Iván González García es un escritor y dramaturgo cartagenero cuya obra dialoga de manera constante con la memoria, la identidad y la vida cultural del Caribe. Autor de numerosos libros de narrativa, novela juvenil y teatro, y gestor cultural de amplia trayectoria, ha dedicado más de tres décadas a pensar la literatura y las artes escénicas como espacios de encuentro, formación y resistencia. Su trabajo, profundamente vinculado a Cartagena y a su patrimonio histórico y popular, lo ha convertido en una voz clave para entender cómo se cuentan hoy la ciudad, sus fiestas y sus historias desde dentro.

En los últimos años has sido particularmente prolífico. ¿Qué ha pasado en tu vida para que la escritura se haya vuelto tan urgente?
Con el tiempo entendí que escribir no era una elección, sino una forma de existir. Escribo para salvar del incendio historias, memorias y personajes que, si no se nombran, se pierden. Mi escritura nace tanto de la disciplina como del miedo: miedo al paso del tiempo, a la muerte que ya se intuye cercana, y al olvido. Por eso escribo: para permanecer, para dejar una huella mínima frente a lo inevitable.
En estos últimos años he sentido que cada obra es un acto de resistencia, una forma de pelearle al silencio, a la desaparición. Porque, en el fondo, escribir es una manera de no morirse del todo.

Has decidido volver a Bogotá. ¿Qué buscas en ese regreso?
Bogotá es una ciudad que incomoda y exige, y eso me atrae: volver a ella es volver al rigor. Llegué por una urgencia personal, íntima, que no necesito explicar. A veces la vida te empuja sin dar razones públicas y te obliga a cambiar de paisaje. En ese desplazamiento encontré algo valioso: un espacio donde la escritura deja de ser un lujo y se asume como un oficio diario, casi monástico.
Bogotá me ofrece ese anonimato fértil: uno puede perderse para encontrarse en la página. Me quedé no solo por lo que me trajo, sino por lo que me exige: tiempo, silencio, disciplina, y esa fricción necesaria de la que nacen las mejores escenas.
Y además, he encontrado amigos que me han apoyado. Parece que es verdad que es más fácil ser profeta fuera de tú tierra.

Tu obra teatral es amplia y diversa. ¿Cómo te defines como teatrero?
Soy un teatrero que desconfía de lo cómodo. Me interesa el conflicto, la palabra como arma y el cuerpo como territorio de disputa. En mis obras siempre hay una guerra —de pareja, de familia, de clase o de memoria—, porque el teatro no es entretenimiento sino confrontación:
los personajes no vienen a agradar, vienen a revelar lo que duele. Al mismo tiempo, busco construir una dramaturgia propia en diálogo con nuestras raíces. En las fiestas populares del Caribe encuentro una teatralidad viva y poderosa, una posible fuente para una dramaturgia caribeña que articule escena, identidad y política cultural.
En esas fiestas hay personajes, máscaras, conflicto, música, trance, comunidad. Hay escena. Mi interés ha sido entender esas señales de teatralidad no como folclor decorativo, sino como una fuente estructural para la dramaturgia. Cómo traducir esa energía festiva, ese caos organizado, esa poética del cuerpo y del ritmo, en lenguaje escénico. Allí, siento, hay una dramaturgia que todavía estamos aprendiendo a nombrar.

También eres profesor. Has dicho en tono casi mítico que eres “profesor de 500 horas diarias”. ¿Qué significa enseñar para ti?
Significa multiplicarse. Enseñar no es transmitir conocimientos, es provocar deflagraciones internas. Cuando digo “500 horas diarias” hablo de una disposición permanente: estoy enseñando cuando escucho, cuando corrijo, cuando dudo con mis estudiantes, pero, sobre todo, estoy aprendiendo.
El aula no termina en el salón; se extiende a la vida. Y en ese proceso, uno aprende más de lo que enseña.

Como dramaturgo y teórico del teatro, ¿qué te interesa investigar?
Me interesa el teatro como lenguaje de lo invisible: lo que una escena calla, lo que un silencio dice mejor que un parlamento. He trabajado el conflicto y la estructura dramática, pero también la poética del gesto mínimo. En paralelo, investigo nuestras formas propias de teatralidad: lo festivo, lo ritual y lo popular como pensamiento escénico. No como cita folclórica, sino como raíz viva.
Has incursionado con fuerza en la novela. ¿Qué te da la narrativa que no te da el teatro?
Me gusta la novela, me siento cómodo escribiéndolas. La novela me permite respirar más largo. En el teatro todo es presente, urgencia, condensación. En la novela puedo expandirme, explorar la interioridad, detenerme en una imagen, en una memoria
Pero, curiosamente, escribo novelas con un pulso teatral: mis personajes hablan, se enfrentan, se contradicen. No abandono el escenario; lo traslado al papel.
¿Qué papel ha jugado la editorial Magisterio que te ha acompañado en este proceso?
Fundamental. Tener una casa editorial cómo Magisterio que cree en tu trabajo no es solo un respaldo logístico; es un acto de fe compartida. En un país donde publicar puede ser una batalla, contar con ese apoyo incondicional te permite concentrarte en lo esencial: escribir.
Hay una complicidad, una confianza que se traduce en libros que llegan a los lectores con dignidad.
Pero no puedo olvidar ese esfuerzo enorme de la editorial Pluma de Mompox, que me dio la primera oportunidad hace muchos años, cuando nadie me conocía cómo escritor.
¿Qué representa para ti Bellas Artes – UNIBAC?
Bellas Artes – UNIBAC es raíz. Allí entendí que el arte podía ser una forma de vida: aprendí a mirar, a escuchar, a construir. Es un lugar al que siempre regreso, incluso cuando estoy lejos, porque habita mi identidad como creador. Mi vínculo con ese espacio es profundo, casi filial: de allí, nunca me he ido.

Más allá del escritor, ¿quién es Iván como ser humano?
Soy alguien que ama profundamente. A mi familia, que es mi refugio, mi todo, sin ellos, sin su comprensión y apoyo, no hubiera sido posible; a mis amigos, que son mis cómplices; al deporte, que me disciplina; al arte, que me sostiene.
Intento no perder esa dimensión humana en medio de la escritura.
Tus obras suelen estar atravesadas por la memoria histórica y cultural. ¿Por qué es importante contar esas historias?
Porque si no contamos nuestras historias, otros las contarán por nosotros —y tal vez las deformen o las borren. La memoria no es un archivo: es una fuerza viva que nos define. Me interesa rescatar voces y episodios relegados; es un gesto poético y político a la vez, un contrarelato que dialoga con la estela abierta por Zapata Olivella en Changó, el gran putas
¿Cómo conviven en ti el rigor académico y la intuición artística?
En tensión permanente. El rigor me da estructura, me obliga a pensar, a argumentar. La intuición me da libertad, riesgo, sorpresa.
Busco ese equilibrio inestable donde ambas fuerzas dialogan.
¿Qué lugar ocupa el conflicto en tu obra?
El centro. Sin conflicto no hay drama, no hay historia, no hay vida. Me interesa el conflicto no solo como enfrentamiento externo, sino como fractura interna.
Personajes que dudan, que se contradicen, que luchan consigo mismos. Allí está la verdadera potencia dramática.
¿Te consideras un escritor político?
En el sentido más amplio, sí. No porque escriba panfletos, sino porque toda elección estética es también una posición política.
Decidir qué historias contar, desde dónde, con qué lenguaje, es una forma de intervenir en el mundo.
Finalmente, ¿qué sigue para ti?
Seguir escribiendo. Seguir enseñando. Seguir buscando. No tengo una meta final; tengo un camino.
Y en ese camino, cada obra es una estación, un intento, una pregunta. Lo importante es no detenerse, no acomodarse, no dejar de arder. Así, hasta el fin.


