Cultural


Francisco Lequerica: “Ser artista en Cartagena es insostenible”

El músico y escritor cartagenero Francisco Lequerica concedió una entrevista a El Universal. Esto dijo.

GUSTAVO TATIS GUERRA

07 de febrero de 2024 09:46 AM

El músico y escritor Francisco Lequerica sorprendió recientemente con la decisión de retirarse de la vida cultural de Cartagena de Indias y alejarse de las artes. El Universal lo entrevistó y le preguntó las razones. Lea: “Yo soy inocente, no amenacé a nadie”: Francisco Lequerica tras señalamientos

¿Por qué un artista integral de la música y las letras como usted decide retirarse de la vida cultural de Cartagena y alejarse de las Artes?

Ser artista en Cartagena es insostenible. Jesús le dijo al diablo que “no sólo de pan vive el hombre”, mas el pan no puede eludirse. Como tantos y tantas, persistí creando bajo condiciones de extrema dificultad contra remuneraciones paupérrimas o inexistentes, hasta extenuarme y enfermarme. Históricamente, Cartagena es ingrata hacia quienes le aportan con desinterés, motivando una gravísima fuga de talentos. La estulticia de derribar sentidos de pertenencia trae como precio la merma de aportes culturales de calidad. El interés político y popular por las Artes se focaliza en lo festivo, lo cual sólo es una ínfima parte de nuestra identidad. La prensa amplifica lo chabacano y lo circunstancial al visibilizar en prioridad los dislates de la farándula, y no se propone adoptar un rol pedagógico asociándose con artistas locales. Los recursos para la creatividad son escasos y se reparten mediante convocatorias que debilitan la capacidad de los artistas para colaborar en una intervención cultural masiva. He recibido muchos elogios y verborreas a lo largo de mi carrera que no se traducen en apoyos, ignorándose sistemáticamente mis aportes a la colectividad, lo cual ha ido hasta el robo de ideas. Reconozco mi completa idiotez al actuar siempre con sinceridad, lo cual ha sembrado discordia entre mis colegas más conformistas, pero ignoro cómo salvaguardar mi propia credibilidad artística de otro modo. Aún así, siento que fracasé: padezco una honda desmotivación al momento de crear que ha tornado el ejercicio en algo tedioso, al saber que mis esfuerzos no contribuyen a mi bienestar ni a la mejora de mi comunidad, y así me he ido aislando y tendiendo a la introspección. Cuando se cuenta en años la inestabilidad laboral, hay que plantearse otras opciones con crudo realismo.

Precíseme, ¿cuál es la crítica que usted hace a las orquestas sinfónicas de Colombia?

Su invisibilización de los artistas locales, pasando por el desconocimiento deliberado de su obra, la inequidad exagerada de los honorarios respecto a músicos extranjeros (muchos de los cuales no tiene un nivel especialmente alto), así como la desarticulación de muchas de ellas con la academia y su producción. Los cargos directivos están politizados a más no poder, y sus programas suelen estar enfocados más en estadísticas de gestión para presentar a sus jefes políticos, que en una real política cultural que favorezca a los artistas. Es común no remunerar a los compositores por sus estrenos, considerándose un favor interpretar su música, mientras los recursos se encaminan con frecuencia a traer de afuera lo que ya hay aquí. Toda crítica es silenciada, con frecuencia de modo brutal, como en el caso del montaje de calumnias del que fui víctima, ideado por los directivos de la Orquesta Filarmónica de Bogotá con el contubernio de los grandes medios del país. Se dejan sin respuesta las objeciones realizadas con diplomacia, y se castiga a quienes renuncian a ella tras años de insistencia. Al evidenciarse mi inocencia, constando en Fiscalía que ni hubo acusación en mi contra, la prensa guardó silencio. Asesinatos mediáticos como el mío demuestran el alcance de las conexiones de tales personajes, que rara vez las usan para difundir la obra de los creadores y las creadoras nacionales. Para los artistas del Caribe y las regiones, la profunda centralización que acusan estas políticas significa una condena al olvido y al provincialismo que en nada nos favorece. Lea: La UTB celebra el Día del Periodista con nutrida agenda e invitados especiales

Hablemos de su obra musical. Al cierre de 2023 usted hizo una presentación en el Castillo de San Felipe. ¿Cómo fue esa experiencia de seguir creando desde lo ancestral popular y sinfónico universal?

Cabe precisar que ese concierto lo ofreció la Camerata Heroica bajo mi batuta. Cofundé el proyecto en 2019 con el compositor Luis Jerez, y ha sobrevivido a duras penas este lustro gracias a su gestión. Camerata no sólo ha hecho aportes pioneros a la vida cultural cartagenera, sino que desarrolla un proyecto social en comunidades desfavorecidas, todo ello sin apoyos notables y con exigua cobertura mediática. La parte más visible de mi producción ha sido la hibridación de lo popular y lo sinfónico, pero se desconocen mi obra más personal y los aspectos más amplios de su representación cultural del Caribe. Opino que nuestra identidad cultural es muy estrecha: que cabe en un frito, un boli, y poco más. Es como si un pintor debiese incluir un sombrero vueltia’o, dos maracas y un tambor en cada cuadro que pintase, sin lo cual no se le consideraría caribeño. Tal reduccionismo conceptual de la estética frena la libertad creativa, a pesar de que proyectos como Camerata hayan buscado ampliar la referencialidad y forjar un público en aras de un renacimiento cultural. Me he sentido condenado a llenar expectativas mal informadas con encargos limitantes, a detrimento de mi música sacra o de cámara, mientras proyectos como Ópera de Indias, Música del Mangle o la Cartilla de Alfabetización Musical Masiva han sido relegados al olvido. Que se me siga considerando un autor derivativo y no se valoren mis tributos originales, con casi 90 obras inscritas a catálogo, ha contribuido también al silencio en el que hoy caigo.

Por otra parte, ha publicado dos novelas, un libro de cuentos y tres poemarios, dos de ellos en francés. ¿Qué obsesiones gravitan en su obra literaria?

Mi literatura no se suele leer. Cuento con el valioso apoyo de mis editores, nueve editores, desde Bogotá, pero en Cartagena ninguna librería alberga mis libros. En ellos, he procurado plasmar mis inquietudes en una época que percibo árida y oscura aunque rebosante de estímulos estériles, tanto a través de Cartagena como de otros lugares. Me fascinan la historia y sus ramificaciones, me interesa mucho la figura de lo incomprendido y su debacle ética. Me preocupan la catástrofe humana y sus consecuencias climáticas, la ineluctabilidad de los destinos y la naturaleza de las coincidencias. Ante todo, me atrae abordar la temática del estilo, la problemática de los límites del lenguaje mismo, y le tengo apego a la irreverencia, a lo que pueda causar incomodidad y derribar ranciedades erigidas en obstáculo contra lo creativo.

¿Cómo viven y sobreviven los artistas en Cartagena? ¿Qué espacios se abren y se cierran?

Pocos son quienes viven de su arte en la ciudad, incluyendo los artistas populares. Los más afortunados sobreviven de la docencia, muchos otros de la “moña”: toques comerciales en los que rara vez se vuelcan sus anhelos creativos, lo cual equivale a una forma de prostitución. Se recae por obligación en repertorios trillados para turistas, en que se perpetúan los estereotipos caribeños y se desvirtúa la novedad. Ni siquiera la champeta, tan emblemática, cuenta con los apoyos que merece. En décadas, no se han habilitado espacios suplementarios para el Arte en la ciudad, y los ya existentes suelen acapararse con actividades privadas. El Teatro Adolfo Mejía, lastrado por años de eventos que desgastan su patrimonio físico, no puede albergar por sí solo una agenda cultural continua para más de un millón de ciudadanos. Los esfuerzos de la nueva administración por habilitar espacios como la Plaza de los Coches son loables, pero difícilmente subsanan una problemática estructural más amplia. Allí se apela más a una estética al umbral del populismo, coadyuvando una escucha superficial puntuada de palmas, que a una pedagogía de la escucha reflexiva, de la exploración fenomenológica y de la concentración. No distinguir entre Arte y Entretenimiento ha sido una constante en las políticas públicas distritales, y es arduo mantener la integridad artística operando concesiones desmedidas a la política con el mero fin de no morirse de hambre. Entre tantas instancias que necesitan del arte público, la iglesia también lo ha descuidado como acceso a una espiritualidad, y permite repertorios de dudosa calidad en vez de plantear herramientas culturales serias y de seguir los consejos de artistas instruidos, como lo hizo durante siglos.

¿Qué percepción tiene de la vida cultural de Cartagena, de sus fragilidades, amenazas y fortalezas?

De las pocas cosas que comparten ricos y pobres desde cada lado de la consabida brecha están la carencia de referencias culturales y la desconfianza hacia toda manifestación creativa que no sea de carácter decorativo. A pesar de los epítetos distritales, nuestra dependencia del turismo no se ha aprovechado para articular una oferta cultural, y si en París se visita el Louvre, aquí se llega por razones muy distintas, a menudo cuestionables. Instancias públicas como privadas coinciden en considerar los aportes culturales como negocio y no como inversión, y en relegarlos al último plano de prioridades, sin reparar en que el fortalecimiento cultural de la población comienza con el apoyo contundente a sus artistas. Sin este refuerzo, difícilmente se podrá poner coto a los demás problemas sociales que nos aquejan. El pueblo, acostumbrado al ruido e insensible a la escucha, no se lamenta de que sus artistas se vayan para no volver, ni exige lo que desconoce. En otros países, la expresión popular propició un crecimiento cultural transversal que condujo al empoderamiento social de sus ciudadanos más vulnerables (por ejemplo, los espirituales en EEUU o el entekhno en Grecia), pero la tendencia en Cartagena es a la indiferencia, a la constricción referencial y al retroceso, cual cangrejo en balde. Paradójicamente, los ricos e influyentes adolecen de contrapesos culturales para revertir esta propensión y caen en la misma trampa: en cierta ocasión, en una “moña” de alto perfil a la que acudió el presidente de la época, se me sugirió omitir del programa el “Vals Triste” de Sibelius porque (y cito) “es triste”, evidenciando así el desconocimiento agudo de una obra universal.

Cuéntenos, ¿qué proyectos tiene y qué ha pensado hacer con su obra dentro y fuera de Colombia?

Mis prioridades son recuperarme y sobrevivir. No espero nada de nadie. La puerta seguirá abierta a todo incentivo que pudiera presentarse para la difusión de mi obra, siempre que esto ocurra dentro del respeto de la misma y de las condiciones de su creación. En caso contrario, seguiré priorizando con abnegación mis proyecciones de exilio, esta vez definitivo. La fuga seguirá: no se trata de mí, de que inicie o termine conmigo, se trata de todos y de lo que eso implica.

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