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Cultural

Jorge García Usta: la ética de la palabra a dos décadas de su muerte

El mundo editorial valora hoy las escrituras híbridas. Jorge García Usta las practicó antes de que fueran tendencia, por convicción, no por estrategia.

Jorge García Usta:  la ética de la palabra a dos décadas de su muerte

Jorge García Usta. // Archivo EU

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I. La escritura como responsabilidad

La muerte de Jorge García Usta, el 25 de diciembre de 2005, dejó un vacío profundo en la vida cultural de la ciudad y convirtió esa fecha en algo más que una conmemoración. Para quienes tuvieron el privilegio de su amistad y compartieron su pensamiento, el aniversario se ha vuelto un momento de reflexión, en el que el recuerdo personal abre preguntas sobre la ética de la escritura y su compromiso con lo social. Su legado no permanece solo en la memoria afectiva, sino como una presencia activa que, año tras año, nos obliga a preguntarnos qué significa escribir con responsabilidad en un mundo que ha perdido algunas de sus voces más lúcidas.

Jorge García Usta. // Imagen de archivo de El Universal - Cortesía
Jorge García Usta. // Imagen de archivo de El Universal - Cortesía

Jorge García Usta no concebía la literatura como un ejercicio ornamental ni como una carrera por la visibilidad. Para él, escribir era un acto de conciencia, una forma de responder ante la historia, el lenguaje y el territorio. Esa ética atraviesa toda su obra —poesía, cuento, ensayo, crónica, periodismo de opinión, e incluso una novela inconclusa—, pero se manifiesta con especial claridad en la manera como iniciaba sus textos. Allí donde muchos escritores buscan el impacto inmediato, Jorge buscaba el tono justo. Allí donde otros apresuran el paso, él detenía el tiempo.

Siempre creyó que la literatura ofrece una mirada singular sobre la realidad y revela aspectos de la experiencia humana que no han sido registrados ni explicados por la historiografía. Mientras la historia se centra en hechos, fechas y procesos verificables, la literatura da voz a emociones, subjetividades y vivencias cotidianas que suelen quedar al margen de los relatos oficiales. Historias ocultas o encubiertas que, tarde o temprano, emergen para ser contadas.

Jorge García Usta. // Imagen de archivo de El Universal - Cortesía
Jorge García Usta. // Imagen de archivo de El Universal - Cortesía

A través de la ficción, los testimonios y los símbolos, la literatura permite comprender cómo sintieron y pensaron las personas en determinados contextos históricos, aportando así una dimensión más profunda y compleja de la realidad que no siempre aparece en los discursos históricos tradicionales.

II. El comienzo como umbral

Comenzar un texto, en García Usta, no era una simple decisión técnica. Era fundar una mirada. Por eso sus primeras líneas no funcionan como anzuelos, sino como umbrales. No se entra a sus crónicas como quien atraviesa una puerta abierta de par en par; se entra como quien cruza un espacio que exige respeto, atención y lentitud. Desde el primer párrafo queda claro que el lector no será conducido por la mano, sino invitado a pensar. Escribe en Héroes de invierno: “Con el tiempo, lo único que revela mejor la edad del hombre es su actitud hacia la lluvia. O mejor, hacia los aguaceros, esa forma cotidiana y manoseable, cuando no temible, de la lluvia”.

En los libros impresos —leídos con la calma que él mismo defendía— los inicios cumplen una función decisiva: crean una atmósfera mental antes que una escena narrativa. Jorge entendía que la realidad no se explica sola, que los hechos, despojados de contexto, son apenas ruido. Por eso comenzaba muchas veces desde una idea, una tensión cultural, una pregunta implícita. No decía “esto ocurrió”, sino “esto significa”. Esa inversión del orden clásico revela su concepción profunda de la crónica como un género de pensamiento. Basta revisar textos periodísticos como Seguís siendo grande, Dieguito; El Pibe, la venganza del bacán; o textos ya proverbiales como Teoría leve del cucayo e Instrucciones para mejorar a los enemigos, donde dice: “Un enemigo no tiene por qué haberlo querido a uno, antes de odiarlo; la enemistad no es necesariamente la desembocadura de un proceso intenso. Por el contrario, la mayor parte de las enemistades pueden tener razones incomprensibles, pequeñas, o fortuitas, pero se quedan para siempre en el corazón humano. Así de simple, así de grave, puede ser la vida”.

Jorge encontraba luz en asuntos aparentemente anodinos: en el cucayo, en la destreza de un hombre al despostar carne, o en un bailador de champeta recortado en el horizonte de las casetas.

Hablaba con ímpetu de Jorge Ibargüengoitia, con quien quizá tuvo cierta unción estilística, pero también de Roberto Fontanarrosa, Manuel Vásquez Montalván, Severo Sarduy, Juan Boch, Manuel Mujica Láinez, Rodolfo Walsh y Manuel Puig. Fuimos testigos de sus hallazgos sobre Héctor Rojas y Gabriel García Márquez.

III. Escritura temprana, vigencia plena

Conviene recordar que los textos que hoy, veinte años después de su muerte, se citan y celebran fueron escritos por un hombre que tenía entre 34 y 35 años. Entre 1995 y 1996, en su columna La raya en el agua, dejó algunas de las piezas periodísticas más lúcidas y memorables que se escribieron entonces en toda la región.

A dos décadas de su muerte, resulta especialmente visible la vigencia de lo que él entendía por escritura. El mundo editorial y académico concede hoy mayor relieve a textos que ya no se dejan encasillar: escrituras híbridas que son, al mismo tiempo, literatura, reflexión social y crónica de la realidad. Jorge García Usta practicó esa forma cuando aún no era consigna ni tendencia. La ejerció por convicción, no por estrategia.

Cuando Norman Sims publicó Los periodistas literarios o el arte del reportaje personal (1996), Jorge ya estaba aplicando ese método a sus textos. Hoy, en Estados Unidos y en el panorama global, el periodismo narrativo y la ficción atraviesan un momento de convergencia y renovación. El primero apuesta por crónicas de largo aliento que combinan investigación rigurosa y recursos literarios; la ficción dialoga con la memoria, la identidad y los conflictos contemporáneos. Guardando las distancias tecnológicas y temporales, Jorge ya hacía todo eso.

Su “yo” narrador se mueve deliberadamente en una zona de ambigüedad entre la ficción y la no ficción, como pasa en Elogio del comedor de uñas:“Los comedores de uña no han sido sometidos, todavía, a campañas sistemáticas de cerco o de aniquilamiento como los fumadores, pero tampoco gozan del insidioso prestigio de estos (…)”.

Otro rasgo fundamental es su relación con el “yo”. El narrador rara vez se impone. Cuando aparece, lo hace como instrumento de observación, no como protagonista. Jorge entendía que el mundo era siempre más importante que el escritor, y que la tarea del cronista consistía en escuchar, interpretar y contextualizar.

Lo vemos también aquí: “Quien come cucayo está comiendo una especie de bagazo fiestero, que sólo puede entregar -y aceptar- el espíritu del trópico porque emana directamente de una relación singular con la naturaleza. El hombre prensando siempre en fundirse, sin reparos ni prejuicios, con la propia tierra, con la autenticidad probable de sus orígenes”. (Teoría leve del cucayo).

También lo plasma en Digresión (dolorosa) sobre consultorios médicos: “…lo más grave no era la indiferencia degradante ni la sequedad semipatológica del remotísimo tataranieto de Galeno sino el consultorio. Lleno de una luz sin pausa, hiriente.”

IV. Cultura popular y migración

Una de las operaciones más lúcidas de su escritura fue el uso de la autoficción y la autoteoría. Textos como La música jíbara, belleza superior, Lavoe, antídoto para el fin de año o Globalización del ñame musical lo confirman. Ese “yo” no ofrece verdades cerradas: se construye como identidad narrativa donde la memoria es inestable y la experiencia se reescribe.

Por ello, cuando aborda el tema de la migración árabe al Caribe colombiano, lo hace desde la poesía. Hubiera sido natural escribir un libro de historia, pero era poeta y lo hizo desde esa condición en El reino errante: poemas de la migración y el mundo árabes (1991).

El reino… ha sido leído, con razón, dentro de la tradición del Mahyar, esa literatura nacida del desarraigo y la emigración árabe. En García Usta esa filiación no funciona como etiqueta erudita, sino como una memoria en tránsito. Lo árabe no aparece como origen fijo, sino como desplazamiento, como lengua que se transforma al tocar el Caribe.

Más que inscribirse en una tradición, el libro la desplaza: convierte la migración en experiencia poética y la identidad en pregunta abierta. Así, la presencia árabe en Colombia deja de ser una nota marginal de la historia para convertirse en materia sensible, dicha desde la poesía y no desde el archivo.

V. Pensar el Caribe

El Caribe que emerge en sus textos no es decorado ni postal. Es una experiencia histórica compleja, atravesada por migraciones, herencias culturales superpuestas y silencios prolongados. Jorge no describía el Caribe: lo pensaba. Y al pensarlo, lo despojaba del folclor complaciente para devolverle su densidad.

En Diez juglares en su patio (1991), en coautoría con Alberto Salcedo, García Usta muestra que los creadores de la cultura popular —muchas veces no letrados— tenían una ventaja decisiva frente a la intelectualidad de mediados del siglo XX: hablaban desde la experiencia directa, desde el cuerpo y el territorio, mientras los intelectuales poetizaban con desiertos de Arabia. De ahí títulos como Landeros, el rey de la cumbia, Toño Fernández: un hombre que era más que todo el mundo, Clímaco Sarmiento: la muerte del primer guerrero y Ciro Barón: el último decimero, todos estos textos restituyen la estatura histórica y simbólica del sujeto popular.

VI. La lentitud como ética

En cada uno de sus inicios —poemas, crónicas o reportajes— se reconoce a un escritor para quien la escritura es el resultado de un pensamiento previo, no de la improvisación. La ausencia de vértigo revela un diálogo consciente con la tradición: el ensayo latinoamericano, la crónica clásica, la poesía como forma de conocimiento, una literatura caribeña asumida sin provincialismos. Incluso cuando aborda lo local, el texto se sostiene sobre una arquitectura invisible de ideas.

En sus textos periodísticos, Jorge García Usta hizo algo que hoy reconocemos con mayor claridad: escribió crónica y poesía al mismo tiempo. No alternó géneros; los fundió. La información nunca estuvo desnuda de pensamiento y la belleza nunca se desligó del contexto social.

Su poesía —presente incluso en la prosa— nunca confundió lirismo con exceso. Prefirió la precisión, los silencios bien colocados, una sintaxis que confía más en la claridad profunda que en el brillo superficial.

No abordamos aquí sus facetas como rescatador y difusor de la obra de escritores fundamentales, ni el decisivo aporte que hizo a las Fiestas del 11 de Noviembre y al Festival de Cine, ni su insistente y casi obstinada labor de llevar el cine a las barriadas, donde entendía que también habitaba —y debía formarse— el verdadero público.

VII. Leer con respeto

Los textos de Jorge García Usta no se dejan leer con rapidez ni complacencia. Reclaman un lector atento, dispuesto a demorarse en el ritmo de la frase, en las capas de sentido y en la exigencia ética que atraviesa cada línea. Volver a ellos supone asumir la lentitud como forma de respeto y de comprensión, un gesto casi contracultural en tiempos de lectura apresurada.

Recordarlo cada 25 de diciembre no es un acto de nostalgia, sino de gratitud. Gratitud por una obra fiel a sí misma, por una ética de la escritura que no se negoció, por una manera de comenzar que nos enseñó que escribir no es empezar a hablar, sino decidir desde dónde mirar. En esa decisión —lenta, responsable, profundamente humana— reside la verdadera profundidad de Jorge García Usta.

Juan Carlos Cerón, Jorge García Usta y Juan Carlos Guardela en los premios Pegaso de Oro, 1997.// Cortesía
Juan Carlos Cerón, Jorge García Usta y Juan Carlos Guardela en los premios Pegaso de Oro, 1997.// Cortesía
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