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Cultural

Raúl Ballesteros el cartagenero que transformó los ‘parapetos’ en arte

Un viaje por la obra de Raúl Ballesteros, el artista cartagenero que convirtió la fragilidad urbana en un lenguaje visual sobre resistencia y  memoria.

Raúl Ballesteros el cartagenero que transformó los ‘parapetos’ en arte

Raúl Ballesteros, pintor cartagenero.

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Fue en la fría Bogotá, lejos de su natal Cartagena, donde Raúl Ballesteros logró, por fin, encontrar el punto exacto que tanto buscaba en sus trazos. Allí, un viaje insospechado de inspiración le permitió dar forma a la génesis de un estilo único, capaz de distinguir su obra. A esta línea la bautizó Ciudad parapeto, un nombre que alude a su perspectiva del mundo.

Lo recuerda ahora, sentado en el sofá de una casona del barrio Manga, mientras concede esta entrevista. Viste una camiseta negra con olas estampadas en el pecho y sonríe casi todo el tiempo. El piso de esta vivienda lo remite de inmediato a su infancia, pero también al origen de un talento que lo destaca como un artista contemporáneo reconocido de Cartagena.

Las figuras del suelo gris, surcado por vetas negras abstractas, se asemejan a las mismas que cubrían el piso de su casa de infancia, en el sector de Santa Rita. Frente a ellas, Raúl intentaba darles sentido: imaginaba formas, escenas, cuerpos, como quien descifra figuras en las nubes del firmamento. Con lápiz y papel, dibujaba aquello que creía ver en el piso.

En parte, fue así como comenzó a aprender a dibujar. También le encantaba pintar cigüeñas porque le gustaba ese animal y dibujaba figuras de los Caballeros del Zodiaco, que se volvieron populares entre sus compañeros del colegio.

“Yo siempre supe que quería ser pintor, desde pequeño”, explica. Así que para él no fue difícil escoger una carrera: ingresó a artes plásticas en la escuela de Bellas Artes. Luego estudió historia en la Universidad de Cartagena. Trabajó como profesor y en otras ocupaciones pero nunca dejó de lado el arte.

Raúl no habla de Ciudad parapeto como una ocurrencia estética, sino como una consecuencia. “Yo necesitaba tener una propuesta”, explica. Algo que lo representara y que, al mismo tiempo, dialogara con la ciudad. Esa búsqueda, de años, se volvió urgente durante su tiempo en Bogotá, a donde llegó en 2014, con 32 años, intentando abrirse camino laboralmente.

En ese contexto, comenzó a dibujar todas las noches, sin un plan definido, “soltando la mano”, hasta que surgió el dibujo donde encontró la propuesta que buscaba. Fue, precisamente, una vista del Centro Histórico. La silueta de la ciudad se levantaba sobre un fondo inquietante: debajo, una serie de lombrices comenzaban a devorarla. “Yo sentía que Cartagena estaba podrida”, dice sin rodeos.

Era una metáfora de la crisis política que atravesaba la ciudad en esos años. Esa imagen se convirtió en un punto de partida conceptual de un estilo al que todavía no bautizaba.

¿De dónde viene el término de parapeto?

- En mi casa siempre se decía la palabra ‘emparapetar’. Investigando encontré que es un término italiano y se crea en el lenguaje militar. El parapeto era algo que ponían en las trincheras para protegerse; de lo militar salta a la arquitectura, así eran llamadas las barandas de los balcones. Cuando trabajaba como profesor en el barrio La María, yo veía mucho que la gente construía como fuera, ‘parapetaban’ casas con materiales diversos. Entonces yo lo asociaba con una crítica social. Como curar cosas, remendar algo, de ahí surgió la gran serie que tengo, que se consolidó a partir de 2017.

¿Cómo comenzaste a mover ese concepto?

- Yo dije: ‘ya lograste el estilo, tienes el nombre’. Empecé a moverlo, a tocar puertas. Hasta que me salió una primera exhibición, donde quedaba el colegio de La Presentación. A partir de ahí a la gente le gustó mucho y Ciudad parapeto y mi obra se expandió. Yo quería algo con lo que la gente se identificara e identificara a Cartagena.

Raúl Ballesteros, pintor cartagenero.
Raúl Ballesteros, pintor cartagenero.

El mundo parapeto

Desde entonces, el concepto gráfico de Ballesteros no ha dejado de crecer. Esa estética improvisada, frágil en apariencia, pero que implica resistencia y resiliencia, empezó a filtrarse en su obra y se ha agudizado hasta el día de hoy. Las casas se convirtieron en protagonistas; luego, los animales, peces gigantes volando por los cielos pero anclados a la tierra con redes de pesca haladas por pescadores; después, los monumentos del Centro Histórico reinterpretados desde esa lógica de lo ensamblado. Su propuesta se ha expuesto en ciudades de Colombia y ha traspasó fronteras a países como Estados Unidos, España y Filipinas, donde vivió durante un año y medio. Allí, dice, volvió a encontrar casas emparapetadas, así como en otros lugares a donde viajó y observó contrastes abismales entre riqueza y pobreza, y arquitecturas levantadas a pulso. Esas experiencias, cuenta, la han dado a Ciudad parapeto tuvo una mirada global.

¿Cómo miraste a Manila desde tu obra?

-Empecé a caminar Manila, a mirarla, olerla, sentirla. Me fui a vivir ahí por el trabajo de mi esposa, pero me di cuenta de que Filipinas es un país en vía de desarrollo, como Colombia. Hay edificios superlujosos y al lado barrios marginales ‘emparapetados’. Eso me revolvió la cabeza. No sabía que Manila tenía un centro amurallado como Cartagena. Las murallas, las garitas, los baluartes, todo idéntico. Caminas y de repente ves casas de parapeto dentro del centro, casas enormes, de tres pisos, que tú dices eso se va a caer, pero ahí están.

¿Tienes un estimado de cuántas obras has hecho?

- No las he contado. Pero tirando así un número, entre dibujos, bocetos, esculturas y lienzos, yo diría que más o menos unas 300 obras. Ahora que lo dices, las voy a hacer un inventario (...) Las esculturas y los cuadros quiero trabajarlos a escalas más grandes.

¿Cuál es tu cuadro más grande?

- Lo hice en 2024. Mide 3,40 por 1,30 y está aquí, en esta casa de una gran amiga mía. Nació a partir de una crónica de El Universal, sobre tres pescadores: El Mello, El Ñato y El Chino. Me interesó mucho la historia porque habla de la pesca artesanal, del trasmallo y de una tradición que se está perdiendo.

¿Tienes alguna obra especial para ti?

- Tengo una preferida, pero la vendí a una amiga (risas). Es de la Torre del Reloj. Creo que es la que más le gusta a la gente también. Ese cuadro entró en el proyecto Imagen Regional del Banco de la República. Estuvo rodando desde 2021 hasta el año pasado. Hace poco, cuando encontré el boceto, me acordé del momento. Me dio nostalgia y pensé: ese cuadro no debí venderlo.

¿Cómo es tu proceso para pintar?

- Es un proceso tranquilo. Hago bocetos, tiro lápiz, descarto, vuelvo a intentar. Trabajo por una hora, descanso y sigo. Eso sí. Lo único que sí es constante es la música. Mis cuadros tienen banda sonora y casi siempre es salsa, porque estoy pintando a Cartagena. Ahora escucho mucho a Ismael Rivera, sobre todo Las caras lindas.

¿Tienes un dilema sobre si lo que produces son ilustraciones o son obras de arte?

- Eso es algo que todavía me pregunto. Para mí al comienzo eran ilustraciones. Después empecé a llevar esas ilustraciones a gran formato, al lienzo, y ahí digo: bueno, esto ya es una obra de arte. Pero al mismo tiempo sigo pensando que también es ilustración. Pueden ser las dos cosas. Todavía no tengo esa respuesta resuelta del todo. A lo mejor cuando lo sepa bien, hacemos otra entrevista y te cuento...(Risas)

***

En el fondo, Raúl, con su obra habla de eso: de la capacidad del ser humano para resistir y seguir adelante, aún en medio de la adversidad. De componer y recomponer cosas o situaciones con las herramientas que la vida pone en el camino. De cómo se arma la vida con retazos, con lo que hay a mano, con lo que dejan las crisis, las ausencias. Ballesteros propone una mirada honesta. Una que reconoce la fragilidad, pero también la resiliencia. La Ciudad parapeto no se termina: se sigue construyendo.

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