Un día de 2003, preparado -como era mi costumbre- para dictar una clase a los estudiantes de pregrado de la Facultad de Medicina, y en medio de la incertidumbre provocada por el cierre del Hospital Universitario, donde funcionaba el Servicio de Otorrinolaringología, sufrí una gran frustración. A pesar de la mística y el entusiasmo que siempre me produjo la docencia, no pude dictar aquella clase: los estudiantes entraron en cese de actividades.
La enseñanza en el programa de Otorrinolaringología se impartía antes del internado, tanto a estudiantes de pregrado como a médicos residentes de la especialidad. Trabajábamos con alumnos ya formados en ciencias básicas y clínicas, y la actividad académica era prácticamente diaria, con numerosos asistentes.
Ese mismo año tuve la posibilidad de acogerme al programa de jubilación en transición, una decisión importante en mi vida personal por los beneficios que implicaba. Así lo hice y me despedí para siempre de la docencia, con la nostalgia dolorosa de no haber podido dictar mi última clase.
Recuerdo a mi madre contándome, cuando era niño, cómo mi abuelo -su padre- ejerció toda su vida como educador, transmitiendo conocimientos a muchos jóvenes de la región. Ella, de manera empírica, también asumió esa vocación enseñando a los hijos de los trabajadores de la Hacienda Nuevo Oriente, una finca familiar en San Marcos, Sucre. Con cariño alfabetizaba a niños que no tenían medios para desplazarse hasta una escuela.
Me formé como médico general en Salamanca, España. Luego regresé a Cartagena de Indias para cumplir el Año Rural, requisito indispensable para iniciar una especialidad. Al terminarlo, la Universidad de Cartagena abrió convocatoria para distintos posgrados, entre ellos Otorrinolaringología. Participé en el concurso y, entre 33 aspirantes, escogieron a tres. Fui uno de los afortunados.
Paradójicamente, durante la entrevista de ingreso afirmé que no tenía interés en convertirme en docente de la Facultad de Medicina. Mi meta estaba enfocada en el ejercicio particular de la profesión. Sin embargo, al terminar mis estudios y graduarme como otorrinolaringólogo, fui llamado por las directivas de la Universidad de Cartagena para desempeñarme como secretario académico y profesor de la facultad. Acepté el reto. Con el tiempo ocupé distintos cargos administrativos, hasta llegar a ser decano, y terminé convirtiéndome en educador de innumerables estudiantes de medicina y especialistas en Otorrinolaringología.
El emotivo relato de un docente sobre su última clase
El 22 de mayo de 2013, diez años después de mi retiro de la Facultad de Medicina, mi hija Gilma me pidió dictar una clase a un grupo de estudiantes de pre-kínder del Colegio Jorge Washington, quienes preparaban un proyecto sobre salud y habían escogido como tema el oído.
La cita ocurrió pocos días después. Preparé aquella clase con la misma mística y dedicación que durante toda mi vida ofrecí a estudiantes de pregrado y posgrado de medicina. Solo había una diferencia: esta vez mis alumnos tenían entre cuatro y cinco años. El empeño, entonces, fue aún mayor.

Puedo afirmar, sin ánimo de exagerar, que Dios me permitió dictar mi última y mejor clase. Y más aún: me regaló los mejores alumnos que pude tener como educador. No hubo distracciones, todos participaron y, por momentos, sentí que estaba entre colegas.
No pude acompañarlos a la exposición final del proyecto porque debía entrar a cirugía. Aun así, estoy seguro de algo: los estudiantes superaron al profesor.

