Tenía años sin saber del escritor Aramís Quintero, uno de los grandes narradores y poetas contemporáneos de Cuba. Lo conocí en los lejanos años noventa del siglo XX, en Matanzas, su ciudad natal. Viví unos días en su casa y compartí con él una breve e inolvidable experiencia de vida y escritura. Hace poco volví a buscar, entre mis cuadernos de viaje, archivos y plataformas, alguna señal de Aramís. Su antiguo correo respondió a mi saludo y hemos reanudado la conversación que había quedado suspendida.
Le perdí el rastro porque, en mayo de 1999, partió hacia Chile; su esposa y sus hijas se reunieron con él en diciembre de ese mismo año.
“En 2014 hablamos por teléfono, cuando estuve en Bogotá con motivo de la Feria del Libro”, me recuerda Aramís. “Fui invitado a presentar mi libro Cielo de agua, que había ganado el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños el año anterior”. Lea: Tres escritoras cartageneras y una de Turbaco llegan a Ulibro Bucaramanga
Le propongo esta conversación para volver a juntar los fragmentos dispersos de nuestras memorias:
Empecemos por el principio.
¿Qué libros o autores te atraparon en la infancia y juventud en tu ciudad natal de Matanzas, en Cuba, y los has vuelto a releer con el mismo disfrute?
-Entre los diez y doce años me gustaron algunos poemas de Martí, de Bécquer y otros poetas románticos españoles, y ‘Platero y yo’, de Juan Ramón. De narrativa, me encantó la ‘Ilíada’, el ‘Robinson Crusoe’, ‘El capitán Blood’ de Sabatini, algo de Verne... Poco después leí el ‘Romancero gitano de Lorca’, ‘los Veinte poemas’ de Neruda, algo de Darío, y el ‘Tartarín de Daudet’, cuentos de Chejov… Esos primeros poetas me siguieron gustando, y pronto llegaron otros que son de mis preferidos: Machado, Vallejo, San Juan de la Cruz... Más adelante me aficioné a narradores como Chesterton, William Saroyan, Thomas Mann, Hermann Hesse, Katherine Mansfield, Borges, Cortázar…
¿Cuéntanos cómo nació la idea de tus libros “El organillo mudo” (2018) y “La casa sonámbula” (2024), que se publicaron en Colombia, el primero en Panamericana y el segundo en Enlace Editorial.
-La idea del organillo la explico en la contratapa del libro. Yo tenía, de niño, un organillo como el de la novela. Pero estaba incompleto, nunca supe qué música tenía. Hice un plano de lo que hacía falta para recuperarla, pero nunca lo puse en práctica. En lugar de eso, imaginé que ese organillo era un recuerdo de un viejo amor de una ancianita, tía abuela. Sus nietos lo descubren, se proponen encontrar la música, y se meten en una aventura muy peligrosa, porque hay un ser maligno y poderoso que quiere arrebatarles el organillo y acabar de destruir aquel viejo amor.
La idea de La casa sonámbula surgió de una mezcla de motivos que tienen humor y suspenso, una combinación que me gusta mucho (de ahí mi afición a Chesterton). En mi novela hay una conspiración delirante, mucho miedo, cosas ridículas, y así por el estilo.

El niño global en la era de la inteligencia artificial ha cambiado desde los tiempos de Andersen, Exupéry, hasta nuestros días. ¿Qué prevalece de la tradición y qué nuevos desafíos surgen?
-Creo que prevalecen, como cosas esenciales, el atractivo de las historias, la curiosidad por lo desconocido y lo extraño, y la confrontación entre el bien y el mal. A esto se han ido incorporando, cada vez más, lo transgresor e irreverente, el humor, los elementos y héroes fantásticos, la aceptación de temas considerados tabú, y la indagación sicológica de los personajes, sobre todo en la literatura destinada a los adolescentes. El gran desafío es el de evitar que las capacidades vinculadas al lenguaje verbal sigan debilitándose a favor de las que se vinculan al lenguaje visual. El equilibrio entre ambas capacidades ha ido perdiéndose, el desafío es recuperarlo. Y tratándose de la literatura, está claro que lo esencial es sólo la palabra, en todas sus posibilidades y alcances.
¿Qué sugieres a padres de familia, profesores y promotores de lectura, para despertar la pasión inagotable de leer?
-Mi principal sugerencia es que ellos mismos sean adictos a la literatura. Pero esto no se puede sugerir: lo son, o no lo son. Y si no lo son y quieren serlo, que hagan un esfuerzo sostenido, y es posible que se vuelvan adictos. Y a partir de ahí, que busquen orientación sobre obras y autores, y sobre los sectores etarios y la literatura que suele gustar más a cada edad. Sólo así se puede sugerir libros capaces de gustar, y hablar de ellos en forma atractiva. No en la forma usual de los maestros, que piensan en términos de aprendizaje y no en términos lúdicos (salvo excepciones: los que han sido y son verdaderos lectores de literatura).
La literatura como juego, y el papel del humor en ella, son nociones que han sido sistemáticamente desconocidas o infravaloradas, sobre todo en el medio escolar. El verdadero lector entiende y siente el libro y la lectura como juguete de la mente, como placer, y no como obligación o deber. A este tema he dedicado 27 años en Chile, impartiendo cursos y talleres para maestros, como miembro fundador de la Corporación Lectura Viva. En 2016 publiqué el libro La Animación a la Lectura, fruto de esos cursos y talleres. Lea: Murió Plinio Apuleyo Mendoza, destacado escritor y periodista colombiano, a los 94 años
¿En qué proyectos literarios trabaja en la actualidad?
-Hace tiempo que escribo sobre todo novelas (para adultos y para niños). Pero en los días de la pandemia (2020-21) me lo pasé editando mis libros para Amazon. Ahí están todos los de poesía, y casi todos los de poesía para niños (excepto tres). También hay dos libros de cuentos, uno para adultos, y otro para niños. Y un par de libros dedicados al grupo de humor teatral que teníamos en Cuba en los años 80 y 90: uno de ellos es la historia del grupo y su éxito nacional, y el otro es una selección de sus libretos. Este año quiero subir también un libro de cuentos de humor que se publicó en Cuba el 2017. Y un par de libros que estoy preparando con un amigo cubano que es artista plástico.

