Dice que, si no hubiera sido marquetero, muy probablemente habría sido abogado. Es León José Castillo Martínez, nacido en Cartagena el 13 de agosto de 1960 y próximo a cumplir cuarenta años enmarcando obras de arte. Autodidacta y lector insaciable, siempre tiene entre manos algún libro de historia, literatura o política. Estudió hasta tercero de bachillerato, prestó el servicio militar entre Tierrabomba, Coveñas, Cartagena y Barranquilla, y siempre soñó con ser abogado.
Su padre, Carlos Castillo Olmos, era secretario marítimo, trabajaba en los buques que iban y venían de San Andrés a Cartagena. Era un hombre tranquilo, pasivo, pacífico, jamás insultó ni maltrató a sus hijos. Dionisia Martínez Pereira, su madre, ama de casa, tenía un temperamento más fuerte, ‘era la mujer de la chancleta en la mano’, dice riéndose, cada vez que los hijos cometían una falta. En su taller de marquetería en el Paseo de Bolívar, León no da tregua a las incontables solicitudes de enmarque de obras de artistas. Acaba de salir de una serie de obras del Museo de Arte Moderno de Cartagena, y sobre su mesa reposan obras de artistas reconocidos de Cartagena, a quienes él enmarca desde hace décadas. Una de esas celebridades que enmarca es la obra del maestro Alejandro Obregón, a través de sus herederos. También ha enmarcado obras de Bibiana Vélez, Ruby Rumié, Camilo Calderón, Rafael Dussán, Mario Zabaleta, Cecilia Herrera, Dalmiro Lora, Alfredo Piñeres, Marquecielo Cuentas, Marta Cotes, Freddie Cortina, Mara Cerro, Alberto Enrique Sierra, entre otros. Antes de ser marquetero trabajó tres años en Muebles del Caribe, en pintura, masilla y restauración de muebles. Luego, trabajó once años con el pintor y marquetero Carlos Santos.
Un oficio abrumador: ser marquetero
León dice que la marquetería es un oficio que no da espacio para nada. Dejó el ciclismo que practicaba cada día, porque la marquetería le tomó todo el tiempo y el espacio en su vida. “Hay que sacrificarse domingos y días festivos en este oficio, pero hay que reinventarse”, dice, y explica que “ser marquetero requiere rigor, disciplina, sensibilidad, delicadeza, no hay nada preestablecido. No es solo hacer una moldura, cortar, pegar, enmarcar. Hay que tener en cuenta los espacios entre la obra, el marco, el vidrio. Jamás se debe pegar una fotografía u obra de arte a un vidrio. Hay que separarlo uno o dos centímetros.
Y al referirse al buen gusto, dice que le toca lidiar con clientes que vienen a enmarcar fotos de matrimonios, grados, bautizos, cumpleaños, diplomas universitarios, clientes que dejaron olvidados sus recuerdos en la marquetería. Pero también ha batallado con los artistas modernos y contemporáneos de Cartagena de las últimas décadas. Ahora mientras conversamos está terminando de enmarcar una imagen inmensa de la Virgen de Guadalupe, cuyo cliente inicialmente elogió un marco dorado, y luego insistió en otro marco más delgado interno de color plateado. Muy difícil para él intervenir en el gusto de un cliente que prefiere marcos brillantes y saturados. “Lo que me pide el cliente, eso ejecuto. Pero hay clientes a quienes tengo que rechazar. “El buen gusto no se improvisa”, dice León. “Hay cosas que se ven bien a los ojos, tienen cierta estética y agradan la mirada”.
Reconoce que hay marqueteros que no tienen imaginación y se limitan a la moldura. Por eso, considera que “Los curadores de arte son necesarios porque mantienen vivas las obras para que no se destruyan o mueran”, sentencia.
Lector de vida
León siente una profunda frustración cuando habla de su experiencia al pagar el servicio militar. “Nadie paga por el sacrificio de los muchachos que pagan el servicio militar, y entonces uno se pregunta dónde queda la nación, el patriotismo, la bandera”. De los libros que ha leído, dice que le impactaron ‘La metamorfosis’ de Franz Kafka; ‘Cien años de soledad’, ‘Crónica de una muerte anunciada’ y ‘El coronel no tiene quien le escriba’ de García Márquez. “Leía un libro por mes, pero antes de la pandemia, había mucho camello en el taller, todo el año sin parar, pero después sobrevino el cierre de galerías. Los estudiantes de arte sufren mucho, y terminan sus estudios universitarios, en una ciudad y en un país donde no hay apoyo al arte”.
Lo que más aprecia del arte
Para León José Castillo, lo que más aprecia de una obra de arte “es el manejo del color, la composición, la textura, eso es lo que más me gusta”. En su casa preferiría tener una pintura de paisajes y naturaleza exuberante con mucho colorido. “Es que de la naturaleza se genera la vida”. Conserva pinturas de amigos artistas: Un retrato que le hizo Alberto Enrique Sierra, en donde aparece León junto a un perro en el mar. Una pintura de Carlos Santos ‘Utopía’, con la imagen de dos cuerpos que se entrelazan. Una obra de Alfredo Piñeres de un baile de champeta. Una pintura de Cecilia Herrera en la que figura una mujer negra con ropa de colores. Una pintura al calor sobre baldosas de una garza realizada por Mara Cerro. Sencillo, humano, autodidacta, León José Castillo es uno de los destacados marqueteros con que cuenta Cartagena de Indias.
