A Simone Weil todavía nos falta conocerla. Quizás hagan falta muchos años, muchas lecturas y varias aproximaciones para asomarnos por completo al universo de una de las pensadoras más singulares del siglo XX. Su vida fue tan radical como su pensamiento: estuvo marcada por la preocupación por los otros, la búsqueda de la verdad y una necesidad casi insoportable de no permanecer indiferente ante el sufrimiento.
Por su manera de vivir, algunos han querido acercarla a la figura de una santa. Sin embargo, Weil nunca aceptó plenamente incorporarse a la Iglesia católica. Aunque experimentó una profunda cercanía con el cristianismo y atravesó varias experiencias que consideró místicas, mantuvo una relación compleja con las instituciones religiosas y con cualquier forma de pertenencia colectiva que, a su juicio, pudiera someter al individuo. Albert Camus, quien participó posteriormente en la difusión de su obra, llegó a referirse a Weil como “el único gran espíritu de nuestro tiempo”.
Era una mujer profundamente preocupada por el dolor ajeno. Esa sensibilidad apareció desde su infancia pues durante la Primera Guerra Mundial, cuando apenas tenía cinco años, decidió dejar de comer azúcar en solidaridad con los soldados franceses que combatían en las trincheras y que sufrían la escasez de alimentos básicos. Aquel gesto anticipaba la columna vertebral de su existencia: el sufrimiento de los otros, quería acercarse a él y comprenderlo desde dentro.
Simone Weil nació el 3 de febrero de 1909 en París, en una familia judía, intelectual y laica. Su padre, Bernard Weil, era médico, mientras que su hermano mayor, André Weil, se convertiría en uno de los matemáticos más importantes del siglo XX. En aquel ambiente familiar creció una joven de extraordinaria capacidad intelectual que muy pronto comenzó a interesarse por la filosofía, la justicia y las condiciones de vida de los más vulnerables. A los 16 años ingresó al prestigioso Lycée Henri IV, donde fue alumna del filósofo y periodista Alain, seudónimo de Émile-Auguste Chartier. Allí profundizó en la filosofía y en la lectura de los clásicos, mientras desarrollaba un pensamiento propio que terminaría alejándose de las comodidades de la vida académica.
Durante sus años de estudiante coincidió con Simone de Beauvoir, quien posteriormente se convertiría en una de las figuras fundamentales del pensamiento feminista del siglo XX. Según el recuerdo que De Beauvoir dejó de aquel encuentro, ambas discutieron sobre cuál debía ser la prioridad de una transformación social. Mientras Weil insistía en que lo fundamental era garantizar que las personas tuvieran qué comer, De Beauvoir llevaba la discusión hacia la necesidad de una transformación más profunda del ser humano. La respuesta que se atribuye a Weil puso fin a la amistad de ambas pensadoras: “Cómo se nota que usted nunca ha pasado hambre”.
A los 25 años decidió abandonar temporalmente la enseñanza para experimentar directamente las condiciones de los trabajadores industriales. Dejó atrás la vida relativamente cómoda que llevaba en París y comenzó a trabajar en fábricas. Pasó por Alsthom y posteriormente por Renault, donde estuvo en las cadenas de montaje. El trabajo industrial le permitió comprender cómo la repetición, la velocidad de las máquinas y la subordinación absoluta al ritmo de producción podían destruir psicológicamente a una persona. “Al ponerse ante la máquina, uno tiene que matar su alma ocho horas diarias”, escribió en una carta.
Aquella experiencia dejó una marca definitiva en su pensamiento. Weil llegó a describir lo vivido en las fábricas como una forma de esclavitud y escribió: “Después, me he considerado siempre una esclava”. Para ella, la opresión no era únicamente una cuestión económica, también podía afectar la capacidad de pensar, sentir y conservar la dignidad.
Cuando comenzó la Guerra Civil española, Weil decidió viajar a España. Aunque era pacifista, quería conocer de cerca el conflicto que enfrentaba a republicanos y sublevados. En 1936 llegó a Barcelona y se incorporó como voluntaria a la Columna Durruti, vinculada al movimiento anarquista. Su experiencia en el frente de Aragón, sin embargo, fue breve ya que un accidente mientras manipulaba una olla de aceite hirviendo terminó provocándole graves quemaduras en una pierna y tuvo que abandonar España.
Durante sus viajes por Italia quedó profundamente impresionada por la belleza de lugares vinculados con la tradición cristiana. En Asís, donde vivió san Francisco, experimentó uno de los episodios que posteriormente describiría como parte de su acercamiento místico al cristianismo. Aun así, Weil se negó a convertirse formalmente al catolicismo, porque desconfiaba de las instituciones y de las estructuras colectivas que exigían una identidad común.
Su crítica no se limitaba a la Iglesia, sino que se extendía a cualquier ente religioso, político o nacional. Podía acercarse al cristianismo sin convertirse en católica, defender a los trabajadores sin aceptar por completo las doctrinas políticas dominantes de su época y buscar la espiritualidad sin renunciar a su independencia intelectual.
La solidaridad llevada hasta el extremo
Durante la Segunda Guerra Mundial, Weil continuó profundizando en la relación entre sufrimiento, responsabilidad y espiritualidad. En 1943, mientras se encontraba en Inglaterra, fue diagnosticada con tuberculosis e ingresó en un sanatorio de Ashford. Su salud estaba cada vez más deteriorada. Incluso en ese grado de enfermedad mantuvo su alimentación limitada a cantidades similares a las que recibían los franceses que permanecían bajo la ocupación alemana. Finalmente su deterioro físico se agravó y el 24 de agosto de 1943, con apenas 34 años, Simone Weil murió mientras dormía.
Después de su muerte, sus escritos comenzaron a adquirir una influencia cada vez mayor. Entre sus obras más conocidas están La gravedad y la gracia, recopilación de reflexiones espirituales; Echar raíces, donde analiza las necesidades del ser humano y las obligaciones de la sociedad; Opresión y libertad, que reúne textos políticos y filosóficos sobre el trabajo, la guerra y la opresión; y Esperando a Dios, uno de sus textos fundamentales sobre su experiencia espiritual.
