Cada domingo por la mañana observo a mi vecino sentado en su pequeño balcón con una taza de café en una mano y el periódico El Universal en la otra. Es un señor mayor. Desde que vivo en este conjunto residencial tengo la costumbre de salir a la misma hora, así que siempre me encuentro con la misma escena: sus ojos hundidos, clavados de lleno en la lectura. Su atención me resulta esperanzadora porque trabajo en el periódico y sé que, con los años, son cada vez menos las personas que leen el impreso con la devoción con la que él todavía lo hace.

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El UniversalHace poco vi en cine El diablo viste de Prada 2, la secuela de la exitosa película estrenada en 2006. Para quienes no hayan visto la historia, sigue a Andy Sachs, una joven periodista recién egresada de la universidad que consigue su primer trabajo como asistente de Miranda Priestly, la temida editora de la revista de moda Runway.
Los malos tratos, las exigencias y la frivolidad de esa industria terminan llevándola a desertar de un mundo en el que no encaja. En la segunda parte, en cambio, Andy regresa. Ya no es la misma joven insegura del inicio. Ahora es una periodista más madura, experimentada y consciente de una realidad que la película retrata sin máscaras: el periodismo está en crisis.

Aunque Runway no es un medio tradicional, depende de las suscripciones, los lectores y la pauta publicitaria. Pero todo eso disminuye cada año. Cada vez menos personas compran una edición física cuando pueden acceder al contenido desde internet en cuestión de segundos.
Las entrevistas de largo aliento y los artículos de más de una cuartilla parecen diluirse en el espacio etéreo de las redes sociales, donde miles de publicaciones compiten por unos cuantos segundos de atención. “La gente lee lo que scrollea mientras está en el baño”, dice Nigel en una de las escenas de la película. Y duele porque, en el fondo, hay algo de verdad en eso.
Andy, pese a tener una trayectoria brillante y varios premios sobre sus espaldas, apenas puede pagar un apartamento pequeño del que sale agua turbia por el grifo. Los despidos masivos en los medios terminan empujándola de nuevo hacia Runway, donde se encarga de la parte editorial, luchando por encontrar un espacio en las redes sociales, por lograr la primicia, por estar siempre un paso adelante.
Y es difícil encontrar un único culpable de esta crisis. Tal vez no lo haya. Es una consecuencia inevitable de la modernidad y de la forma en que consumimos información hoy. Todos cargamos un celular inteligente en el bolsillo; en menos de un minuto podemos enterarnos de una noticia de última hora, sin tener que esperar al periódico del día siguiente. La inmediatez manda la parada y los periodistas corremos detrás de ella, intentando llegar a tiempo con algo que todavía logre sorprender. Algo que haga detener el dedo antes de seguir deslizando la pantalla.
Una crisis que no es nueva
La erosión de las redacciones no es reciente. La Silla Vacía ha reportado la desaparición de revistas y medios en Colombia como Shock, Arcadia, Metrónomo, Caras, Cromos, los diarios regionales de El Tiempo y publicaciones locales como La Vanguardia de Valledupar, La Libertad en la Costa y El Mundo de Medellín. A eso se suma el reciente cierre del noticiero CM& después de 33 años al aire.
“Todos los demás se han reducido”, dijo Werner Zitzman, presidente de la Asociación Colombiana de Medios de Información, organización que reúne a medios nacionales y regionales.
El Universal, periódico que desde hace 78 años circula diariamente en Cartagena de Indias, también ha tenido que reinventarse. En la última década su distribución impresa ha disminuido entre un 35 % y un 40 %. Como muchos otros medios, ha debido migrar al espacio digital, crear nuevos productos y buscar formas distintas de conectar con las audiencias para mantenerse vigente.
Pero este fenómeno no ocurre solo en Colombia. De acuerdo con el Digital News Report 2025, elaborado por el Instituto Reuters y la Universidad de Oxford, el consumo de noticias está cada vez más ligado a las plataformas digitales. El estudio, realizado con más de 97.000 entrevistas en 48 mercados, encontró que las principales vías de acceso a la información son Facebook (36 %) y YouTube (30 %), seguidas por Instagram (19 %), WhatsApp (19 %), TikTok (16 %) y X (12 %).
A eso se suma otro desafío: la desconfianza frente a la información que circula en internet, impulsada por el auge de la inteligencia artificial y el contenido falso. El Foro Económico Mundial ya lo señala como una de las preocupaciones más importantes de los próximos años.
Andy y el alma de las cosas
Como periodista de una redacción, establecí una conexión inmediata con esa historia por no decir que me vi reflejada. Sé lo que es pasar horas escribiendo un texto que probablemente no tendrá las mismas métricas que una noticia de última hora. Entiendo la presión de captar la atención desde la primera línea y sostenerla hasta el final.
También conozco esa sensación de frustración cuando un tema que me emociona queda sepultado por la velocidad de internet y por la necesidad constante de producir algo nuevo antes de que el interés desaparezca. Sin embargo vuelvo a mirar a mi vecino y me anclo.
Quizás este texto no llegue a miles de personas. Quizás no tenga cifras extraordinarias ni provoque una avalancha de clics. Pero probablemente él lo estará leyendo en su balcón con una taza de café en las manos.
Su presencia no aparece en las métricas. Su existencia escapa de los porcentajes que miden el tiempo de lectura, la edad o los intereses de la audiencia. Y aun así sigue ahí, leyendo cada mañana con calma, intentando entender el mundo a través de las páginas de un periódico.