He leído con encantada perplejidad el poemario “Un vientre para las caracolas”, de la joven poeta Gabriela Parra Gómez (Palmira, Valle del Cauca, 1998), una obra de una sensibilidad y una percepción de la vida y del mundo en contravía. Es su ópera prima. Gabriela es profesional en Estudios Literarios, especialista en Economía de la Cultura y promotora de lectura. Su libro ganó la convocatoria de Estímulos a la Creación en Poesía de la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín en 2023. Y fue publicado por Letra a Letra.
Ella ha contado: el poemario “nace de mi experiencia en el psicoanalista. A veces es más fácil nombrar las cosas escribiéndolas en verso. O eso me pasó a mí. Con él decidí regalar un vientre para gestar todas esas cosas de mi experiencia con lo femenino que se transformaron en plural cuando descubrí coincidencias en el nombrar el mundo de otras amigas, compañeras y familiares. Este es un recorrido por la infancia y por todas esas mujeres que soy, que no soy y que no me hubiera gustado ser, y por las mujeres que me rodean. Imaginarias o no”.
Detalles del poemario de Gabriela Parra Gómez
¿Cómo nació su vocación por escribir poesía?
-La obra nace de mi relación con mi mamá, que luego se convirtió en mi relación con eso que es, son o no es lo femenino. Hay muchas razones para que mi mamá sea el principio. Ella fue la que me abrió las puertas de lo literario, a través de ella fue que comprendí mi feminidad, mi sexualidad y finalmente ella también es un mundo de símbolos muy mágicos. Todo eso salió en una cita con la psicoanalista. Para poder decirlo tuve que escribirlo y todo terminó en un poemario.
¿Qué lecturas han sido decisivas para su visión de la vida y del mundo?
-Es como un popurrí de narrativas. Creo que la poesía que leí (Tania Ganitsky, Rómulo Bustos Aguirre, Andrea Cote) me dejó mucho de la plasticidad del lenguaje, pero anecdóticamente bebí mucho de las novelas que acompañaron el proceso de escritura. Clásicos como El tambor de hojalata, Los miserables, El maestro y Margarita. Colombianos como Manuel Mejía Vallejo, Marvel Moreno y autoras recientes como Aixa de la Cruz, Samanta Schweblin, Gabriela Ponce. A todos los conecté por su manera aguda de hacerle doler a uno el mundo con sus ironía.
Tienes una visión en contravía de la percepción bíblica del origen de la mujer. ¿Cómo surge tu poema “Con las sobras de una mujer”?
-Si soy sincera de lo que recuerdo emocionalmente del proceso de escritura, creo que lo escribí con rabia, con ira. Nació de una reflexión sobre cómo yo soy el resultado de lo que quedó de mi madre después de todo lo que vivió y cómo uno es el resto de tantas. Pero eso se volvió un dolor más grande cuando llegué al punto donde somos restos de una costilla, de un pedazo de hombre y fue como, bueno, somos restos pero de todos los restos que han dejado de lo que somos como mujeres, es que se ha hecho este mundo y los relatos que nos seguimos contando y que hacen de nosotras un despojo constante desde la religión principalmente.
Tienes un humor desacralizador en el poema ‘La parábola de la abuela’. En la que propones ‘no hay que orar. Basta con morderse el codo’. ¿Cómo creaste este poema?
-No me atribuyo el humor. La graciosa es mi abuela. La manera de esa mujer de siempre tener una parábola, un dicho de la Biblia, un personaje para todo, era increíble. Ella me dejó una manera muy simple de comprender el deber cristiano y era eso, morderse el codo, como decía mi tío, apretar la piedra en el bolsillo. Creo que lo gracioso es que es tan simple que es ilógico, igual que el libro.
Tu ‘Epopeya doméstica’ es magistral. ¿Cómo lograste meter los mitos griegos dentro de una lavadora?
-Todo surgió de un juego rítmico con el inicio del poema, Hace ya tiempo que... Eso que me arrastró a pensar en el abandono de esos personajes míticos en la gran ciudad. Realmente es el desasosiego de saberlos nadie entre nosotros. Caronte termina en la lavadora porque en la casa todo se recoge y se echa ahí sin preguntar. Es víctima del día a día. Eso no significa que deje de ser Caronte y que la muerte no comience a recorrer la casa. Ahora, que lo vuelvo a leer, creo, me da la impresión de que mi mamá se trajo todos los mitos griegos a la casa y que es realmente su figura la que prevalece zarandeándolos de su realidad.

Hay en toda construcción una destrucción. Tu poema ‘El maestro de obras’ nos lleva a una visión de cómo habitamos con las cosas. ¿Cómo es su relación con los objetos que nos sobreviven?
-Soy, ante todo, una persona descuidada. Y creo que quien me conoce puede confirmarlo. A mí todo se me pierde, todo termina guardado en un lugar que recuerdo. Los libros, por ejemplo, yo no los atesoro con celo, sino que si usted va a mi casa y le gusta uno, pues lléveselo. Entonces la relación con la casa también es de un ir y venir muy raro. Yo llevo ya ocho años sin vivir en la casa materna. Pero siempre vuelvo y es volver a una casa que mi mamá va demoliendo y construyendo con el tiempo.
El poema que da título a su obra nos devuelve a las criaturas frágiles: ¿cómo percibes el vientre de las caracolas?
-Gracias por llamarlas frágiles. En lo frágil tengo una obsesión poética de la que no escribo pero que dejo anotada en cuadernos, y es por ciertos animales como la babosa, como las larvas. Se trata de esa suavidad, esa viscosidad que no se deja resguardar, que se derrite y eso me conmueve. Pero, además, es que las caracolas son hermafroditas, son seres sumamente duales, unas figuras tan ajenas a lo que uno puede categorizar con sus conceptos sobre la belleza. A un perro uno le dice lindo, pero cuándo le dice linda a una babosa. Es como que están tan fuera de todo.
¿Cómo es sumergirse en la escritura de un poema en tu vida cotidiana?
-¡Uy, eso es de noches, noches, viajes en el metro, conversaciones con los amigos! Lo digo siempre en mis talleres de escritura y es lo poético siempre está ahí y hay gente que dice unas cosas y ni se imagina lo poético que suena. Ahora, cada obra es particular y su proceso de escritura también. Estos poemas tuvieron cosas de la espontaneidad sobre todo sonora. A mí algo me sonaba y me sonaba en la cabeza con ciertas palabras y eso terminaba por ser idea pero también, fundamentalmente, tiene trabajo, sentada, corrigiendo, escribiendo, borrando y es un tema de obligarse también a pelear con el lenguaje.

