El grabador queda encendido entre nosotros, para no perder ni una sola palabra de las que dirá el escritor. Afuera, Cartagena de Indias vibra entre turistas, vendedores y niños corriendo; adentro, me dispongo a conversar con Mario Mendoza sobre masacres, ciudades tristes y amabilidades revolucionarias. El contraste es brutal y perfecto, a la altura del bogotano.

Cuando comienza a hablar, lo entiendo, esta entrevista no va a moverse por la superficie de los libros, sino por ese territorio incómodo donde la literatura empieza a parecerse demasiado a la vida. Mario Mendoza bien que sabe de eso, sus textos guardan una profundidad impecable que, pese a ser cruda, crítica y visceral, también es reflexiva, intensa e inspiradora.
La conversación comienza por Satanás, el libro que lo trajo a Cartagena y que ahora se ha convertido en serie con Estado de fuga, de Netflix. La historia narra una tragedia que Colombia no termina de digerir: El Caso Pozzeto.

Se ha hablado ampliamente de Campo Elías y su pasado en Vietnam; sin embargo, mi pregunta apuntaba en otra dirección: ¿por qué no atribuye el origen del asesino a las secuelas de la guerra y, en cambio, señala a una sociedad cruel que lo empujó al límite?
“Es que todo depende de cómo tipificas al asesino. En 1986 la definición clave no existía. Nadie sabía cómo llamar a alguien que explota en un solo día y mata sin un patrón”, explica.
Lo escucho fascinada hablar de spree killers, de síndromes, de psiquiatras y trastornos como quien, más allá de escribir una historia, se sumerge por completo en el universo que construye. Y de pronto lanza la frase que se queda flotando como un cuchillo: “Empujamos a un individuo al abismo. Entre todos. Poco a poco”.
¿Entre todos?, pienso. ¿Yo también?
“Se le conoce como Síndrome de Amok, una persona puede explotar por múltiples razones. Esa definición la encontré años después y entendí”, puntualiza.
Mendoza no justifica al asesino, pero sí halla profundidad en él sin juzgarlo: “Todos hemos sentido esa presión. Yo también. La diferencia es que yo tengo la literatura. Canalizo ahí. Pero ¿los demás? ¿Qué hacen con todo lo que les han hecho?”.

En ese momento entiendo que Mario Mendoza no solo escribe sobre la oscuridad: escribe desde ella y esa autoridad lo hace uno de los escritores más notables de su generación.
Bogotá para Mario Mendoza
De asesinos saltamos a Bogotá, esa ciudad que en sus novelas no funciona como escenario sino como organismo vivo, hosco, vigilante. Recuerda que durante buena parte del siglo XX se decía que allí no se podía hacer literatura por ser demasiado gris, sin mar, sin prestigio, sin magia. Por eso, tantos escritores migraron a otras latitudes más luminosas en búsqueda de inspiración.
Para su generación, insiste, el reto fue quedarse y demostrar que en esa aparente monotonía había material narrativo. Hoy, dice, la capital parece más moderna, pero conserva una dureza estructural en el tráfico que devora horas de vida, la luz opaca, el trato áspero con quienes llegan de afuera. Todo eso, sostiene, termina moldeando temperamentos, fabricando tensiones, incubando resentimientos. Mendoza lo logra, hace literatura de esta violencia urbana y de esta ciudad en la que el arte parece estar escondido del frío.
El escritor, con fluidez, me responde también sobre primeras obsesiones académicas, de Aura de Carlos Fuentes, de rituales medievales y de una tesis universitaria que ya anunciaba su interés por lo oculto y lo psicológico.
Mario Mendoza y la predicción de la pandemia del 2020
En medio de la charla, me permito hablarle de lector a lector y le confieso cómo llegué a su literatura. Saco de mi mochila un ejemplar de la vieja edición de Crononautas y le digo: “Este libro me obsesionó. Lo leí en pandemia y, para mi sorpresa, narraba exactamente lo que estábamos viviendo. ¿Cómo lo supo? ¿Cómo logró escribir que nos encerrarían, que habría un virus y hasta fijar fechas tan precisas?”.
Mario Mendoza sonríe con amplitud, sostiene el libro como si celebrara el hallazgo del lector y responde una pregunta que me acompañaba desde 2020: “¡Increíble! Muy pocos lo notan. Te cuento que yo seguía los informes de la OMS sobre un patógeno llamado X que iba a salirse de control. Decían que los aeropuertos, trenes y carreteras lo expandirían a una velocidad imposible de detener. Pensé: esto va a pasar. Y lo escribí”.

Se ríe con incredulidad: “Calculé dos o cinco años, pero para que fuera literatura de anticipación lo lancé diez más allá, y ocurrió casi igual. Fue impresionante”.
Le pregunto si hoy se atrevería a anticipar algo más y aunque niega con la cabeza y me asegura que no volverá a escribir un libro así, revela: “Europa está contra las cuerdas. Su caída es inevitable”.
Identidad y precio para Mario Mendoza
Mario Mendoza es nieto de un migrante libanés, lo cual se hace supremamente interesante teniendo en cuenta que Bogotá es casi inherente a su literatura. El escritor sonríe y me dice que es imposible saberlo, ¿sería escritor si su abuelo nunca hubiera migrado y hubiera nacido en Líbano? ¿O acaso existiría?, a fin de cuentas, como él mismo lo plantea: “La realidad acaba siendo lo que cada persona crea”.
“¿Sabes?, hay una sensación de lejanía, es como si uno presintiera que una parte de uno esta en otro lado”, reflexiona.
Hacia el final, cuando la charla ya se ha vuelto más íntima, confiesa sin rodeos que la escritura le costó una familia. Le parece la mejor decisión, pues no considera justo para nadie vivir con alguien que estuviera encerrado durante años, obsesionado con la escritura de una novela. Dice que dolió, que fue el precio más alto, pero que volvería a tomar la misma decisión.
Esa humanidad que noté en sus ojos al responder la mantuvo hasta la última pregunta -¿Qué deberíamos exigirnos como sociedad para frenar la violencia?-; no responde con programas políticos ni grandes discursos, sino con una palabra mínima y peligrosa: amabilidad. La define como una revolución silenciosa, como un gesto contracorriente en un mundo que se alimenta del insulto y del resentimiento.

Sale de la mesa firmando libros, dejando dedicatorias, prometiendo futuros encuentros en ferias y festivales. Yo me quedo mirando la tinta fresca en la primera página de mi libro y pensando que Mario Mendoza escribe como quien se asoma todos los días a un precipicio, no para glorificarlo, sino para entender por qué seguimos empujándonos unos a otros hacia el borde.
Y, quizá, para recordarnos que todavía existe otra posibilidad: la de ser amables en medio del desastre.

