Cultural


Alfredo Guerrero: la luz del tiempo de un gran pintor

El gran artista cartagenero Alfredo Guerrero, de 86 años, es una gloria viviente del arte colombiano. Un patrimonio del arte para el mundo.

Si se mira en conjunto la obra del dibujante y pintor colombiano Alfredo Guerrero (Cartagena, 1936), estamos ante un artista clásico, que ha sabido atesorar lo mejor de la herencia estética de Europa y América, virtuoso y excelso de la figura humana, el retrato y el sutil manejo de la luz y la atmósfera sobre los cuerpos y los objetos. Es uno de los grandes artistas vivientes de Cartagena y uno de los creadores representativos de nuestro tiempo en Colombia. Lea aquí: Alfredo Guerrero: “Me conmueve la belleza”.

No ha habido un solo día en que Alfredo Guerrero no dibuje algo pequeño o monumental sobre un lienzo templado o sobre fragmentos de muros o piedras. Su vida ha sido la pasión insomne y constante de crear más belleza. El pretexto ha sido una modelo mutante o él mismo, su propio retrato que ha navegado en la luz del tiempo. Él mismo ha seguido el rastro del tiempo en las líneas de su rostro, pero también en las invisibles señales expresivas de su espíritu. Todo lo que rodea a Alfredo Guerrero es un homenaje a la belleza y al culto embrujador de la memoria a través de objetos que se vuelven espejos de sí mismo. El artista es una suma de obsesiones tutelares que lo han acompañado a lo largo de su intenso y deslumbrante viaje artístico.

En su obra “La modelo y el pintor” (1980), óleo sobre lienzo 100 x 130 cm, descubrimos tres planos de la realidad: el pintor aparece junto a su modelo cubriendo su desnudez con una sábana blanca, mientras contempla su propio desnudo en la pintura que está en el caballete del artista. Hay un juego de espejos entre la pintura y la fotografía, la realidad que transcurre y la realidad contemplada, mientras en el mismo caballete el artista ha dejado como señal una pequeña lámina de otro desnudo clásico, interpelando los tiempos artísticos.

El tiempo de la modelo pintada y la modelo que contempla, y el artista con el pincel en vilo. Pero ante estos planos de la realidad hay diversos planos del manejo de la luz: la luz que emerge en la habitación, la luz de la modelo, la luz de la pintura y la otra luz de la pintura pequeña. Tiempos de luz en los cuerpos y los objetos que se confabulan para crear una magia única. Ese diálogo entre objetos y seres crean en su obra una atmósfera intemporal, muchas veces las líneas del tiempo pintado y la realidad del sujeto, la modelo, se confunden con lo que se contempla. En suma, los espectadores somos la otra realidad de luz y tiempo que se enfrenta a la ficción tangible de sus pinturas. Ese es Alfredo Guerrero. Él mismo vive como sus propias pinturas, rodeado de guiños permanentes a la memoria de Cartagena y a la memoria de sus pasos junto a Cecilia Delgado, su esposa, la gran artista y cómplice de sus aventuras artísticas.

Los cuerpos desnudos de sus modelos están casi siempre en reposo y transmiten levedad y fina y vaporosa sensualidad.

Tiene una reverencia por ese mobiliario de madera caoba que se vuelve dorado al atardecer bajo el barniz levitante del mar que cruza por su balcón, y una devoción de coleccionista de milagros que guarda en el gavetero imágenes que salen a su encuentro para enriquecer el hálito conventual de la habitación nutrida de sensaciones de luz y apacible y encantadora pátina del tiempo. A él le fascina lo que envejece pero se anticipa al paso del tiempo en sus retratos y autorretratos. Los cuerpos desnudos de sus modelos están casi siempre en reposo y transmiten levedad y fina y vaporosa sensualidad. Pareciera que algo cubriera el desnudo de estas mujeres, tal vez la sensación de una sábana o el pudor que las cubre como una sábana invisible. Junto al esplendor de los cuerpos, ocurre el tiempo como un íntimo resplandor dorado.

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