La de Romeo y Julieta es, sin duda, una historia de amor. El tema de los amantes separados por la rivalidad entre sus familias se remonta, al menos, a “Píramo y Tisbe”, incluido en las Metamorfosis de Ovidio (8 d. C.), y pasó luego por Italia, Francia e Inglaterra hasta convertirse en Romeo and Juliet (hacia 1596), de William Shakespeare. Todos conocen a la joven pareja de Verona, su rápido enamoramiento y su trágico desenlace, que termina con seis personas en la tumba.
Más de una vez he oído a decir en foros, series y películas que todo es culpa de Romeo y Julieta, que la obra es un relato sobre las consecuencias de un amor impulsivo, que ellos eran solo un par de adolescentes tontos. Otros, más optimistas, responden que es amor verdadero, que la relación de ambos no se cuestiona y es el ejemplo arquetípico de un vínculo demasiado puro para poder realizarse en libertad y en vida. Ambas lecturas tienen puntos destacables, pero adolecen de un problema fundamental: la conclusión de la obra es otra y los hechos la sustentan.

En Verona, Italia, viven dos familias, los Capuleto y los Montesco. Romeo pertenece a los Montesco, Julieta a los Capuleto. Ambos clanes han estado enfrentados desde generaciones por un motivo que no se nos cuenta. La animosidad se extiende a los más jóvenes e incluso a los sirvientes. Por ellos se ha desatado más de una riña callejera y es con una de esas peleas que se abre el telón. El príncipe de la ciudad, Escala, ya está harto de los desmanes: “Por ustedes, señores Capuleto y Montesco, tres veces se ha perturbado la calma de nuestras calles […]. Si alguna vez la perturban otra vez, sus vidas pagarán la transgresión de nuestra paz”. Esa atmósfera de violencia arbitraria y gratuita marca el mundo donde viven los amantes.
Ahora que el príncipe ha dado un ultimátum, el señor Capuleto se decide a intentar conservar la calma. De paso, envía invitaciones para el baile de máscaras que había organizado. Romeo y sus amigos alcanzan a enterarse de la fiesta y de que en ella estará Rosalina, la joven que ha rechazado a Romeo recientemente y es sobrina de Capuleto. Convencidos de que “una infección cura otra”, Benvolio y Mercucio, amigos de Romeo, lo convencen de ir a la fiesta, aunque no esté invitado, para socializar y fijarse en alguien más.
Romeo es un joven enamoradizo e inmaduro y más de un personaje se lo echa en cara (“El amor de los muchachos no está en sus corazones, sino en sus ojos”). Aunque está convencido de que su afecto por Rosalina será eterno, se embelesa inmediatamente con Julieta esa misma noche. Ella, por su parte, tiene que vivir con las presiones sociales de las señoritas de la nobleza de la época: ha llegado a los 13 años y su padre gustaría comprometerla con Paris, que es pariente de Escala, si ella accede. Todo cambia cuando conoce a Romeo en la fiesta y se entera de quién es: “Monstruoso es para mí el nacimiento de este amor, que me obliga querer a mi detestado enemigo”.

Pero hay alguien más que conoce a Romeo: Teobaldo, primo de Julieta. Cuando se da cuenta de que él asistió a la fiesta, se siente ofendido y monta en cólera: “Por la alcurnia y el honor de mi familia, no considero pecado matarlo aquí mismo”. El señor Capuleto logra controlarlo, pero Teobaldo no cede y, más tarde, envía una carta a los Montesco, retando a Romeo a un duelo.
El muchacho hace caso omiso y se dedica a su amorío con Julieta, quien lo acepta y hasta se casa con él a escondidas. Más tarde, Teobaldo lo encuentra en la calle y decide matarlo, asesina accidentalmente a Mercucio y Romeo acaba con él en venganza.
La contienda entre Capuletos y Montescos alcanza así su punto de no retorno. Escala, furioso en parte porque Mercucio es su pariente, decreta que Romeo tiene una hora para exiliarse si no quiere ser ejecutado. Temerosa y viendo que ahora su padre quiere desposarla con Paris por la fuerza, Julieta arma a un plan junto al religioso que los casó, Fray Lorenzo, para escaparse con Romeo. El plan involucra fingir su muerte gracias a una pócima. Los malentendidos y la mala suerte que acompañan a la estratagema acaban con los dos jóvenes, con Paris y con la señora Montesco. Las dos familias y el clan de Escala pierden dos miembros cada uno.
¿Quién fue realmente culpable en ‘Romeo y Julieta’?
En este punto, debo enfatizar que Teobaldo nunca supo que Romeo y Julieta se amaban. Nadie aparte de los dos jóvenes y Fray Lorenzo lo sabe. Nadie puede oponerse directamente a su relación si no sabe que existe. El odio que ambas familias se tenían causó riñas, forzó a Romeo y Julieta a la clandestinidad e hizo que Teobaldo intentara matar a Romeo, el mismo odio que los patriarcas solo intentaron controlar bajo amenazas y que se les salió de las manos; el odio sin el cual la furia de Teobaldo no existiría y el primer muerto de la obra no habría caído. El odio, no el amor, es el verdadero foco y antagonista. Si bien es cierto que la decisión de Julieta podía fallar, lo hace por casualidad, pues una cuarentena evita que la carta donde el plan está bien explicado llegue a Romeo.
“Pobres sacrificios de nuestra animosidad”, los llama Capuleto. “[Observen] el flagelo que yace ante su odio, pues el cielo encontró el modo de matar sus dichas a través del amor. Y yo, por hacer ojos ciegos a sus discordias, he perdido a dos parientes.
Todos fuimos castigados”, dice el príncipe Escala ante los cadáveres de los amantes. Solo entonces Montesco y Capuleto se reconcilian, ya no por conveniencia, sino sinceramente y dispuestos a honrar la memoria de sus hijos.
¿Quién tuvo la culpa entonces? La obra no lo piensa dos veces: como máximas figuras de autoridad, como hombres permisivos y como dos señores que hicieron muy poco y muy tarde, los dos patriarcas, Capuleto y Montesco, tuvieron la mayor parte de la culpa tras las seis muertes de Romeo y Julieta.
Obras consultadas
Shakespeare, William. (1596). Romeo and Juliet (Ed. Peter Holland). Penguin Books, The Pelican Shakespeare.

