Cultural


Buscadores de ‘tesoros’ de Mompox: tras las migajas de oro en el río

En Mompox, cuando el río baja tanto, como en esta temporada, brota parte de la historia fundida en su lecho y aflora el espíritu de los cazadores de ‘tesoros’.

Resplandece sobre el negro fondo de la bandeja, medianamente opacado por el fango y el agua, el destello de lo que pareciera ser uno de los metales más valiosos y apetecidos, que hizo brillar a Mompox en otras eras. Lea: Cartagena, Mompox y Bogotá, los destinos más turísticos de 2023 en Colombia

El río ha bajado tanto que hay ‘playas’ sobre las que se ciñe una nueva, buena y tranquila diversión dominguera de acudir en familia por las tardes, cuando el fuego del sol descansa, a los flancos de la rivera que marca profundamente la historia de este pueblo, en el departamento de Bolívar, hoy potencia del turismo ferviente.

Y es que cuando el río baja pueden suceder muchas cosas en Mompox. Por ejemplo, las embarcaciones turísticas que prometen un acogedor paseo sobre la ciénaga de Pijiño, con avistamiento de aves y especies endémicas, además de paisajes deslumbrantes, ven tedioso el trabajo de llevar hasta ese punto a los visitantes. Ahora es un viaje “doble”, que incluye transbordo y que antes se hacía en uno solo recorrido. Aún así, quienes aman la naturaleza, lo emprenden con el gusto de vivir de cerca las maravillas que ofrece.

Cuando el río baja tanto, como en esta temporada, brota a la fuerza parte de la historia fundida en su lecho.

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Jesús David Navarro, concentrado en su bandeja fondo negro, escasamente murmulla su nombre cuando se lo pregunto. Parece necesitar la concentración y la vista que posa un águila sobre su presa.

El destello dorado lo lleva a una milimétrica ‘piedrecilla’ cuyo brillo ilumina los ojos del joven mompoxino, que traslada el menudo hallazgo hacia una botella con agua donde hay otras partículas similares.

Buscadores de ‘tesoros’ de Mompox: tras las migajas de oro en el río

Hay que ser cuidadosamente detallistas para encontrar entre aquel lodazal eso que tanto busca. Ha llegado cuando el sol comenzaba a calentar y se zambulló en el río con botas, jeans, sombrero y, muy cerca en la orilla, entre una mochila, donde también guarda el almuerzo (porque será una larga jornada), lleva una botella con hipoclorito de sodio, para las cortadas que pudieran resultar de una singular cantidad de vidrios, vasijas y botellas que, además de arenas y piedras, tiene el pantanoso fondo del río. “Me he cortado varias veces y ese agua da rasquiña”, narra. Lea: Mompox: Hombre decapitó a su hija y murió segundos después por un rayo

Pudiera aparentar más edad, pero Jesús David apenas alcanza los 22 años, afirma, también con un interés casi nulo por hablar.

- ¿Puedo hacer una foto?-, le pregunto.

- Sí, pero desde allá (la orilla), no puedo desconcentrarme- responde, entre dientes.

Los ‘granitos’ que halla los vierte en la otra botella que lo acompaña. Aunque le hago varias preguntas, el joven mompoxino se torna dicotómico, con síes o noes rotundos y tan cortantes como los destellos del bendito sol que alumbra a Mompox, a veces sin piedad alguna. Se limita solo a decir que es mototaxista en ocasiones, que nació y se crió en el barrio Juan XXIII, que como él hay otros jóvenes del pueblo que se dedican a escudriñar el pantano del río, en ese punto y frente a otra zona conocida como la ‘Piedra de Bolívar’, monumento sobre la albarrada que reseña las llegadas del libertador al municipio.

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“Ese trabajo que realiza ese muchacho y otros jóvenes de aquí, de Mompox, es sacar oro del río. Es totalmente artesanal, no tiene químicos ni nada de eso, ni mercurio. Hace más de 40 años en esta orilla del río, junto donde estamos, había puros talleres de joyería, pero en oro, porque aquí en Mompox trabajaban era en oro, pero luego con la carestía y la inseguridad comenzaron a trabajar la filigrana en plata. Desde los talleres se caían las piezas. Cuando el río baja siempre vienen los jóvenes a buscar y esa es una paila que tiene un fondo negro es para divisar las partículas de oro que haya”, me explica bajo el fresco sereno de una sombra vertiginosa, Edinson Suárez, un vendedor de jugos, desde cuyo puesto de trabajo, junto al Antiguo Mercado de Mompox.

“Ahí han encontrado moneda de oro, moneda de plata, oro, nariceras indígenas, tinajas, aretes. Antes este era el puerto donde llegaban los barcos del comercio, en esta misma zona, descargaban oro”, complementa Jhon Fredy Imbeth Ortiz, trabajador del turismo en una embarcación ribereña, poco después de sacar del mismo lecho dos monedas: una de 50 pesos y otra ilegible.

Un tesoro sin oro

Bajo el cielo que arde en Mompox, durante esta mañana de calor redundante, Jesús David mantiene los ánimos de su mente atados al coherente deseo de hallar un ápice de oro.

Con mucha suerte, dice, en una semana logrará reunir al menos medio gramo o casi un gramo. Es el mayor pesaje que ha atesorado. “Ojalá uno sacara bastante oro aquí. Esto se tiene que hacer concentrado, uno no puede ni espabilar”, me había explicado, ya un poco más relajado y ya sin la prevención de que un extraño se acercara a preguntarle sobre el oficio de buscar aquel precioso metal.

Buscadores de ‘tesoros’ de Mompox: tras las migajas de oro en el río

Ha ido al río también armado de dos palas para arar los sedimentos de las orillas y luego tamizar el barro buscando oro o cualquier otro objeto valioso. ¡Y, bingo!, encuentra un ‘tesoro’, uno que no es precisamente oro: desentierra una copa, transparente de un vidrio resistente, con una inscripción en sus laterales que dice: London.

Algunos lugareños explican que recipientes como ese eran utilizados para verter polvo de oro y, aunque en principio se muestra reacio en enseñarme su hallazgo, luego acepta que fotografíe la copa y me la ofrece: “Esta copa cuesta como 100 mil pesos”, exclama. Aunque me veo tentado, rechazo la oferta sobre aquel elemento que puede valer todo o nada y que terminará en algún anticuario cercano.

Sigo caminando por las calles de Mompox y, al cabo de varias horas, regreso al mismo punto, donde Jesús David continúa su labor hasta que el sol deja de alumbrar. Al día siguiente regresará a completar la misma jornada. Y así, todos los días, hasta que el nivel del agua vuelva a profundizar sus esperanzas de hallar las migajas de oro que el río no se llevó.

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