscuridad. Se le reventaron siete rosarios de tanto rezar con desespero en las madrugadas. Ahora solo teje. Abuela cree que cuando termine de tejer, el mundo se oscurecerá y los pájaros dejarán de cantar. Entonces empezó a tejer y a tejer, convencida de que si dejaba de hacerlo se sumergiría en una oscuridad absoluta y en un desamparo existencial. Los colores de sus bordados le devolvieron algo de su antigua y escamoteada felicidad de estar viva.

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