El sábado 17 y el domingo 18 de enero de 2026 fueron días para callar, observar y replantear conceptos y posturas. Se trató de volver lo popular, lo barrial y lo racial en algo apetecido, deseado y legitimado.

La noche del 17, bajo la luna de Barranquilla, Michelle Char Fernández, reina del Carnaval 2026, se presentó ante su ciudad no solo para ordenar, decretar y mandar, sino para demostrar por qué, desde lo artístico, fue elegida como el rostro principal de una de las festividades más importantes del Caribe colombiano. Lo vi por televisión y fue, sin duda, un homenaje a lo afro, a las Antillas y al territorio, sin caer en la exageración: una representación limpia, elegante y entretenida.
Pero seguía siendo ella: una mujer blanca, descendiente de una de las familias más poderosas del Atlántico. Situada en la tarima, bajo reflectores y cámaras, visibilizó una cultura que puede amar con locura, pero que difícilmente puede comprender en toda su profundidad. Y es que esos ritmos que invitan al jolgorio, al movimiento del cuerpo y a la celebración tienen una raíz marcada por el sufrimiento, la escasez, la prohibición y la violencia. Muchos de estos bailes nacieron de la esclavitud, del control y de la resistencia. El color de piel, la textura del cabello y el lugar de nacimiento siguen siendo, aún hoy, motivos de segregación, exclusión y racismo.
El domingo 18 de enero viví, por primera vez, la experiencia del béisbol en vivo y en directo, en el estadio Once de Noviembre de Cartagena de Indias. Era la final de la Liga Profesional Colombiana y se enfrentaban Tigres, los locales, contra el equipo más galardonado del torneo: Caimanes de Barranquilla.

La sensación fue distinta. Allí estaba rodeada de personas que conocen la salsa, la champeta, el bullerengue y la cumbia como experiencias culturales y comunicacionales; personas que habitan lo público y que salen a votar, muchas veces, más por necesidad que por convicción. No había rechazo de clases, razas o etnias. Pertenecíamos. Esa es una sensación que solo se experimenta cuando el deporte envuelve, porque en esos campos sagrados todo se suspende y una misma pasión florece. No era un asunto de color: allí estábamos blancos, negros, mulatos y mestizos. Éramos la expresión viva de lo popular, del poder de masas y de lo barrial.
Estos dos eventos, de tradición y envergadura, despertaron esta reflexión que presento desde mi percepción y desde la voz de Bertha Arnedo Redondo, comunicadora social, docente de la Universidad de Cartagena, investigadora y autora de libros sobre comunicación, patrimonio cultural y béisbol en el Caribe colombiano.

Carnaval y béisbol: la disputa simbólica por lo popular
Durante décadas se ha hablado de la importancia y la riqueza aportadas por la población africana que llegó a América en condición de esclavitud, mientras se denigraba su valor como seres humanos y se saturaba al mundo de concepciones nefastas de inferioridad. Se consolidó la idea de que no tenían nada que aportar más allá de su fuerza física y su resistencia, como instrumentos vivos de construcción.
Hoy, la humanidad entera utiliza su esencia para deslumbrar, cautivar y maravillar, especialmente desde las figuras de poder. En esa delgada línea entre la transculturación y la apropiación social se sitúan el béisbol y el Carnaval de Barranquilla, donde lo simbólico, lo estético y lo práctico se utilizan para movilizar masas y moldear comportamientos.

El béisbol, aunque nacido en Estados Unidos, influenciado por Europa y practicado inicialmente por poblaciones blancas, encontró en las Antillas y en el norte de Suramérica -especialmente en Colombia y Venezuela- un espacio para transformarse. Pasó de ser un juego asociado a élites a convertirse en una práctica profundamente popular, negra y mestiza. Entró a los barrios, a los cañaverales y al campo. El deporte se volvió colectivo, festivo y comunitario.
La docente amplía lo expuesto con lo estudiado por “los antropólogos Besnier, Brownell y Carter, quienes consideran que ‘pocos aspectos de la vida social cotidiana ponen en primer plano la clase social, la etnia y la raza de una manera más evidente que el deporte, precisamente porque el funcionamiento de las jerarquías sociales salta a la vista’”. A esto se suma que, para el filósofo Pierre Bourdieu, los elementos determinantes en la selección de un deporte son el gusto, el habitus y el capital social. En palabras de Arnedo, en el Caribe el béisbol está determinado por el gusto de los peloteros, el entorno en el que crecen y el capital social heredado de sus ancestros y de la comunidad que habitan.
Nos encontramos, entonces, frente a un fenómeno de apropiación social de una práctica nacida en un contexto hegemónico, que es transformada por sectores subalternos hasta convertirse en un marcador identitario. El béisbol se racializó.
Fue una experiencia nueva estar en el hogar de los peloteros cartageneros, pero hablar de béisbol ha sido una constante en mi vida: protagonista de historias, conversaciones y memorias, especialmente ligadas a la figura de mi abuelo materno y a mí construcción de identidad territorial.
Hoy mi abuelo no camina como antes ni habla con el vigor de otros años. Ya no ve béisbol porque el tiempo limitó su visión, pero no su legado. Mientras él ya no pueda vivir estas pasiones, aquí estaré yo para hablar de ellas desde sus dimensiones históricas, sociales y políticas. Porque el béisbol, como lo conocemos hoy, es un acto político.
Así como la representación de la cultura negra, apropiada por poblaciones hegemónicas para mostrarse ante el mundo -como ocurre con las reinas del Carnaval de Barranquilla-, estos eventos se encuentran en constante disputa simbólica entre el poder, la identidad territorial y la desigualdad económica. La belleza radica no solo en aceptar esta disputa, sino en reconocer el aporte histórico, deportivo y artístico del Caribe y las Antillas.
Michelle ha demostrado que trabaja para que, cuando la miren bailar, observen a esa mujer negra que desde pequeña aprende a mover las caderas para contar una historia de superación, resiliencia y libertad; que teje su cabello para mantener el orden y recordar los caminos recorridos por sus antepasados; o que deja al aire sus rizos como descanso, afirmación y raíz. Porque esa mujer negra no siempre tiene la oportunidad de estar bajo reflectores o de viajar por el mundo mostrando su tradición.
“El béisbol y el Carnaval de Barranquilla forman parte del patrimonio cultural intangible del Caribe colombiano. Ambas manifestaciones comparten una historia, unas cosmologías y unas formas de sentir y pensar, especialmente en los barrios populares del Caribe profundo. La picardía de un short stop dialoga con la irreverencia de un disfraz en la Batalla de Flores”, concluye Arnedo.
Es allí donde el deporte deja de ser solo una disciplina física y se convierte en una extensión del comportamiento humano y de la identidad colectiva. Es allí donde el carnaval se despoja -al menos simbólicamente- de sus privilegios para visibilizar a la población hacedora. La representación hegemónica es, inevitablemente, un acto político. Dar crédito cuesta. Ceder autoridad, aún más.
