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Cultural

Semana Santa en el mundo: las celebraciones más singulares

En el mundo, la Semana Santa se vive de formas distintas, pero con un mismo propósito: el encuentro espiritual y la búsqueda de Jesús.

Semana Santa en el mundo: las celebraciones más singulares

Semana Santa en el mundo: las celebraciones más singulares. // Imagen generada con IA

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Recuerdo que, cuando era niña y llegaban estos días, mi abuela siempre decía: “En días santos no se puede comer carne”. Muchos en mi casa se reían, pero obedecían “por si acaso”, aunque murmuraban en los rincones que esas eran “cosas de viejos”.

Semana Santa se celebra distinto en el mundo. // 123RF
Semana Santa se celebra distinto en el mundo. // 123RF

Con el tiempo entendí que no eran simples “cosas de viejos”, sino tradiciones que, sean ciertas o no, mantienen viva la esencia de la Semana Santa.

Así fui creciendo junto a mis primos entre tradiciones intocables: no bañarnos después de las cinco, no fuese que el agua se convirtiera en sangre -o peor, que termináramos convertidos en peces-; evitar los clavos, por respeto a la crucifixión de Jesús y muchas otras reglas que, más que normas, parecían advertencias.

Mis primos mayores, los más rebeldes, no temían a las amenazas de la abuela y se pasaban los días buscando convertirse en peces o ver el agua hecha sangre, pero luego se escondían llorando sintiéndose culpables porque “seguramente habían hecho enojar a Jesús”.

Esos agüeros, más que simples creencias, eran una forma de recordarnos que estos días eran para detenernos, reflexionar y mirar hacia algo más grande. Quizá por eso, incluso hoy, sigue la intención de no olvidar una vida que marcó a millones y que dividió la historia en dos partes.

Semana Santa en el mundo

En mi casa se vive aún de esa manera, pero en el mundo se hace de otras formas impactantes. Las tradiciones de la Semana Mayor saltan a otro nivel en Filipinas, allí los devotos católicos recrean los últimos momentos de Jesucristo con una crucifixión real: se azotan hasta sangrar, usan clavos para lastimar sus manos y se autocastigan como una forma de limpiar sus pecados.

Vasijas. // 123RF
Vasijas. // 123RF

Decenas de hombres con el torso desnudo caminan en procesión vestidos con sudarios negros y coronas de enredaderas por calles polvorientas y sin zapatos como una forma de rendir respeto a la muerte de Jesús. Miles de personas se congregan a mirar tal espectáculo lleno de sangre, lágrimas y redención.

¡No comer carne ahora se siente fácil!

Otra celebración con tradiciones impactantes es la del pueblo griego de Vrontados, que cada año reúne a miembros de dos iglesias rivales y llevan a cabo una tradicional “guerra de cohetes”, lanzando miles de fuegos artificiales con el objetivo de alcanzar la campana del campanario de la iglesia contraria. Esta tradición se llama Rouketopolemos y adorna el cielo con un sinnúmero de luces que cautiva a todos mientras escuchan la palabra sagrada.

Sin crucifixión ni fuegos artificiales, el Lunes de Pascua se vive en Polonia con agua en la fiesta del smingus-dyngus. Ese día se mojan los unos a los otros en las calles lanzándose agua, pero, principalmente, a las chicas con un objetivo: que ellas consigan esposos en menos de un año.

En Semana Santa no solo se arrojan agua, también cerámica: en Grecia el Lanzamiento de cerámica en Corfú se da cada domingo de Pascua y tiene la tradición de romper objetos de cerámica lanzándolos desde las casas. No encontré mucha información sobre el origen de este ritual, pero muchos creen que simboliza limpieza espiritual y otros lo relacionan con los estruendos del Viernes Santo como señal de duelo por la muerte de Jesús. Por lo uno o por lo otro, definitivamente es una tradición diferencial.

También en Guatemala tienen una asombrosa tradición: queman a Judas. Tal y como su nombre lo indica, se quema a una representación de Judas en forma de un ritual de Pascua. Esto se originó en comunidades cristianas europeas y se quedó en diferentes países que toman efigies de Judas y les realizan prácticas propias de los castigos en la época de Jesús: ahorcarlas, azotarlas y hacerlas explotar con fuegos artificiales.

Entre el Jueves Santo y el Domingo de Pascua, miles de creyentes en Jerusalén reviven los últimos momentos de la vida de Jesús, siguiendo sus pasos. Una tradición solemne, simbólica y profundamente conmovedora.

Decisiones y cambios

Cada persona, cada casa y cada lugar del mundo ha encontrado una forma de vivir su Semana Santa.

Al final, entre crucifixiones, cohetes, agua y fuego, todo parece muy lejano a la casa de mi abuela. Pero, sin importar el país o la intensidad del ritual, todos estamos haciendo lo mismo: recordar, creer -aunque sea un poco- y sostener algo que nos conecta con quienes fuimos.

Los Nazarenos de Girón: la tradición de fe y penitencia que lleva 390 Semanas Santas viva en Colombia. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Los Nazarenos de Girón: la tradición de fe y penitencia que lleva 390 Semanas Santas viva en Colombia. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

Hoy entiendo que aquellas reglas no buscaban asustarnos, sino enseñarnos a detenernos, a respetar y a sentir. Tal vez por eso, cada año, cuando llega Semana Santa, algo en mí sigue dudando antes de romperlas... “por si acaso”.

No se trata de religión. Se trata de conexión. De hacer una pausa en medio de la rutina, de compartir con los nuestros y de recordar, a nuestra manera, lo que esta semana significa. Cada quien la vive distinto, pero todos, de alguna forma, estamos buscando lo mismo: un momento para detenernos.

No importa si se sigue al pie de la letra cada tradición o si la fe se vive de una manera más silenciosa. En el fondo, la Semana Santa sigue siendo una invitación abierta a volver la mirada hacia Jesús, a su historia de entrega, dolor y amor que marcó a millones a lo largo del tiempo. Porque, al final, no se trata solo de lo que creemos, sino de lo que decidimos buscar: un sentido, un perdón, una guía o, simplemente, un momento de conexión con algo más grande que nosotros.

No me crucifico ni lanzo vasijas al vacío. Pero sí estoy con mi abuela y, junto a ella, recuerdo a los más pequeños de dónde nacen todas estas tradiciones.

Entre una maratón de películas, risas y ese “por si acaso” que nunca se va, también hay un espacio para el silencio, para la reflexión y para volver a Jesús. Porque, tal vez, eso basta para mantener vivo el verdadero sentir de la Semana Santa.

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