Es el más antiguo de los amigos cercanos de Gabriel García Márquez que aún vive. Se trata de Guillermo Angulo (Anorí, Antioquia, 1928), autor de la icónica fotografía de Gabo mientras escribía Cien años de soledad (1967). El Nobel solía llamarlo “Anguleto”.
Guillermo Angulo conoció a García Márquez en 1957 y conserva una primera edición autografiada de El coronel no tiene quien le escriba (1957). También lo fotografió en 2013, durante el penúltimo año de vida del escritor colombiano.
El 17 de abril de 2014, cuando García Márquez murió, Angulo se encontraba en su casa. Allí se despidió de su amigo de toda la vida con un beso en la frente.
En 2021 publicó Gabo + 8 (Planeta), libro en el que, además de recoger testimonios y recuerdos de su amistad con García Márquez, relata encuentros con figuras como Álvaro Mutis, Manuel Mejía Vallejo, Hernán Díaz, Susan Flaherty y Rogelio Salmona, entre otros.
La historia de Guillermo Angulo
- ¿Qué experiencias de infancia y juventud lo acercaron a la vocación por la fotografía, el periodismo, la historia y la literatura?
Yo empecé con las imágenes no fotográficas, que me fascinaban. En mi casa había un libro, ‘El paraíso perdido’, bellamente ilustrado, con unos grabados que me atraían. Después supe que eran de Gustave Doré. Estaban poblados por paisajes inventados, como los de Da Vinci, pero llenos de terroríficos abismos y cimas montañosas que tocaban las nubes, donde se veían ángeles buenos y malos.
Mi mamá me dijo que los malos eran el diablo, ángeles caídos en desgracia, y eso me dio mucho miedo porque, en ese entonces, creía y temía al infierno. Pero seguí viendo el libro y me explicaron que los ángeles buenos tenían plumas en sus alas, como los pajaritos; en cambio, las alas de los ángeles degradados parecían de murciélago y daban miedo.
A las novelas me condujo un personaje extraordinario que, cuando yo tenía once años, me enseñó a amar la lectura y me regaló mis primeras novelas, invariablemente de Rómulo Gallegos. Mi primer contacto con la fotografía fue mucho más tarde, cuando debía tener unos 18 años. Una vez fui a visitar a su oficina a un amigo que era abogado y empezaba a ser fotógrafo. Se llamaba Alberto Aguirre e hizo delante de mí algo que parecía imposible: primero le tomó una fotografía al poeta Carlos Castro Saavedra y luego hizo un retrato mío -que todavía conservo- con luz natural, sin usar flash, algo que hasta entonces había visto utilizar a todos los fotógrafos en interiores.
Esa admiración debió quedarse grabada en mi mente hasta que, en los años cincuenta, aprendí fotografía por mi cuenta, leyendo libros de técnica en inglés y observando la obra de grandes fotógrafos como Edward Weston, Irving Penn y Henri Cartier-Bresson. De paso, aprendí un idioma que no conocía.
A la historia solo tuve acceso durante la niñez -antes de Heródoto y Suetonio- a través de la mediocre ‘Historia de Colombia’, de Henao y Arrubla. Y el primer libro que leí, y que me encantó, fue La alegría de leer.
-En su libro sobre Gabo usted relata su primer y último encuentro con él. Usted fue el único fuera de su familia que lo vio al morir.
Yo toqué tierra en el aeropuerto de Ciudad de México en el preciso instante en que Gabo moría. No alcancé a despedirme de él. Cuando llegué a su casa, solo me quedó la opción de despedirlo con un beso en la frente.
- ¿Cuál fue el rasgo esencial de la vida de Gabo que más le impactó?
Gabo tuvo un sentido de la amistad que siempre fue igual. No cambió con la fama. Un ejemplo: yo estaba en Nueva York cuando le concedieron el Premio Nobel. Después de Nueva York pensaba ir a México y él me había dicho que estaría esperándome en el aeropuerto.
Cuando iba en un taxi hacia el aeropuerto Kennedy oí la noticia del Nobel y pensé: “Gabo no va a poder venir a recibirme al aeropuerto y va a mandar a Mundo, su chofer”. Cuál sería mi sorpresa cuando, al llegar a Ciudad de México, en lugar de Mundo estaba el propio Gabo esperándome. Me dijo: “Un premio, por muy Nobel que sea, no va a cambiar mi actitud hacia los amigos”.
Después dijo algo de lo que, con razón, tuvo que arrepentirse: “Mis mejores amigos son los anteriores al Premio Nobel”.
El único rasgo negativo -que aún me duele- es el acto de cobardía de no haber reconocido y dado el apellido a su única hija, Indira, hoy una talentosa directora de cine que se ha hecho un nombre por cuenta propia, sin apoyarse en la fama de su padre, y lleva con orgullo el apellido de su madre, Susana Cato.

Una casa con fantasma
Guillermo Angulo vive en la casa que perteneció al expresidente Miguel Abadía Méndez.
Gabo estuvo solo una vez en mi casa de campo, llamada Tegualda, protagonista de mi último libro, ‘El jardín de Thanatos’. La casa había sido residencia campestre del presidente que Gabo tenía muy presente porque, bajo su mandato, ocurrió uno de los hechos que más le interesaban: la Masacre de las Bananeras.
“Cuando Gabo supo que Abadía Méndez -presidente entre 1926 y 1930- había muerto allí, en 1947, no quiso entrar a conocerla. Como es sabido, Gabo le tenía pavor a la muerte y tuvimos que almorzar en un comedor exterior. El lugar de la muerte de Abadía quedó marcado en su recuerdo y, cada vez que nos veíamos, me preguntaba: ‘¿Cómo está la casa del muerto?’”.
Testigo de su tiempo
Al preguntarle qué considera que ha sido lo mejor y lo peor de ser testigo de su tiempo durante más de nueve décadas, Guillermo Angulo respondió:
“Lo mejor, el amor y la amistad, que tanto se le parece. Lo peor, la constante zozobra por la siempre presente violencia. Viví un exilio dorado en México -país que amo y en el que me formé intelectualmente-, donde conocí a Alfonso López Michelsen, también en el exilio. Pero me fui huyéndole a la violencia. Hace un cuarto de siglo fui secuestrado por las FARC-EP y, durante mis 98 años, signados por la violencia, solo hemos vivido una paz artificial, transitoria. La peor de todas, la llamada ‘Paz Total’ -que no tiene de bueno sino el ilusorio nombre-, con la que se quiere convencer a todos los chiquitos malos de que sean chiquitos buenos, sin darles a cambio nada mejor de lo que tienen.
Hablando de la paz, termino citando un verso del poeta romántico José de Espronceda, atribuido a Julio Flórez: ‘Solo en la paz de los sepulcros creo’”.

