Enrique Grau (1920-2004) soñó en los últimos años de su vida con donar más de mil obras de su colección personal, junto a su biblioteca, objetos y elementos de la cultura popular del Caribe. Lo ilusionaron primero con un terreno en Chambacú; luego, con el antiguo Club Cartagena, donde corría por sus pasillos cuando era niño; más tarde, con el Claustro de La Merced, hoy sede de posgrados de la Universidad de Cartagena; y después, nuevamente, con la Casa del Marqués de Valdehoyos.

Henry Laguado, quien dirige el Festival Internacional de Cine de Bogotá, desde 1984, es el hombre que más conoce la vida y obra del artista Enrique Grau. Lo conoció en 1965 en Cúcuta, con Germán Moure. La vida de Henry está vinculada a las artes desde que era un niño. Evoca las lecturas de novelas en voz alta que hacía su madre con la familia, y una de las que más recuerda es la novela “María” de Jorge Isaac.
En el nicho del santuario de Pedro Claver en Cartagena, donde reposan los restos del artista, Henry envía emisarios desde Bogotá a llevarle flores a su memoria. Le digo que la colección privada de Grau es monumental. Quiso donar su colección de su propia obra, sino su biblioteca y su colección de arte popular para crear en Cartagena el Museo o Centro Cultural Enrique Grau. Al morir, fue ilusionado por las autoridades de Cartagena de que haría ese Museo primero en Chambacú, luego en el Claustro de la Merced.
De paso por Bogotá, en la Feria Internacional del Libro, sostuvimos esta conversación para Facetas.
- ¿Qué impidió que la voluntad y deseo de Enrique Grau se cumplieran?
-Hay que preguntárselo a Cartagena. Con todo lo que Enrique Grau hizo por ella, apenas existe un museo que lleva su nombre y que él mismo ayudó a construir. Resulta difícil entender esa displicencia.
Si bien Grau nació en Panamá —pues en aquella época muchas familias acomodadas viajaban allí para que sus hijos nacieran en el hospital norteamericano—, siempre se sintió cartagenero. Quiso que su obra y sus objetos de colección, ya que fue uno de los primeros en valorar el arte popular, permanecieran en Cartagena.
Durante años, un abogado cartagenero lo ilusionó con la posibilidad de hacerlo realidad y, hacia el final de su vida, parecía que el proyecto sería posible con un espacio en Chambacú; incluso se trabajaron los planos. Sin embargo, nada ocurrió. Inclusive, en su testamento dejó consignado que, si las obras ubicadas en Bogotá presentaban algún inconveniente, fueran exhibidas en un espacio en Cartagena.
Sus restos reposan en Cartagena. Sin embargo, el reconocimiento a todo lo que hizo como artista plástico, director de cine y escenógrafo nunca ha sido plenamente otorgado por la ciudad que tanto quiso.
- Al cumplirse 106 años de su natalicio en 2026, ¿qué desafíos se cumplen para proteger y proyectar su legado?
-Hasta ahora la ciudad no se ha pronunciado. La obra del maestro tiene una Fundación que tiene a su cargo su manejo.
- ¿Cuál crees que son los mayores logros artísticos de Grau que revolucionaron el arte moderno en Colombia?
-Su independencia en su lenguaje. Su búsqueda del arte abstracto y descubrir su potencial de la figura humana, la cual usó para, aparentemente, alabar a su clase social pero, en el fondo siempre fue una crítica que nadie pareció darse cuenta.
- ¿Cómo era Grau como ser humano, qué le disgustaba, qué lo hacía feliz, cómo celebraba sus cumpleaños?
Enrique Grau era un verdadero intelectual y, como buen costeño, alegre y parrandero. Se hicieron famosas sus fiestas en Bogotá, que Bernardo Salcedo bautizó como “La Colina de la Deshora” —en referencia a una película reconocida de la época—. A esos encuentros asistían artistas plásticos, actores de teatro y cineastas, animados por los efectos amables del cuba libre —ni hablar del whisky—, junto a los creadores que vivían en los apartamentos de la calle 26, entre ellos Hernán Díaz, Beatriz Daza, Rafael Moure, Dora Franco y Luis Caballero.
Mientras “La Cueva”, de Barranquilla, es venerada como un símbolo cultural, toda esta efervescencia creativa ha pasado casi desapercibida. Puede decirse que el 98 % de quienes asistían a esas reuniones terminaron convirtiéndose en figuras fundamentales de la cultura colombiana.
Las otras señales de Grau
Enrique Grau es un artista esencial en el arte moderno en Colombia. Recorrió Italia, estudiando los grandes maestros y descifrando las técnicas de los murales al fresco. Y se encontraría en la década siguiente con el ímpetu mundial del cubismo, el surrealismo y otras tendencias que se forjaban en aquellos años.
Grau regresó al país y fue en los años cincuenta, escenógrafo de la televisión naciente, profesor de arte de la Universidad Nacional e impulsador de nuevas iniciativas como el cine, el teatro, la literatura, entre otros. Participó como actor en el filme La langosta azul en 1954.
Ilustró el primer cuento de García Márquez, hizo una versión fílmica de la novela María de Jorge Isaac, fue escenógrafo teatral de la obra El Rey Lear, hizo 40 autorretratos magistrales entre 1939 y poco antes de morir en 2004, y participó del fenómeno cultural que se gestaba entre Cartagena y Barranquilla, con los núcleos humanos de creadores denominados Grupo de Barranquilla y Grupo de Cartagena, que tuvieron vasos comunicantes, y muchos de ellos, compartían amistades comunes, y navegaban como pez en el agua entre las dos ciudades.
En su estudio de mujeres cartageneras, Grau trabajó el rostro de una especie de Paula de Eguiluz, la bruja que sedujo a los inquisidores y a las autoridades militares y eclesiásticas de la época, y la llevó a volar en su bello mural del Centro de Convenciones, para celebrar los 450 años de Cartagena, en 1983 recorrió Colombia para escribir una réplica del libro de viajes del Barón Alexander von Humboldt.
Grau conocía cada una de las flores nativas, cada rincón de la ciudad con su historia y sus monumentos, y los reunió en el telón de boca del Teatro Heredia rebautizado más tarde como Teatro Adolfo Mejía.

