La sentencia de Galileo Galilei: “Las cosas están unidas por lazos invisibles. No puedes arrancar una flor sin perturbar una estrella”, sirve de epígrafe al poemario “Mi madre encendió un volcán ella sola” (Berenice Editorial, 2025), de Diana Agámez Pájaro (1979). Esa sentencia nos ilumina al adentrarnos en la compleja y dramática esencia de la poética de esta creadora contemporánea. Con este breve y conmovedor poemario, Agámez Pájaro ganó el XXIV Premio de Poesía Vicente Nuñez, en España, en 2024.
En el primer poema, ‘Voluntad’, aparece el personaje protagónico de su libro: la madre que es, a su vez, las madres en general, en busca de una hija que ha desaparecido sin dejar rastro. La madre está retratada allí, sufriendo de los nervios, y la metáfora de la mujer que intenta recoger las perlitas dispersas de un collar que se ha reventado, es tan contundente. Cada perlita es un dolor que salta por toda la casa, mientras ella intenta atrapar una a una para reconstruir su collar.
Diana confiesa que una de sus grandes obsesiones desde que escribe poemas “es el paso del tiempo, la obsesión sobre qué escribir y qué leer”. “Al escribir este poemario me sentí una médium. Un viaje y un trance extraño. Escuchaba esas voces de mujeres buscando a sus hijas en mi cabeza, como si ellas dictaran el poema sobre dos pérdidas: La enfermedad y el robo de los hijos. Todo esto forma parte de experiencias humanas que he documentado: el feminicidio, la violencia contra las mujeres”, comentó.
Es su segundo poemario después de “El tiempo me deslíe como un caramelo” (2016). Está concebido en una dimensión estética, sin renunciar al sentido profundo de una denuncia. “Creo en la poesía que además de contar algo, grita y revela. Leo mucho la poesía de la antigua China. Me fascina Li Po. Es una poesía transparente como una gota de agua que ilumina el pensamiento. Me gusta la poesía de la Premio Nobel de Literatura polaca 1996: Wislawa Szymborska. De Colombia: Aurelio Arturo. De México: Jaime Sabines. De Argentina: Juan Gelman”, cuenta.

Diana Agámez: las claves de su poemario premiado
“Mi madre encendió un volcán ella sola nació de la indisciplina y la imposibilidad. Hay rabia, soledad, impotencia. Desde una semilla autobiográfica se expande. Parir es una erupción de un volcán. La mujer tiene una fuerza telúrica. Es como una víscera de la tierra. Todos los seres humanos se la pasan apagando y encendiendo volcanes. Por el rol de la mujer asumida por la cultura patriarcal, a ella le ha tocado apagar y encender volcanes más intensos, volcanes propios y ajenos. La mujer aún no ha encontrado la habitación propia propuesta por Virginia Woolf. El velo cubre el derecho a entender, a elegir algo, impuesto por el patriarcado. Una habitación como la imaginamos, con la conciencia de lo que somos y dónde estamos. La poesía pasa por múltiples filtros. Es un oficio, un flujo de ideas, una conciencia estética. Nace de muchos borradores y lecturas compartidas. Yo dejo en ese proceso que las emociones se enfríen. Llevo el impacto de una emoción y voy anotando en una libretica. Escribo desde ese contrapunto entre racionalidad y emocionalidad. Lo personal es político. ¿A quién corresponde esta búsqueda de los hijos perdidos? En el poemario hay múltiples Marías, Petras, Josefas, Celias, que buscan a sus hijos perdidos”, resalta.
“Escribo desde ese contrapunto entre racionalidad y emocionalidad. Lo personal es político. ¿A quién corresponde esta búsqueda de los hijos perdidos? En el poemario hay múltiples Marías, Petras, Josefas, Celias, que buscan a sus hijos perdidos”
Diana Agámez
Los poemas
El poema que titula el libro tiene solo ocho líneas de una contundencia visual y emocional estremecedora. La madre no solo enciende ella sola el volcán, sino que encuentra “lo que de mí quedaba/lo que de mí nadie quería ver/ levantó cada piedra del desierto/ me escuchó/ traspasó la vida y me volvió a parir/ por la noche después de verme nacer de nuevo/ encendió un volcán ella sola”.
En el poema ‘Sin título’, la voz secreta de una de las hijas perdidas ve salir a una de las madres del desierto, bajo la poca luz que queda de la noche entre dos pequeñas dunas. Han excavado tras esa búsqueda y “ni mi madre pudo reconocerme por la cadenita/ en la que nadaba un caballito de mar/ seguimos perdidas”. Es un cruce de voces y espíritus que tejen el lienzo palpitante de las ausencias y las atormentadas y enigmáticas presencias.

