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Cultural

Cronopios y Famas, los seres creados por Julio Cortázar

Una mirada a uno de los libros más variados, lúdicos y entrañables de Julio Cortázar, donde el humor y la imaginación rompen las reglas de lo cotidiano.

Cronopios y Famas, los seres creados por Julio Cortázar

Ilustración del libro Silvalandia, que muestra a un cronopio de Julio Silva.

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La miscelánea literaria era una de las especialidades de Julio Cortázar. Volúmenes y apartes enteros de su obra están dedicados nada más a recopilar textos cortos sobre temas diversos, muchas veces de carácter humorístico. A veces, los textos ni siquiera son suyos, sino que apartes de ensayos o periódicos que se encontraba. Así, a punta de retazos, construyó volúmenes como Un tal Lucas (1979), Último Round (1969), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), la sección “De otros lados” de la novela Rayuela (1963) y el texto que nos ocupa hoy, Historias de Cronopios y de Famas (1962), que es el más conocido de estos.

Escrito originalmente en 1952, el libro se compone de cuatro partes, que son “Manual de Instrucciones”, “Ocupaciones Raras”, “Material Plástico” y, por último, la que da su nombre a esta compilación. En el prólogo, Cortázar habla sobre el fastidio de la rutina, “la tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo […] con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente”. Por contraposición a esa rutina, él propone la curiosidad y el asombro, darse cuenta de que “abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire”.

A través del humor, el disparate y la sátira, cada una de las partes del pequeño volumen se dedica a volver extraños los objetos comunes y corrientes (el lector podrá adivinar en qué consisten las “Instrucciones para subir una escalera”) o mofarse del sopor rutinario de la vida cotidiana y el cinismo que muchas veces subyace a las reuniones y las “buenas costumbres”. “Conducta en los velorios” es un claro ejemplo de esto último; ahí, se nos cuenta de una familia que asiste a los funerales ajenos “no por el anís, ni porque hay que ir […] vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía”. A punta de llantos teatrales y rememoraciones efusivas, hacen que un entierro hecho por obligación y para guardar las apariencias se convierta en una verdadera demostración de nostalgia por el finado. Ese mismo interés por vivir de forma sincera (o “auténtica” si se quiere), es el que atraviesa a las 26 “Historias de cronopios y de famas”. Lea: Con relecturas, exposiciones y reapertura de un café recuerdan a Cortázar

Julio Cortázar en el Pont Neuf, París, 1971, Antonio Gálvez.
Julio Cortázar en el Pont Neuf, París, 1971, Antonio Gálvez.

¿Qué es un cronopio? Cortázar alguna vez los describió como una idea que le llegó fortuitamente en 1952, durante un concierto en el Teatro de los Campos Elíseos en París. “Eran personajes indefinibles, unas especies de globos, que yo los veía un poco de color verde. Muy cómicos, muy divertidos, y muy amigos, que andaban por ahí y se llamaban cronopios. […] Luego tomaron un aspecto relativamente humano”. Su personalidad es “un poco [la del] poeta, del asocial, del hombre que vive un poco al margen de las cosas”, lo cual se traduce en que son afables, idealistas e ingenuos. Véase, por ejemplo, este fragmento de “Viajes”:

Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”. Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.

En cuanto a los famas, son lo contrario, lo que en Colombia llamaríamos “la gente de bien”, pero en tono sarcástico. Son “los grandes gerentes de los bancos y los presidentes de las repúblicas. La gente formal que defiende un orden” (dice Cortázar) y que además se vanagloria de hacerlo, como queda bien ejemplificado en “La cucharada estrecha”:

“Un fama descubrió que la virtud era un microbio redondo y lleno de patas. Instantáneamente dio a beber una gran cucharada de virtud a su suegra.

El resultado fue horrible: […] en menos de dos meses [la señora] se condujo de manera tan ejemplar que los defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a primer plano con gran sobresalto y estupefacción del fama. No le quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a su mujer, la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero, insignificante, y en un todo diferente de los arquetipos morales que flotaban rutilando ante sus ojos”.

Un tercer grupo de seres no se menciona en el título y es el de las esperanzas, que aparecen poco, escuchan “como quien oye llover” y “son como las estatuas que hay que ir a ver porque ellas no se molestan”. En su mayoría, son aburridas y anónimas.

Cronopio en la tumba de Julio Cortázar, Revista Contarte.
Cronopio en la tumba de Julio Cortázar, Revista Contarte.

Si bien la preferencia de Cortázar por los cronopios es obvia (nótese las cualidades positivas que les da en el recuerdo), es de resaltar que no son “los buenos”, ni los famas “los malos”. Varios relatos dejan entrever que los cronopios son ensimismados, caóticos y un poco tontos a veces, mientras que los famas se encargan de que en la sociedad todo funcione más o menos bien.

El mundo de estos seres es muy parecido al nuestro y así como tiene estaciones de radio, clubes, fábricas, trenes y oficinas de correo, tiene matices que evitan que la sátira social se convierta en una caricatura maniquea. Lea: Argentina evoca a Julio Cortázar en su centenario

A pesar de su prólogo altisonante, este es quizás uno de los libros con menos pretensiones de Cortázar. Pocos cuentos en su obra son tan accesibles, cómicos y fáciles de leer como los que este contiene. Entre su humor y corta extensión, queda claro que su principal objetivo es solo reírse un poco de lo psicorrígidos que son unos y de lo atolondrados que son otros.

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