Por Eduardo Pertuz.
Después de la exitosa conferencia del ensayista italiano Nuccio Ordine, en la ciudad de Cartagena de Indias, el 24 de abril de 2023, la consigna era llevarlo a Prado Sevilla y a Aracataca. Partimos muy temprano e hicimos estación en la hermosa Plaza de Ciénaga (Magdalena). Todo marchaba como debía, era antes del mediodía, nos acompañaba buen tiempo. Llegando a la troncal, un enorme trancón de varios kilómetros nos sorprendió, era un bloqueo por algunas protestas y sería levantado a las 6:00 p. m. Lea: El filósofo italiano Nuccio Ordine llegó a Cartagena y habló de lo inútil
Como el propósito era llevar a Nuccio hasta Aracataca teníamos tres opciones: detenernos ahí y esperar unas siete horas, irnos a Santa Marta, sin llegar al anhelado destino, o avanzar y retar cualquier obstáculo. Seguro de que Nuccio era un calabrés tenaz, intrépido y de desafíos, avanzamos decididos. Por fortuna, pocos carros venían de regreso; una Toyota TXL se abrió de la fila interminable, y yo la seguí. Así pudimos avanzar varios kilómetros, cedíamos paso a los vehículos que regresaban, hasta que la Toyota logró un espacio en la fila y continué solo avanzando.
El conductor de una moto Tuc Tuc nos hizo señas de que lo siguiéramos y, mucho más adelante, nos metimos en un lugar que tenían los mototaxistas entre dos tractomulas, para entrar a las trochas en las bananeras. Al enterarse de que íbamos para Prado Sevilla, un joven se ofreció a servirnos de guía.
Lo seguimos en su moto hasta el puente del ferrocarril. De ahí en adelante nos adentramos en esas trochas que parecían interminables, miles y miles de hectáreas sembradas de bananos. Cuando llegamos al puente... ¡Madre Santa! Había que atravesar un río, gente ayudando a que los carros cruzaran y no se quedaran varados.
El solo salir del río implicaba una subida enlodada y escarpada. Nuccio y mi familia me miraron desconcertados. Activé el sistema de tracción especial 4x4 lodo/surco de la Ford Bronco y logramos atravesar el río con el agua casi hasta la mitad del carro, para luego subir la loma empantanada sin reparos; como buenos pasajeros colombo-italianos no articulamos palabra, sino que gritamos de alegría por la hazaña.
Nos abandonó el joven guía, continuamos camino por cuenta propia y llegamos a Prado Sevilla, famoso y hermoso sitio donde funcionó la sede administrativa de la United Fruit Company. Hoy sus casas son ocupadas por descendientes de algunos de sus trabajadores, conservan enseres de casi 100 años de antigüedad. Cálidos y amables nos recibieron. Una de las frutas preferidas del escritor Nuccio Ordine era el mango, decía que en Italia los mangos son insípidos y que aquí (en Colombia) sí tienen sabor; casualmente había montones en el suelo, que recopilaban para venderlos a una empresa procesadora de jugos. Lea: Fallece Nuccio Ordine, el famoso ensayista que visitó Cartagena en abril

Nos dieron vía libre para tomar cuantos se nos antojasen. Comimos hasta saciarnos.

Nos sugirieron que visitáramos la finca Macondo. Cuentan que Gabo se inspiró en el nombre de esta hacienda para nombrar a Macondo, el pueblo que fue la musa para escribir su célebre novela “Cien Años de Soledad”.

Llegar a esta finca, con su vereda de igual nombre, no fue complicado, difícil fue salir del corazón de las bananeras de Macondo, ya que no encontrábamos la salida a la vía principal o troncal para llegar a Aracataca.
Llegamos a un caserío y en la esquina encontramos a cinco hombres jugando dominó. Cuando les preguntamos cuál era la ruta de la salida, todos señalaron un punto cardinal distinto. Luego de un duro consenso nos dieron indicaciones diversas. Estuvimos desorientados y volvimos a pasar por los mismos sitios. Encontramos por fortuna a un campesino en su bicicleta, quien mientras nos orientaba emitía silbidos para acompañar su explicación, simulaba a un pajarito. Al final, salimos a la troncal, sobrepasando el monumental trancón, una vez más, la tranquilidad de la carretera pavimentada camino a Aracataca.
Entrar a las trochas de las bananeras con el carro limpio y salir con el carro lleno de lodo y polvo y con vestigios de mango hasta en las orejas, encontrar personajes como sacados de un cuento, pasar el río, habernos perdido en el corazón de Macondo, nos hizo sentir que ya no éramos los mismos, ahora éramos más felices y teníamos otras anécdotas y aventuras para contar.
