Hace poco se estrenó en cines La Odisea, del director Christopher Nolan, y rápidamente logró captar la atención de miles de personas que acudieron a las salas extasiadas por los elogios que despertó la película. Y no han de ser en vano. Quien se sienta frente a la pantalla se adentra en un filme luminoso, construido con planos radiantes que parecen dejar entrar la luz del mar Mediterráneo, escenas que ensordecen por su belleza y otras cuantas que perturban por la violencia que contienen.
Gran parte de ese resultado, además del ingenio y el extraordinario ojo cinematográfico de Nolan, tiene que ver con las decisiones que tomó detrás de la cámara. Es la primera película de la historia filmada íntegramente con cámaras IMAX de 70 milímetros, un formato que duplica el ancho de la película tradicional y permite que las texturas, la piedra, el agua y la piel adquieran una profundidad mayor. Tampoco quiso que el Cíclope Polifemo, aquel monstruo gigante que deboraba humanos, naciera de una pantalla verde en un estudio de grabación. Prefirió levantar un colosal títere de dieciocho metros dentro de una cueva real en Grecia para devolverle al mito un peso físico que pudiera sentirse.

Esas decisiones, sumadas a un reparto encabezado por Anne Hathaway, Matt Damon, Tom Holland, Zendaya y John Leguizamo, explican por qué buena parte de la crítica ha recibido la película con entusiasmo. Lea también: ‘La odisea’ de Christopher Nolan supera millones de dólares en apenas 10 días
Hasta ahí, la conversación parece limitarse al cine. Sin embargo, la verdadera riqueza de La Odisea comenzó cuando algunos de los grandes lectores del clásico de Homero decidieron responderle a Nolan. Entre ellos apareció una de las voces más lúcidas de nuestro tiempo, la filóloga y escritora española Irene Vallejo, autora de ‘El infinito en un junco’.
A través de varias publicaciones en sus redes digitales, Irene recordó su relación más íntima con el poema de Homero, que llegó a su vida a través de su padre, un apasionado lector. “Descubrí el poema en la voz de mi padre a la orilla de mi cama, durante una sucesión de noches maravilladas: un ritual infantil”, escribió.
Para ella, La Odisea no es solamente uno de los grandes textos de Occidente; es también una historia que habita los recuerdos de la infancia de quienes crecieron con el eco de la literatura universal. Quizá por eso admite que se descubre así misma reaccionando como esos niños incapaces de aceptar que alguien cambie una palabra de su cuento favorito. “Añoro a Nausícaa y Areté, a los lotófagos, la argucia del nombre ‘Nadie’, la cama tallada en la rama de olivo, a los dioses...”. Nausícaa y Areté son dos de los personajes femeninos más importantes y virtuosos de la Odisea. Madre e hija pertenecen a la realeza de los feacios, un pueblo mítico de grandes navegantes que habitaba la isla de Esqueria.

Vallejo reconoce que quien adapta un clásico “tiene derecho a recrearlo y apropiárselo, incluso el deber de reescribir la leyenda”. Desde esa visión más abierta y con menos recelo intenta comprender la decisión más radical de Nolan. El director no está interesado en el Odiseo ingenioso que engaña al cíclope diciendo que se llama Nadie, ni en el seductor que recorre islas maravillosas, ni siquiera en el fabulador que convierte sus viajes en relatos inmortales. Su Odiseo es, ante todo, un veterano de guerra incapaz de abandonar Troya por dentro, porque a pesar de haber huido con vida, los muertos que carga a sus espaldas aún le visitan por la noche como fantasmas en forma de culpa.
“Elige concentrarse en el veterano traumatizado por la guerra, y esa decisión oscurece la película, la tiñe de culpa y oscuras premoniciones, más cercana a las tragedias que a la épica homérica”. Vallejo percibe que Nolan desplaza el corazón del poema hacia la angustia. La aventura deja de ser el centro de la historia para cederle el lugar a las cicatrices que la guerra deja incluso sobre quienes regresan vivos. Troya deja de pertenecer al pasado. La guerra ya no es un episodio remoto de la antigüedad, sino una advertencia contemporánea sobre una humanidad capaz de destruir su propio hogar por ambición y ego. Lea también: Todo lo que debes saber de ‘La Odisea’ de Christopher Nolan antes de verla en cines
“Los bárbaros podemos ser nosotros”, concluye Vallejo, “al desencadenar por codicia devastadoras guerras, en las que hasta los vencedores se dejan el alma y aniquilan sus Ítacas”.
Quizás no hay números que lo confirmen, pero apuesto a que las librerías del mundo se han llenado de personas sedientas de leer y de descifrar los códigos detrás de una de las obras más importantes de todos los tiempos. Me parece que ese es el mejor efecto que una película puede tener: movilizar hacia la lectura.
“ Y la frase que Odiseo dice a Penélope «vivíamos en un mundo de palacios y comercio, de palabras, ciegos a su belleza, hasta que lo destruimos», no solo representa un giro de extraordinaria inteligencia en la trama, también parece un comentario (o un epitafio) a nuestro tiempo”, culmina sabiamente Irene.
